Lunes 25 de octubre de 2021
CAZA | 05-06-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Maldiojo

Por las calles del sur de Buenos Aires, destinos signados por creencias populares pero absueltos también por los abrazos amigos y por el más bello gorjeo de los pájaros. Un texto de Rodolfo Perri.

Maldiojo me enseñó a cazar gorriones con una media vieja de lanilla desechada por su madre, que lavaba ropa a domicilio para ayudar así a la economía de la casa.

Vivíamos en la calle Oruro, en un principio simple traza de una vía utilizada para llevar bloques de basura hacía los vaciaderos de la quema, vasto solar de la avenida Amancio Alcorta, que fue vejado por generaciones con toneladas de desperdicios y que sirvió de refugio a verdaderas bandas de malandras.

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Curiosamente, mi amigo había descubierto una serie de potreros más allá de esa “quema”, donde junto con charcos poblados por innumerables ranas y azulejos, pululaban mistos, tordos, renegridos, y cuanta avecilla canora hallara fácil alimento en ese semillero de yuyos de todo tipo. Andar entonces por esas calles de tapias olvidadas y zanjones profundos, significaba una verdadera aventura cinegética, no siempre practicable, por recrudecimiento de los grupos de aprendices de forajidos, por la inundación o el propio apuro de los exámenes de fin de año.

El apelativo merece, claro, una observación: el llamado “mal de ojo”, como otras tantas mitologías populares, provenía de la fama que se atribuía a quienes, por la dureza de sus ojos, generalmente muy claros, y la fijeza sostenida en su mirada, fueran capaces de influir negativamente e incluso de enfermar a algún infortunado que eligieran como víctima. Relatos de dudosa verosimilitud describían hechizos de esos individuos que, cada tanto, aparecían fugazmente y se perdían luego en los suburbios. El caso de mi amigo y su apodo eran una resultante de esto. No era Severino, tal su nombre real, capaz de ser influido tan fácilmente, pero se le atribuía el haber recibido de alguien ese deplorable legado, por el cual, la mala suerte lo acompañaba, con una regularidad realmente asombrosa.

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-“Es que me hicieron maldiojo”, solía lamentarse Severino.

Por lo demás, su bondad inalterable, su buen carácter y su permanente altruismo, hicieron que estrecháramos vínculos y que él fuera mi elegido para las salidas con tramperas y pequeñas redes. Cuando llegó el tiempo de cazar en serio, con escopeta y algún perro prestado, habíamos cambiado de domicilio y ya no éramos vecinos.

Cierta vez me encargaron una nota sobre cría de aves silvestres en semicautividad. Las averiguaciones fueron orientándome hacia ese mundo casi irreal de los amantes de tales pájaros. Conocí jaulones que eran casi pequeños parques cerrados, y jaulas de cría donde algunas especies, como los jilgueros, se reproducían como pájaros libres. En esa forma pude aumentar el caudal de ejemplares de esa rara comunidad de los pajareros que yo ya conocía: hombres que conviven con sus prisioneros y les hacen la vida en cautiverio lo más llevadera posible. Conocí un farmacéutico, en Centenera y Balbastro, que tuvo un corbatita por más de quince años.

Pero era el caso de una nota distinta y así, llegué a una propiedad de la Av. Avellaneda en la que, por muchas versiones, sabía que el dueño vivía entre los pájaros. Una breve charla me permitió entrar en ese mundo legendario. Era un departamento, tipo chorizo, con un vestíbulo diminuto pero amplio patio, dos piezas de cuatro por cuatro, cuarto de baño y cocina, escalera lateral y una terraza con pieza auxiliar. Hasta allí todo era muy normal, pero la diferencia en verdad existía. El conjunto de habitaciones estaba separado del exterior por una fina red de mallas de alambre delgado, con nervaduras de acero y estructura de madera. Y dentro de ese recinto, volaban cabecitas negras, federales, calandrias, chingolos y estorninos. La lista era inacabable. En sectores aislados, con separaciones móviles, convivían faisanes, perdices e incluso, aves provenientes de las más lejanas islas del Pacífico.

Como pude atendí las explicaciones del ayudante porque el dueño estaba en ese momento ocupado. Me enteré que el departamento había sido la vivienda del pajarero, hasta que el número de habitaciones cedidas a las aves lo obligó a comprar el contiguo y destinar a jaula todo el primero. Hace tiempo adquirí cierto respeto por las chifladuras inofensivas de la gente, pero las de este tipo, que demandan verdaderas inversiones, son bastante poco comunes. Así, decidí permanecer allí hasta que el propietario se desocupara, pero no fue larga la espera.

La voz aguda desde el patio fue un preanuncio del personaje: al abrirse la puerta del pequeño zoológico ya había comenzado a pregustar el reencuentro. Nos miramos sorprendidos, abrimos los brazos, y…

-“¡Maldiojo!”, exclamé, sin tener en cuenta que los años podían haber borrado el fatídico mote.

-“¡Fito!”, gritó él también. Y agregó con la risa sana de siempre:

“¿Sabés?... Con los pájaros se me fue el miedo a la yeta, y al final, pasé a ser banca.”

El hallazgo feliz dejó muy atrás todo interés periodístico. Alargamos la tarde y parte de la noche en un “bodegón de queso y vino” de avenida Independencia y Boedo, y al final, me despedí entre un redoblar de mirlos y benteveos, que me acompañó hasta refugiarme lentamente en el sueño.

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