Cuestas de altura

Exigente travesía por caminos incas a través de la yunga salteña, con trepadas ncreíbles que corren al borde del precipicio, entre niebla, barro y piedras sueltas. Nota con video.

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Los tramos de enduro exigieron mucha técnica a los bikers en un entorno maravilloso. Las pinturas que se encuentran en las cuevas de la zona datan de los años 1000 a 1200 dC y fueron realizadas por la comunidad Guachipas, de la nación diaguita. FOTO: R. García Cobas y Juan C. Gorrini. [ Ver fotogalería ]

El itinerario era de las yungas a los valles calchaquíes por el milenario Camino del Inca: no podía esperar más para pedalearlo. Pero en esta ocasión, en vez de cortarnos solos, con mi copiloto Rodrigo García Cobas recurrimos a un salteño del cual teníamos buenas referencias: David Bernacki, de La Cara Oculta de Salta.

En la travesía se pedalea por varios sistemas diferentes: pedemonte, selva de yungas, bosque de yungas y pastizal de altura durante tres días, para lo cual viajamos a la
ciudad de Rosario de la Frontera y al día siguiente partimos con los vehículos de apoyo hacia el sur. Luego de abandonar la ruta 9 encaramos hacia el oeste cruzando pintorescos pueblitos donde cargamos provisiones lugareñas: frutas, pan casero, tamales, jamón de cerdo, etc.

Luego de El Jardín, los sembradíos de tabaco del pedemonte se iban espaciando… era hora de empezar a pedalear. En Paso Zárate y a la orilla del río Negro armamos las bicis y refrescamos uno de los temas que habíamos charlado con la organización: tener independencia para pedalear solos, por lo que acordamos las paradas en sitios de reaprovisionamiento en donde nos interiorizarían de los detalles geográficos e históricos del lugar.

La verdad que Paso Zárate era un buen sitio para acampar, tomar unos mates, tirar unos lances a las truchas del río Negro y observar el raro pato de los torrentes, pero cargamos cascos, handies, camelbaks y nos lanzamos al camino. Tras 2,5 km asomaron paredes rojizas casi verticales con vegetación colgante e infinidad de surgentes. A la izquierda, el río cantando entre las rocas y luego una pared verde, alta e inexpugnable de selva que se perdía entre los cerros neblinosos…

El sonido de las transmisiones sólo era interrumpido por nuestras exclamaciones: las piernas sentían que íbamos trepando, pero nuestros espíritus no. Sólo el rugido de nuestros estómagos era ajeno: ¡hora de almuerzo!

Nota publicada en la edición 504 de Weekend, septiembre de 2014. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al tel.: (011) 4341-7820 / 0810-333-6720. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

01 de septiembre de 2014

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