Piques a pura adrenalina en La Regina

Un Alto Paraná poco frecuente sorprendió con excelentes pacúes, pirá pitás y hasta algún atrevido dorado.

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La pasada temporada de omnívoros en el Alto Paraná fue, sin dudas, una de las más eclécticas de los últimos tiempos y de la que más enseñanzas y reflexiones nos dejó.

La programación arrancó en diciembre con el amigo Carlos Iconicoff y la estrategia fue superponernos a la caída de las chauchas maduras del inga, los árboles que más biomasa frutal aportan al río. Y así, pusimos fecha para finales de febrero.

Tras un enero con calores de averno y una sequía preocupante, Carlos me llamó para indicarme que la fructificación se estaba adelantando y tendríamos que anticiparnos a principios de febrero. Luego, una inesperada creciente rompió y enturbió el río por un mes largo, y ¡chau fruta!

Otro elemento inusual fue la presión de pesca dirigida a los omnívoros con cebos artificiales (mosca y spinning): la más grande que jamás se recuerde en la historia. Puesta de moda por su novedad y riqueza deportiva, la enorme cantidad de lanchas en su búsqueda hizo que estos omnívoros naturalmente ariscos y huidizos desaparecieran de los pesqueros tradicionales. Fue así, que todo concluyó a mediados de abril, buscando por sobre todo un río descansado, más la curiosidad de visitarlo en un mes en que nunca lo había hecho.

Vivir el río a pleno

Como siempre, volví a La Regina, un verdadero paraíso que considero mi lugar paranacero en el mundo. Siempre, gracias al incondicional apoyo de Luis Rzepecki y su cordial staff, gran amigo y, en cierta manera, el mecenas de mis locuras periodísticas y literarias vinculadas a la mosca. Y qué hablar de Carlos, un sensei mosquero repleto de sabiduría, con el cual el río se vive a pleno.

Para ser sinceros, con las expectativas bastante bajas, nos encontramos con una inolvidable pesca otoñal. No dimos con grandes portes pero fue la temporada más masiva que recuerde, en cuanto a piques de peces chicos y medianos. Para los que gustan de las sutilezas, el río explotaba de pequeños redondos como pacupes y pacú reloj, ideales para equipos 3. Era maravilloso verlos atacar las secas o tironear las hojas del tala gateador o el catay, las que les encantan.

El pirá pitá dio un vehemente presente, en portes de 800 g a poco más de dos kilos. Aunque en sitios puntuales, especialmente bajo los extensos balcones de sombra de los inga costeros más copudos. Cómo olvidar las nocturnas post cena a la luz de los faroles del embarcadero, mientras se cebaban con insectos. A pata seca y con equipo 4, hice dos pescas antológicas, con algunos bogones entremezclados. Sacados los primeros 3 peces pirá pitá de cada noche, adrede trababa la bolita en el anzuelo para robarles un pique y que se liberaran en el primer salto o corrida. Con un pez de entrega tan noble, no necesitaba más para ser feliz.

Pero lo más potente fue la numerosa pacuseada, en portes de 1,5 a poco más de 3 kg. Como si de las lagunas interiores de la planicie del Paraná hubieran salido sendas  cohortes, correspondientes a las inundaciones del 2014/2015.

Como en el Caribe

Una particularidad es que los pacúes los encontramos en arroyos y bancos muy bajos, pescando a vista como si fuera el Caribe. Solitarios o en grupitos de dos o tres, ¡realmente una bomba! Teniendo en cuenta que en muchos casos se trataba de extensos arenales sin enganche, para darle más adrenalina a los lances, los últimos dos días terminé pescándolos con equipo 4 truchero. Como particularidad, y a pesar que lo intenté con ahínco, no hubo forma de hacerlos subir a moscas secas, ya sean imitaciones de insectos o frutos de EVA. Sin inga flotante, sin la atención puesta en la superficie, ese gatillo jamás funcionó con los redondos. Sí con los pirá pitás, naturalmente más insectívoros.

La pesca común diaria era de seis o siete piques de pacúes reglamentarios y, entreverado, algún monstruo que rompía todo. Con el río bajando fuerte, cayó 70 cm en menos de seis días, los pesqueros mutaban todo el tiempo. Donde hoy se pescaba, a los dos días no había agua y los peces se corrían agregándole mucha adrenalina a la salida.

Las bocas de lagunas y arroyos se transformaron en sectores muy pagadores. Y allí cobramos los mejores peces, uno de 5 kg con caña 6 que se dejó fotografiar, y un plato volador imparable que terminó empalado. Este último, que nos dejó patidifusos por su poder e inteligencia, del cual nunca sabremos si era un 7 kg picante o un 10/12 kg, menos atlético y más entrado en grasas. Tomó una imitación blanda de laurel de 10 mm, a la salida de un bañado y, como un tren, disparó hacia el canal macho, sacando toda la línea y 40 m de backing, bien frenado y con mucho rim control. Cuando lo vi en agua libre, supe que lo peor había pasado y que ese gran pez, con paciencia, era capturable.
Y ahí aconteció, el comportamiento pacucero más extraño que vi en la vida: como si tuviera un GPS mental con todos los palos del vecindario, empezó a remontar corriente arriba, acercándose a la costa en un ángulo de 45 grados. Sin control alguno, la empalada fue apoteótica, literalmente no podía llegar al final de la línea, la cual no perdí de milagro.

Anzuelos retorcidos

Cuando por comportamiento ya considerábamos que se trataba de un surubí, un durísimo anzuelo Big Gun salió marcado y doblado como si lo hubieran retorcido a tenaza, signo inequívoco de un señor pacú. Fue el momento en que nos invadieron sentimientos en pugna: por un lado la triste pérdida pero también la alegría de que el río nos haya premiado con tal posibilidad. Más la sabia aceptación de la derrota con un pez que nos superó en buena ley…    

También fuimos tras el dorado, tanto en bancos como en palos. Tuvimos muchos piques pero ninguno de los ejemplares superó los dos kilos, en una temporada para nada pródiga con la especie. En la última media hora del día final, pescando pacúes en unos bajos con caña 4 en torno a la sutil posada de un frutito de tala de 8 mm, se arremolinó un amarillo de 6 kg cómodos. Cuando ya pensaba que era sólo inspección y curiosidad, sentí el pique. Salió como una exhalación, sacándome toda la línea y muchos metros de backing, cortando enseguida ya que el cablecito apenas medía 5 cm. Con Carlos cruzamos miradas sin poder creerlo, parecía una broma del destino. El Alto Paraná nunca dejará de sorprendernos, aún con los acontecimientos más inverosímiles. Nuevamente, gran río y amigos correntinos ¡gracias por tanto!

Nota completa en Revista Weekend del mes junio 2018 (edición 549)

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