Una cacería de patos con un toque tecnológico

En Tandil pusimos a prueba los llamadores digitales versus los silbatos tradicionales.

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Hacía tiempo que quería vivir una cacería de patos diferente, con el agregado de la tecnología, y más aún con una buena vestimenta camuflada. Con este motivo lo llamé a Daniel Callisto, que a su vez me recomendó a Luis Conde, otro apasionado de esta disciplina que tiene un importante surtido de ropa camuflada especial, trajes de hojas, gorros, señuelos importados, silbatos, etc. Tras cruzar unas palabras, acordamos que los tres nos reuniríamos en los campos de Tandil para probar su equipamiento.

En esta ocasión, el guía de caza fue Gabriel Muñoz, con el que ya habíamos hecho varias salidas con anterioridad. Como nos tiene acostumbrados, se mostró muy predispuesto a pesar de que ya tenía un compromiso con dos cazadores extranjeros, y hasta me ofreció sus nuevos llamadores digitales y señuelos importados. Con todo preparado, nos dirigimos a una laguna cerca del paraje El Solcito, a unos 15 km de la ciudad de Tandil.

Apostadero en el centro del lago

Debido a que queríamos usar los apostaderos camuflados, a las 6 AM, con plena noche cerrada, partimos a la laguna, que está rodeada por una vegetación variada, con mucha totora y juncos. Y, a su alrededor, plantaciones de soja. Un paraíso para el pato. En total hay cinco apostaderos, cuatro al borde del espejo y otro adentro, todos hechos de ramas y redes camufladas; pero el mejor se encuentra en el centro de la laguna. Está rodeado de juncos naturales y montado sobre la cámara de un tractor, con palets fijados entre sí y alfombrados con pasto sintético. Todos tienen capacidad para dos tiradores y otorgan una buena posición frente a las pasadas de los patos.

El borde del lago estaba cubierto por una fina capa de hielo. La sensación térmica era de -3 °C y soplaba una fuerte brisa (23 km/h), de esas que entran por las extremidades y hacen doler del frío. Luis se vistió con un traje tipo de hojas, borcegos y gorro al tono, en combinación con la vegetación del apostadero. Mientras que Daniel y quien escribe nos vestimos con un conjunto de primera piel, con medias y camisa térmicas; buzo de micropolar, chaqueta, capucha, pantalón camuflado y botas.

Cuando llegamos a la laguna era poco lo que se veía, sólo teníamos la luz de las estrellas y de la luna en cuarto menguante, que nos indicaban el camino a los apostaderos. Gabriel bajó los señuelos fijos y los móviles, todos importados, y su ayudante se encargó de colocarlos en el agua. Después, como buen guía, se ocupó de explicar las normas de seguridad y hacia dónde ejecutar los disparos. Los dos cazadores extranjeros se ubicarían en la orilla opuesta para hacer mover las bandadas de patos con el señuelo electrónico, mientras que nosotros utilizaríamos los silbatos tradicionales, y así lograr una buena circulación en toda la laguna. Según él, las bandadas serían numerosas.

Antes del amanecer estábamos todos listos y apostados con las armas cargadas y el seguro colocado. Los extranjeros tenían un par de escopetas semiautomáticas y otra camuflada, mientras que nosotros contábamos con tres semiautomáticas. Todos utilizamos cartuchos del 12/70 con 32 o 36 gramos de munición 5 o 7.

Las primeras presas

Cuando los rayos del sol empezaron a asomarse por el horizonte, la primera bandada de patos se hizo ver por nuestra derecha. Debido al frío, pensé que se volverían más lentos, pero no fue así: pasaron a gran velocidad y con movimientos muy vivaces. Cuando estaban por la mitad de la laguna, la mayoría –aproximadamente 70– se dirigieron hacia el llamador digital, atraídos por su sonido; mientras que, para nuestro lado, se acercó una bandada de siete patos, seducidos por los silbatos manuales. Nos paramos al unísono con Luis y disparamos: tres patos cayeron.

Vimos cómo los otros patos pasaban en gran número cerca del apostadero de la otra orilla. Me quedé de pie y practiqué el encare de la escopeta, cuando quedé satisfecho me volví a sentar. En la próxima pasada disfruté al ver la bandada entrar volando bajo; en contraste con el fondo naranja, se veían grandes ejemplares oscuros. Nuevamente nos paramos y apuntamos con tranquilidad, otros dos patos cayeron.

Se trata de un ave que posee gran velocidad, maniobrabilidad, visión precisa y un plumaje grasoso que le sirve como protección contra los perdigones. Sus partes vulnerables son la cabeza, parte del pecho y la cola; por lo que el swing y el adelantamiento en el disparo son fundamentales. Cuando se lo tiene de frente, el tiro debe estar dirigido a esas zonas vitales. Con respecto a la laguna, deberá tener la suficiente cantidad de alimento para que la especie acuda en gran número.

Las escopetas semiautomáticas resultaron infalibles y cómodas a la hora de definir, mientras que la elección del cartucho fue la adecuada para la baja temperatura y el viento: 36 g, munición 5 o 6. No teníamos la ventaja del llamador, lo que nos exigía ser más precisos en el tiro y que las rosas les llegaran de pleno. Las entradas se repitieron y, como el cupo se iba a cumplir rápidamente, decidí sólo tirar a un ejemplar por pasada.

Para las 9, el cupo estaba cumplido, el sol brillaba y el viento mantenía su intensidad pero el frío ya no era tan crudo. Decidimos rodear la laguna para confraternizar con los cazadores extranjeros y conversar sobre la cacería. Fue una rica experiencia, ya que nos mostraron sus trajes americanos y el señuelo digital con control remoto. Para uno de ellos fue su primera cacería y le explicamos cómo algunos de sus tiros quedaban bajos y en otros el swing no era el adecuado; le aconsejamos cómo debían ocultarse mejor de la vista de las aves, suponiendo cómo nos ven desde la altura. Para cerrar la jornada, Luis trajo de su chata una máquina, una caja de platos y organizó una tirada de práctica que sacó sonrisas y cerró el día en un ambiente de gran camaradería.

Nota completa en Revista Weekend del mes julio 2018 (edicion 550)

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