La Rioja: Grandeza tallada en piedra

El oeste riojano, con Villa Unión como centro turístico, ofrece una gran variedad de paisajes imponentes, donde las rocas adoptan formas y colores irreales.

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Villa Unión, cabecera del departamento Gral. Felipe Varela, es una ciudad de apenas 5.000 habitantes. La mayoría de sus casas son pequeñas, con frentes planos, ventanas cuadradas y carentes de rejas o vallado. Buena parte de sus habitantes desconocen lo que es la inseguridad o el estrés; todos se saludan en la calle y, cada vez que alguien entra a un restaurante, lo primero que hace es desearle buen provecho a los demás comensales. Lo más coherente sería suponer que esta localidad es un pueblo más del Interior pero, en verdad, Villa Unión es un centro turístico que todos los años atrae a un gran número de personas. Es un oásis, no en el medio de un desierto, sino en un exótico paraje montañoso y rojizo, donde uno se pone en contacto con las formas más imponentes y curiosas que puede adoptar la naturaleza.

Patrimonio de todos

A unos 55 km se encuentra el primero de sus grandes atractivos, el Parque Nacional Talampaya, declarado en 2000 Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, en conjunto con el Parque Provincial Ischigualasto. Esta reserva natural de 215.000 ha está conformada por un sistema de sierras, donde su principal atractivo está en el Cañón de Talampaya. Sus imponentes paredes alcanzan los 150 metros de altura y tienen cortes abruptos y limpios, producto de la erosión provocada por el viento y la lluvia.

Una de las excursiones más atractivas es la de recorrer el cañón desde su base, por el cauce seco del río Talampaya. Arriba de combis o minibuses, durante el trayecto se hacen diferentes paradas en las que, guiados por pasarelas, los visitantes pueden ver de cerca algunos de los característicos atractivos: los petroglifos, grabados en piedra de antiguas comunidades que pasaron por allí; la vegetación, con el algarrobo como especie protagonista; y la singular fisonomía de los paredones, algunos muy impactantes. Como la Catedral Gótica, llamada así por las marcadas líneas verticales que le dan forma; o La Chimenea, un surco semicircular que recorre toda una pared desde su pie hasta el tope, y que genera un increíble eco cada vez que los visitantes gritan desde su base.

Otra de las postales del lugar son las geoformas, gigantes formaciones rocosas que adoptaron curiosas siluetas gracias a la erosión. Las más conocidas son la Torre, la Botella o el Monje; aunque durante el recorrido se pueden descubrir muchas más.

Aun así, el otro gran atractivo está en realizar la excursión nocturna, una caminata de dos horas y media por el cañón, donde los visitantes tendrán la oportunidad de estar en contacto con un entorno natural iluminado solamente por la luz lunar, sumidos en un silencio atípico para los que provengan de la ciudad. Esta actividad sólo se hace en el cambio de fase lunar, incluyendo dos días previos y dos posteriores a la luna llena.

Un paisaje de otro planeta

Un par de kilómetros más lejos, tras cruzar a San Juan, se encuentra su parque hermano: Ischigualasto, mejor conocido como Valle de la Luna. Sus 63.000 ha contienen un paisaje único en el mundo, un grisáceo paraje desértico surcado por irreales formaciones rocosas. A eso se suma su escasa vegetación, debido al suelo arcilloso que evita la filtración del agua. Cuando uno posa los pies allí, inmediatamente entiende por qué se lo compara con la luna.

El parque se puede recorrer a través de un circuito de 40 km, el cual se puede hacer en colectivo o en un vehículo particular, pero siempre acompañado por un guía. Durante el trayecto se realizan diferentes paradas para disfrutar del paisaje. El Valle Pintado, tal vez la más impactante, ofrece una vista aérea de la zona, para poder apreciar el inusual relieve y toda su gama de grises que hacen único al lugar. En el resto del recorrido, los visitantes se pueden acercar y fotografiarse con algunas de las inmensas rocas (geoformas) que le han dado fama al parque: la Esfinge, el Submarino o el Hongo. Son tres horas de excursión que mantienen la atención en lo más alto, siempre con la expectativa a flor de piel.

Aun así, la experiencia más intensa está en el ascenso a Corona del Inca, una de las joyas naturales más hermosas y menos conocidas del oeste riojano: un cráter que se encuentra a 5.430 msnm, en plena cordillera de los Andes, y en cuyo fondo se encuentra la laguna navegable a mayor altura del mundo. El ascenso no es una mera excursión, sino que es una auténtica travesía 4×4 que supera diferentes obstáculos naturales, mientras se deben resistir los efectos adversos que la altura genera en el visitante: dolor de cabeza, mareos, falta de aire, etc. Subir sin la asistencia de un guía no es recomendable.

Aventura en ascenso

La expedición sale alrededor de las 3 AM desde Villa Unión, atraviesa las localidades de Vinchina y Alto Jagüe, y comienza un largo ascenso nocturno por la quebradas de Troya y del Peñón, que requiere de gran pericia al volante para superar sus curvas cerradas, a la vez que se circula a una velocidad elevada, debido al permanente riesgo de derrumbes.

La primera parada obligatoria es en Laguna Brava, un hermoso espejo de agua a más de 4.000 msnm, que también se puede recorrer a la vuelta, ya de día, para apreciar mejor los flamencos y vicuñas que frecuentan su costa. Tras dejar atrás la laguna, el ascenso continúa por un lodazal de ceniza volcánica, que se debe cruzar sin pausa y pisando a fondo, manteniendo un régimen de 2.500 revoluciones para no quedar encajado en el terreno.

El siguiente tramo es sobre el cauce de un río congelado, el cual está repleto de filosas piedras y que requiere de una conducción mucho más lenta y técnica, para no reventar ningún neumático o dañar el vehículo. Al superar estas arduas etapas, uno ya puede vislumbrar las cimas nevadas de los volcanes Pissis, Bonete Grande, Bonete Chico, Veladero y Reclus, que lentamente empiezan a iluminarse con el amanecer.

Alrededor de las 10 AM, la expedición hace cumbre a 5.430 msnm y con temperaturas por debajo de los 0 °C. La vista del cráter, con la laguna en el fondo y rodeado por las montañas nevadas, es la gran recompensa tras tan arduo y largo viaje. Durante el descenso, ya con el sol bien alto, se pueden visitar
los penitentes, formaciones de nieve similares a cuchillas; y disfrutar mejor de los paisajes, en especial de Laguna Brava y la Quebrada del Peñón, con sus llamativos cerros de tonos verdes, ocres y rojos.

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