miércoles 26 de febrero de 2020
05-09-2016 08:18 | #WEEKEND

Rosario: gran arranque para las taruchas

Tras las fuertes crecidas del Paraná, las aguas se van acomodando. El pique de doradillos y taruchas no se hace esperar. Nota con video. Ver galería de imágenes

Es un hecho comprobado a través de sucesivas experiencias que la tararira puede pescarse casi todo el año. Y este invierno no fue la excepción. Pues salvo las semanas de heladas y fríos máximos, bastaron algunas jornadas de sol sucesivas para que las Hoplias malabáricus se activaran buscando algún bocado que les ayude a mitigar el frío. No obstante, pescarlas en invierno es un desafío, y sabemos los amantes de esta especie –que no hiberna sino que reduce su metabolismo en esta época– que habrá que trabajar para motivarlas y aun así tendremos muchos yerros en los ataques.

No obstante, encontramos un ámbito donde las tarariras y dorados parecían desafiar el calendario y aun en tiempos fríos estas especies se mostraron muy activas. Hablamos de Rosario, límite entre el corredor Delta Norte y el Paraná Medio, sitio de tránsito de especies, que otra vez nos dio un magnífico premio.

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El acceso desde Capital Federal es inmejorable, por Panamericana hasta la circunvalación de Rosario y de allí a la zona costanera donde pasando el estadio de Rosario Central tiene la guardería nuestro anfitrión y guía Lucas Santángelo, quien vino realizando muy buenas pescas de doradillos todo el invierno y desde los primeros días de agosto ya había incorporado a las tarariras al menú de su clientela, hecho que motivó nuestra visita. Mientras el mate calentaba los espíritus, en el camino fuimos armando equipos de bait: cañas cortas de menos de 6 pies (1 pie = 0,3048 metro) y de 8-17 libras (1 libra = 0,453592 kilo) de resistencia, con reeles tipo 201 cargados con multi de 30 lb, combos ideales para disfrutar de una pesca menuda pero, a la vez, también tener capacidad de enfrentar sorpresas.

De entrada, junto a Gustavo Miranda, decidimos aprovechar las primeras horas del día para calentar la muñeca con algunos doradillos, esperando que el sol hiciera subir unos grados la temperatura de las aguas someras donde habitan las tarariras para facilitarnos la tarea. Fue así que Lucas cruzó el Paraná hacia la orilla entrerriana y puso proa a la zona del canal aliviador que va paralelo a la ruta que une Rosario con Victoria.

Transitando este curso de agua como vértebra eje, fuimos haciendo paradas en distintos desagües de arroyos y riachos en donde se producían remansos y correderas muy aptas para pescar doradillos. El primero fue una verdadera sorpresa: colgué un señuelo lipless (sin paleta) de mi leader de 30 lb y solo lo arrojé al agua unos metros para estirar el multifilamento cuando sentí un violento ataque de un saltarín doradillo, que nos hizo ilusionar con un tira y saque que finalmente no se dio.

En busca de las tarariras

Porque el dorado está pero no lo encontramos acardumado como esperábamos, fuimos tocando diversas boquitas de agua, en algunas de las cuales bajamos a tierra, para hacer los intentos, arañando algunos por aquí y otros por allá pero con compases de espera entre piques. Un panorama bien distinto al que venía teniendo el guía días atrás, cuando encontraba a los dorados amontonados y voraces, compitiendo por el alimento. “La inundación metió mucho pescado pero ahora está bajando rápido y se están moviendo”, concluyó el guía. No obstante, hacia el mediodía ya habíamos pescado y devuelto una decena de piezas, todas de entre 1 y 2 kilos, por lo que decidimos ir por las tarariras.

El primer intento taruchero lo hicimos en un desagüe hacia el canal aliviador, donde podíamos ver las tarariras bien arrimadas a la orilla. Sin embargo, bastaba acercarse a un par de metros de la costa para que se dieran a la fuga, por lo que –pese a la frondosa vegetación costera que complicaba nuestro lances– tirábamos sobre la orilla varios metros antes de arrimarnos a un lugar. En este contexto cambiamos el equipo por cañas cortas, de 5/6 pies, ideales para tiros de precisión en espacios reducidos. Tuve un ataque en mis señuelos blandos tipo salchichita de Yum, pero no pude concretar la captura. El guía también tuvo un arrebato en su rana de goma pero no sacó el ejemplar, y Gustavo no tentó a ninguna. Teníamos dos opciones: esperar que se activaran allí, donde vimos cantidad (incluso al vadeo movimos muchas) pero no picaban, o buscar nuevos sitios. Optamos por lo segundo.

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Desandamos el camino como volviendo a Rosario, pero siempre pegado a las costas entrerrianas, y nos metimos en un pequeño arroyo, por momento con selva en galería. Pasamos frente a algunos paradores que en verano son zonas recreativas muy visitadas, y nos internamos en una franja de aguas bajas desde donde, dejando la lancha y caminando, accedíamos a distintos ámbitos tarucheros, teniendo como telón de fondo la orilla santafesina donde se recortaban los edificios de Rosario.

El guía usó waders y yo preferí solo botas de vadeo, para ir sintiendo en mi propia piel las zonas de aguas más cálidas donde presumiblemente habría éxito con las boconas. El fangal hacía difícil la caminata y solo llevamos bolso de vadeo, pinzas, bogagrip y trapo. Miranda tuvo éxito en primer término con una rana de látex a la que tuneó con una hélice adelante, cobrando una regia taru de casi 2 kilos. Fue clave –tras probar muchos artificiales– notar que solo tomaban señuelos que imitasen ranas o ratas, por lo que el abanico de opciones se redujo notablemente. Con la caída del sol y en aguas de no más de 40 cm, encontramos las taruchas amontonadas, siendo frecuente sacar hasta 15 en un radio de 10 m2. En mi caso, una rata Bad Line amarilla y negra fue mi señuelo del día, mientras que a Lucas le anduvo de maravillas una ranita Hoplias de látex bien blando.

Despedida

Esa hora de taruchas frenéticas y tomando en superficie con la que sueña todo pescador nos despidió en Rosario, sacándonos las ganas de hacer batallas más poderosas después de varios meses seguidos pescando pejerreyes. Lucas cambió de sector y me llamó tras encontrar otra zona rendidora. Muy a mi pesar, pues venía pescando parejo, acudí al llamado y vi como el guía lograba una tras otra en una pequeña entrada de agua haciendo un tiro de no más de 5 m y stickeando (trabajando a golpecitos) su rana para que hiciese mucho barullo en poco trayecto. Lo imité y comencé a tener suerte también, quedando muy sorprendido de que en tan escaso espacio y con el bullicio de cada pelea, las tarus no solo no se espantasen sino que parecían activarse más. Logramos unas 30 capturas que nos dejaron muy satisfechos.

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En una jornada donde fuimos a pescar muchos dorados y arañar algunas tarariras, Rosario nos sorprendió con la inversa, mostrándonos que las taruchas están a pleno. Y tratándose de tan prematuro inicio, estamos seguros de que con un poco más de calor, lo mejor está por venir.

Nota publicada en Weekend 528, septiembre de 2016, ¡buscala en tu kiosco más cercano!

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Etiquetas: Pesca Paraná Rosario Santa Fe Tarariras Embarcado Taruchas Crecidas Pique Taruchas Pesca Embarcado Taruchas
Wilmar Merino

Wilmar Merino

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