Wednesday 29 de May de 2024
PESCA | 01-10-2023 10:00

Pejerreyes de costa: matungos en isla Paulino

Lograr una pesca digna de la mejor salida de embarcados pero a pie seco en una escollera, es posible en el espigón que da inicio a los célebres malecones de Berisso.
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El tiro a distancia hace que el pejerrey venga desde lejos, abriendo su gran boca y nadando de costado, buscando zafar del anzuelo. A pocos metros de las piedras de la escollera cambia su estrategia y se planta sacudiendo la cabeza de un lado al otro, como diciendo “no” a lo que inevitablemente va a suceder: que al llegar a la base de las piedras el pescador gane metros con su reel bajando la punta de la caña y lo suba en un rápido movimiento que lo deposite en terreno plano, asegurando la captura. La medición en regla hace abrir grandes los ojos de parroquianos que se acercan: más de 40 cm en casi todos los casos. Tremendas capturas que hacen que esta jornada a pie seco en la isla Paulino, no tenga nada que envidiarle a la mejor salida de embarcados en lanchas que, a pocos metros, nos pasan rumbo al gran río color de león por el canal que divide la isla Paulino de la isla Santiago. 

Unos 800 metros desde la base a la punta tiene la escollera Isla Paulino, que se continúa luego en un pedregal sumergido que bien conocen los pescadores de bogas y dorados en verano: los famosos malecones de Berisso, marcados por tres hileras de quebrachos que emergen de los roquedales y se extienden por varios kilómetros río adentro, protegiendo la entrada al puerto de La Plata de sedimentaciones arenosas que trae la marea. Esos 800 metros, dato a tener en cuenta, deben ser caminados, por lo que hay que limitar el peso a llevar si no queremos pasarla mal. Para llegar a la base de la escollera, eso sí, debemos cruzar en unos cómodos catamaranes que salen al costado de Prefectura Monte Santiago, donde podemos dejar el auto a resguardo en uno de los campings que brinda este servicio. Esa navegación, de apenas 3 minutos, cruza el canal divisorio de las dos islas llevando grupos de hasta 20 pescadores por viaje, que pactan su regreso llamando al taxi acuático cuando vuelven a la base de la escollera y piden el cruce por teléfono.

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Decíamos entonces que una vez en la base la cosa es de caminata. Los primeros 200 metros, mirando la playa de isla Paulino al costado derecho y el canal divisorio a la izquierda. Luego, agua a ambos lados. La pesca de pejerreyes a fondo, en tiempos de primavera donde la especie arrima a las playas de arena, será muy satisfactoria en el tramo comprendido entre los 200 metros antes y la punta de la escollera. Mientras que si queremos ver mover las boyas, lo mejor es el morro, tirando hacia el lado sur, y dejando que la corriente lleve la línea hacia un lugar de encuentro de aguas, donde la acción de las corrientes en los malecones produce remansos y turbulencias. Allí tendremos también pejerreyes cazando que producirán un rápido arrastre de boyas, como cazando, lejos de cualquier sutileza lagunera, motivando la inmediata reacción del pescador que, al clavar, probablemente tenga un matungo del otro lado.

Con frío, mejor abajo 

Pero esta vez, a caballo de una semana de frío polar que había fondeado a la especie, convinimos con mi compañero de aventuras Héctor Cuello, que la clave iba a darse al pescar el pejerrey a fondo. Es que el pejerrey gusta de las aguas frescas, pero no frías del todo. Por eso con las heladas su ritmo metabólico baja y no está para grandes correrías en la correntada, tratando de tomar un cebo en una línea de flote que se le está yendo. Más bien está para tomar una carnada detenida tocando el fondo o que apenas tenga un suave flameo como el que puede dar un anzuelo de arriba elevado con boya elevadora. Nuestros resultados mostraron que este pensamiento estaba en lo cierto.
Llegados a primera hora con mi compañero pusimos unos posacañas a unos 5 m de separación y tiramos cuatro cañas con líneas de dos anzuelos (número 1), con brazoladas de 80 cm enganchadas en doble bait clip en cascada, de modo tal que al lanzar los anzuelos viajen pegados a la madre y recién se desprendieran de los baitclips al tocar el agua.

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Fue importante meter tiros largos, para los cuales usamos equipos de lance, con reeles de longdistance cargados con multifilamento de nanohebras de 0,12 mm y salida con reducción del 0,70 al 0,28 (es importante ponerle una salida al multifilamento porque en caso de embozalarse el multi en un pasahilos, puede rompernos la caña). Los plomos usados, fueron de 100 a 150 gramos, acordes a las cañas utilizadas.
Los piques fueron de inmediato dado que la marea se dio justo a pedir de boca: tras una sudestada de dos días, el río comenzaba a bajar y siempre las primeras dos horas de la bajante son las más rendidoras. Por eso, al tirar la primera caña y disponernos a armar una segunda o aprontar unos mates que nos entibien el espíritu, las primeras ya cantaron pique de entrada con firmes cabeceos en las punteras. Ahí notamos que estábamos en un día excepcionalmente rendidor, con pejerreyes de tamaño superlativo que pasaban los 35/38 cm. 
Una vez que todos los equipos estuvieron en el agua, podemos decir que hubo dos horas de intensa actividad en las que siempre una caña evidenciaba la presencia de un matungo del otro lado. Cabe destacar que ese día no hubo acción de carpas del lado interno, otra de las pescas que este sitio propone. Y en la punta, a flote, solo se dieron un par de pejerreyes, acción tibia bastante contrastante con lo que estábamos viviendo con mi amigo Cuello buscándolos abajo.
Sencillamente en pleno apogeo de la pesca, cuando nos turnábamos para hacernos las tomas de foto y llevábamos ya una docena de regios matungos dignos de cualquier pesca de embarque, nos sentíamos en la gloria por haber dado en la tecla con equipos carnadas y técnicas, más allá de pegarla con el día (que se presentó con un suave viento sur) y la marea en bajante, como ya comentamos.
Pero… como decía una canción de Vox Dei, “todo concluye al fin”. Y en este caso no fue por el quite de colaboración de los pejerreyes sino por la acción depredatoria humana. 

El drama de las redes

Un barquito de pesca comercial tiró en nuestras narices impunemente una red de unos 80 metros y se puso a circular con la embarcación como arriando a los peces para que quedaran entrampados en la malla. Esta maniobra, presumiblemente destinada a los sábalos, alteró nuestro ámbito por completo. Y si bien en unos 40 minutos levantaron sus artes de pesca y se fueron, nos cortaron el pique en gran medida. Desde cerca del mediodía –en que ocurrió esto– hasta las 15 en que pusimos fin a nuestra jornada, logramos otra media docena de piezas, con algunos ejemplares de hasta 46 cm, pero fue una verdadera pena que estos comerciales que afectan un recurso turístico tan convocante como esta escollera de Isla Paulino no estén debidamente controlados  (si es que son legales), combatidos (si es que son furtivos) o al menos alejados de muelles y escollas donde se practica la pesca deportiva. 
Según los pescadores que frecuentan el lugar, éstas son prácticas habituales por lo que, si no están autorizadas, al menos están toleradas por quienes deberían ponerle un freno.

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Lo cierto es que Isla Paulino, por apenas el valor de un cruce módico, nos permitió ganarle unos buenos metros al río y lograr sus mejores tesoros. 
Como consejo final, de ser posible, evite los fines de semana porque se vuelve un espacio muy concurrido y tenga en cuenta que aquí no hay pescadores acostumbrados a ciertas normas de etiqueta, como ocurre en los clubes de pesca, por lo que puede haber personas pescando con elementos inadecuados, niños jugando (ojo al lanzar), gente que hace fogatas o deja basura que debería llevarse (y que vimos juntar por otros que pasna con con bolsas de residuo, afortunadamente).
Por lo demás, anótese este pesquero que en un par de semanas de buen calor también nos va a estar gratificando con las tremendas carpas que atesora del lado interno del canal. Y a los que buscan especies de cuero, la pesca nocturna les va a deparar grandes sorpresas en materia de bagres blancos, amarillos y patíes. Pero eso, eso lo dejamos para otra visita.

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Wilmar Merino

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