Wednesday 17 de July de 2024
AVENTURA | 27-02-2024 07:00

Talampaya: caminata entre gigantes de piedra

Tres diferentes trekkings que se pueden hacer en el mismo día en el Parque Nacional: ideales para adentrarse en la soledad de senderos que descubren formaciones impresionantes.
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Patricia Daniele
Patricia Daniele

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Editora Ejecutiva de revista Weekend y su web, Editora General de Vivo.Perfil.com y de Luna teen.perfil.com. Columnista de espectáculos en Perfil.com y Reperfilar. Especializada en turismo y servicios al turista, gastronomía y lifestyle, series y TV paga, teatro y recitales, tendencias del mundo joven. TW e IG. @pato_daniele

Mucho se ha hablado y escrito del Parque Nacional Talampaya en esta revista. Pero siempre hay algo  nuevo. Elegido una de las Maravillas Naturales de nuestro país y designado Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad en América, su paisaje es el resultado de movimientos tectónicos a los que durante milenios se han sumado la erosión del agua y el viento, en un clima desértico y con gran amplitud térmica. Así se formaron los cañadones rectos y altos paredones a lo largo de los años, que vemos hoy. Esta vez fuimos a hacer algo diferente: trekking.
Es que los guardaparques y guías brindan opciones menos tradicionales que el recorrido en micro de altura, que es un clásico, y permiten apreciar las bellezas de esas formaciones rocosas desde otro punto de vista, por medio de un nutrido circuito de caminatas de diferente grado de dificultad, que se adentran en los secretos de este predio de 213.800 ha.​

La historia de Don Eduardo

Llegamos alrededor de las 10 AM al Parque, pues nos esperaba una larga jornada de trekking. El primero fue hacia la Quebrada de Don Eduardo, asistidos por un guardaparques cuyos servicios se contratan en el mismo espacio de acceso donde está el restaurante. Primero tuvimos que tomar una combi que nos dejó a 13 km de la entrada, punto real de partida hacia los dominios de este hombre, Eduardo Bucio, que vivió a comienzos del siglo pasado en lo que luego fueron los terrenos del parque. Allí tenía su rancho y criaba ganado, pues se usaba la zona para el pastoreo de animales, que luego llevaban hacia Chile por el paso Pircas Negras, hoy cerrado. Nos esperaban 6 km de caminata de mediano grado de dificultad, en ascenso, para tener de primera mano una vista panorámica y desde arriba de estas formaciones increíbles.

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Mientras íbamos caminando, el guía Lucas Páez (de la Asociación Civil de Guías de Talampaya) iba identificando los algarrobos (distintivo del parque) y otros arbustos como jarilla, que son la única vegetación de esta zona. Los pocos animales que viven allí están escondidos de día. Salvo por unas ruidosas cotorritas que saludaron nuestro paso. Atención: no hay sombra en la cual resguardarse del potente sol riojano, sólo algunas formaciones exóticas con ventanas creadas naturalmente, que van asombrado a cada paso, así como alguna escalera ubicada estratégicamente para ascender de nivel, como si se tratara de un videojuego. De a poco fuimos trepando por encima de esas rocas coloradas y desgastadas, actividad que nos hizo subir hasta llegar, al cabo de más o menos una hora, a una altura considerable que nos permitió ver en esa fisonomía tan particular. Allí pudimos apreciar bien la variedad de colores que tienen estas rocas. Sin dudas vale la pena la caminata. 
Cuando notamos que el sol pegaba de lleno sobre nuestras cabezas, tuvimos la certeza de la llegada del mediodía. Cabe aclarar que hay que ir preparados para este trekking: llevar  agua, protector solar y sombrero, todos elementos imprescindibles porque el calor abrasa. El regreso fue por otro sendero, siempre en lo que fueron las tierras de Don Eduardo, y se hace más lento porque vamos agarrándonos de las piedras y pisando con cuidado para no tropezar mientras bajamos. Es igual de interesante que la ida.

Un alto para descansar

Es momento de recuperar fuerzas y almorzar en el restaurante del parque. Allí se puede optar por tres versiones del menú fijo, que incluyen plato principal, postre y bebida, y que envía cada mañana la gente del restaurante Don Edgardo de Villa Unión. O comprar snacks, café y bebidas. Todo muy rico y nutritivo, perfecto para retomar las caminatas por la tarde.
Pero esta vez salimos del Parque y nos dirigimos hasta el Km 45 de la RN 76 (la escénica de La Rioja) hacia el Sur, hasta el parador Base Aguila de la Cooperativa Talampaya, porque reingresaríamos por otra entrada, esa que casi nadie visita aunque tiene excursiones exclusivas en absoluta soledad, también a cargo de guardaparques.

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Esta vez nos esperaban Vanesa y Camilo para llevarnos en combi, en una travesía grupal (únicamente con reserva previa), en un circuito para conocer a pie el Cañón del Arco Iris y la Ciudad Perdida. Para eso cruzamos la ruta en el vehículo y nos internamos en un predio desierto, anexo a la entrada principal,  al que sólo se ingresa con los guías dos veces por día.
Elegimos estas dos excursiones combinadas, con una duración de tres horas, a las que se accede con la combi a través del cauce del río Seco, que hace honor a su nombre y que reaparece en determinados momentos del año. Es la única forma de acceso. Así nos internamos en búsqueda de piedras mesozoicas como las de Los Colorados, que tienen más de 250 millones de años. El piso es rojizo y las paredes de piedra verdosa: el contrates es impresionante.

¡Un puma!

También vimos rocas sedimentarias, entre las que podría estar escondido un puma, mimetizado por el color del suelo. Y es cuando Vanesa nos puso en alerta: alrededor de una laguna formada por la lluvia se ven pisadas frescas del felino, así como de aves. Muchas. Y se repiten en la arena. ¡Qué emoción estar tan cerca de un animal escurridizo y que es objeto de estudio por los científicos! 

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Esta vez las formaciones excepcionales se ven a través de pasadizos de piedra atrapantes y, desde abajo, adivinamos siluetas creadas por la acción del viento y el agua: una cara (o al menos una nariz), una princesa de Disney, una ventana. Hasta que llegamos al Cañón Arco Iris, donde las paredes de piedra son multicolores y los pocos árboles que hay tienen las raíces suspendidas fuera del suelo para captar la mayor cantidad de agua posible. Hasta hay uno que forma una arcada entre dos formaciones y que sirve para sacarnos una foto grupal que llevar de recuerdo. 
La última parada antes de regresar a la combi es en la Ciudad Perdida, una depresión en el terreno que presenta diversidad de georformas, simulando una metrópoli fantasma. Realmente parece una ciudad, sobre todo porque hay una gran diversidad de colores que contribuyen a la ilusión que crean nuestros ojos en conjunción con la mente. 
En el regreso, siempre a pie hasta el transporte, el sol va bajando y tenemos una apreciación diferente de esas siluetas que vimos a la ida. Cansados, en la combi, repasamos las fotos que nos llevamos de recuerdo de esta travesía inolvidable.

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