Un desafío de cuerpo y mente

La Misión Race demostró que es una de las carreras de trail running más difíciles y por ello se consolida en el calendario internacional. Nota con video.

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Difícil, complicada, extrema, durísima, demoledora son todos calificativos que encuadran perfectamente en la definición de La Misión Race. Es que esta carrera itinerante de trail running llegó a su 12° edición y cada vez parece volverse más compleja.
A la clásica distancia de 160 km y 9.000 metros de desnivel, este año hizo su debut La Mision Race XL con sus increíbles 200 km y 10.500 metros de desnivel.

La importancia de los detalles

El objetivo de la carrera es completar la distancia en un tiempo máximo de 76 horas. El recorrido está 100 % señalizado y atraviesa montañas, valles, bosques, arroyos, ríos, senderos y costering de grandes lagos bajo
un régimen de autosuficiencia. Esto implica que cada corredor debe elegir su propia estrategia de carrera: dónde descansar, dónde apurar el ritmo, cuándo comer, hidratarse, etc. Es que en los detalles está la clave para lograr terminar una carrera como La Misión. Una buena planificación de carrera no asegura el éxito, pero sí brinda un grado mayor de posibilidades.

Largada

El horario indicado para comenzar la carrera era las 10 am desde el Regimiento de Caballería de Montaña, ubicado en las afueras de la ciudad de San Marín
de los Andes. Más de 300 corredores de varias provincias argentinas y de países como Ecuador, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, México, Italia, España, Francia, USA, Canadá y Holanda se hicieron presentes para vivir esta verdadera aventura de correr en la Cordillera de los Andes, pleno corazón de la Patagonia Argentina. Puntualmente, tras el conteo regresivo de Jorge Aznares, director de la carrera, dio comienzo la competencia.

El calor, un enemigo silencioso

Los 30 °C de temperatura ya se hacían sentir y el calor sería clave en el desarrollo de la carrera. Durante los primeros 35 kilómetros los participantes debían llegar a la laguna Rosales, luego sortear las primeras trepadas y, finalmente, hacer un largo camino rodeando el lago Lolog hasta el camping Puerto Arturo. Después comenzaría una de las subidas más duras e importantes del evento: el cerro Aseret, con sus 2.060 metros de altura. Este trayecto fue sin dudas una de las vedettes, ya que los participantes debieron deambular por sus filos durante más de 15 km.
A esta altura, más allá del cansancio normal acumulado por un terreno hostil, ceniza, tierra y obstáculos naturales, la mayor dificultad que encontraban los aventureros era el calor. Durante la tarde hubo picos de 37 grados, un cielo completamente celeste, y pocos lugares donde resguardarse del sol.
La deshidratación y los golpes de calor comenzaron a hacer estragos, y varios corredores debieron abandonar la carrera por este motivo. Calambres, vómitos y un cansancio físico desmedido fueron los síntomas más frecuentes.
Tras batallar contra este enemigo invisible y cruzar los interminables filos del cerro Aseret, los participantes comenzaban
un brusco descenso hacia el primer puesto de control, llamado Laguna Verde, en el kilómetro 70.

Comer, descansar y seguir

Allí era el lugar recomendado por la organización para hacer el primer stop fuerte de la carrera y aprovechar a comer algo caliente, descansar y buscar la bolsa que cada corredor envió a este punto con lo que consideraba necesario: algunos optaron por frutas, otros bebidas isotónicas y gaseosas, otros ropa para cambiarse. Casi a mitad de carrera (para los que hicieron 160 km) lo enviado sería fundamental para lo que quedaba de carrera.
A esta altura, el calor seguía jugándole una mala pasada a los corredores que ya acumulaban varios kilómetros y machucones. Por eso, muchos optaron por abandonar. El total de abandonos fue de alrededor de un 35 %, lo que indica la dureza extrema con la que estos guerreros se toparon.

Los que continuaban con fuerza siguieron firmes, paso a paso, metro a metro, buscando su próximo objetivo: un nuevo stop llamado Boquete, en el kilómetro 105. Claro, no sin antes tener que sortear un sin fin de subidas y bajadas, y luego el largo valle del arroyo Auquinco.
El Boquete era el último punto donde los corredores podían comer algo caliente, reponer energías y, para los que habían elegido correr los 200 km, decidir si seguían en esa distancia o bajaban a los 160 km, ya que allí se dividían ambas carreras.

Dos últimas cumbres

La parte final de la carrera implicaba un esfuerzo descomunal, porque a los cuerpos agotados de los corredores aún le faltaban dos trepadas épicas. Es que los cerros Rocoso y Colorado, con sus 1.800 metros cada uno, serían una prueba más de la voluntad y carácter que estos atletas debían tener para poder finalizar el recorrido de semejante aventura.
Cada uno completó la carrera a su propio ritmo, y por eso los tiempos resultaron tan disímiles. Mientras los ganadores fueron llegando durante la noche del día viernes y la madrugada del sábado, el grueso de los competidores arribó a lo largo de la noche del sábado y el mediodía del domingo, totalmente extenuados pero con la satisfacción del deber cumplido: el objetivo para el que la mayoría de ellos entrenó durante todo un año.

Una experiencia única

La Misión Race conserva sus raíces al ser una competencia non stop y con un régimen de semiautosuficiencia. A pesar de contar con un recorrido marcado, sigue siendo una carrera extremadamente dura, y su participación requiere de un alto grado de entrenamiento físico y mental realizado a conciencia. Pero claro está, la recompensa es muy tentadora, y es por eso que año tras año corredores de todo el mundo vienen a vivir su experiencia.

Un contacto increíble con la naturaleza mediante un peregrinaje de cuatro días y tres noches a través de los paisajes más maravillosos de la cordillera.
La Misión Race, una prueba que se afianza en el calendario del trail running. Alguna vez hay que correrla.

Nota completa publicada en revista Weekend 535, abril 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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