Thursday 25 de April de 2024
AVENTURA | 29-03-2024 19:00

Meseta del Somuncurá, donde las piedras suenan

Caminata en medio de la más exquisita soledad rionegrina en busca de los silencios que retumban bajo las rocas de este sitio inhóspito y casi desconocido. Por Dardo Gobbi.

Este viaje fue un trekking realmente diferente. Lo hicimos entre viejos amigos con el objetivo fue fortalecer nuestra amistad, en un lugar mítico, solitario y por momentos extremo: el Área Natural Protegida Meseta de Somuncurá (“piedra que suena” en mapuche), que tiene un gran atractivo, ya que el contacto con la naturaleza, es total. Caminanta a los cerros, vida rural, espejos de agua, arroyos, pesca, avistaje de aves y de animales (como la mojarra desnuda, la lagartija de las rocas, la rana del Somuncurá, el piche patagónico y el pilquín o chinchillón) que sólo vemos libremente en la Patagonia. Todo eso inmerso en una gran altiplanicie basáltica con formaciones rocosas, conos volcánicos, cerros, lagunas temporarias, cañadones y algunos arroyos. Esta estructura geológica se ubica más de 1.000 msnm y ocupa 25.000 km2 de Río Negro y Chubut. 

Rumbo a Chipauquil

Partimos desde el Alto Valle con destino a Valcheta. A pocos kilómetros de allí, transitando la RN 23, llegamos al acceso a la RP 60 donde se ubica uno de los ingresos a la meseta por el lado de Río Negro. Unos 62 km de buen ripio nos llevarían a nuestra primera parada: el paraje Chipauquil. Y ni bien dejamos el asfalto todo empezó a sorprendernos, porque lo poco transitado de esta ruta hace que la flora y la fauna tengan una mayor presencia. Así fue como zorros, avestruces, hurones y muchos chimangos nos acompañaron en esta primera parte.

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Luego de una hora de estepa nos recibió un pequeño valle. Y un cartel nos indicaría cómo llegar a la escuela hogar Nº 76: ya estábamos en Chipauquil con un objetivo solidario: dejar útiles, alimentos, indumentaria, medicamentos... Con la directora del establecimiento, sus alumnos y maestros compartimos un gran momento. Las escuelas rurales tienen un rol especial en estos parajes. Son importantes porque a ella acuden los pobladores rurales no sólo a llevar a sus hijos, sino también son un punto de encuentro, información, vacunación, acceso a un teléfono y un refugio en caso de emergencias climáticas. En este sentido, Chipauquil es uno de los últimos lugares poblados antes de ingresar al corazón del Somuncurá. 

Caminata sin horizonte

El mediodía nos encontró siguiendo rumbo hacia el establecimiento La Isla, donde Saturnina y Estanislao nos esperaban en su pequeño oasis rodeado de meseta. Armamos nuestro campamento a orillas del “arroyo frío”, uno de los brazos del Valcheta, y enseguida organizamos nuestro primer trekking entre vegetación orillera que contrastaba con el sol de la tarde. Como el sendero no está delimitado, hay que tener la precaución de buscar puntos de referencia para saber volver. Eso da una sensación de libertad plena. 

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Como nos movíamos siempre con el arroyo a nuestro lado, pudimos recorrer la meseta casi sin límites. Y así llegamos a La Horqueta, el lugar donde nace el arroyo Valcheta que alimenta el valle de Chipauquil, ámbito que algunos aprovecharon para tentar suerte con la pesca hasta el atardecer, momento en que regresamos a lo de doña Saturnina, quien nos esperaba con tortafritas para matear a la sombra, mientras que Estanislao se encargaba de la cena: ya había elegido un cordero, por lo que buscamos leña, y con la llegada de la noche, el fuego nos encontró contando anécdotas e historias de la meseta.

Rumbo al cerro Puntudo

Al otro día por la mañana fue Javier –guía de la cooperativa de turismo Alen– quien nos pasó a buscar para introducirnos más al centro de la meseta. Por delante nos esperaban 40 km de un camino casi intransitable, que por momentos desaparecía entre jarillales y coirones, y en otros las rocas hacían que circuláramos casi a paso de hombre. Una tropilla de caballos salvajes también nos cortó el paso durante unos minutos: estaban sorprendidos por nuestra presencia y decididos a no dejarnos pasar, hasta que salieron al galope. Situación similar ocurría con los guanacos tras cada loma. Somuncurá es una meseta salvaje, libre. Hay potros i-nalcanzables, avestruces, liebres... Todo el potencial de la naturaleza a pleno.

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Llegar al casco del establecimiento El Puntudo fue arribar a un oasis. Luego de transitar lentamente durante casi cuatro horas, encontrar a lo lejos una vivienda con algunos árboles fue un regocijo enorme. El viaje en vehículo es parte de la travesía y se disfruta lentamente. Bajamos nuestras cosas, nos acomodamos en el refugio y luego de matear salimos a caminar hacia este cerro: un trekking muy recomendable que está sólo a 5 km del refugio y no tiene gran dificultad. Hay que considerar que la orientación es un tema muy importante, porque por momentos podemos girar 360 grados y no darnos cuenta de dónde venimos ni hacia adónde vamos. Es todo igual, no se ven referencias en el horizonte, por eso en cada lomada se van colocando pequeños montículos de piedra (apachetas) para saber qué camino seguir y poder regresar nuevamente. 

Después de una hora de caminata tranquila comenzamos a subir el cerro y llegamos a su punto más alto. La vista desde allí nos demuestra la inmensidad de la Meseta del Somuncurá. Un paisaje, realmente único. De acuerdo a la época del año, algunos ojos de agua se divisan cada tanto. Los animales acuden a ellos por las tardes a saciar su sed: guanacos, avestruces, zorros, maras y pumas están siempre cerca. 

Cuando el sol comenzó a caer y la temperatura a bajar, volvimos al refugio siguiendo las apachetas que nos orientaban. Fue una gran aventura en medio de la más exquisita soledad. El humo de la chimenea nos hacía imaginar una cena entre amigos y leyendas. Y así fue. Nos merecíamos ese viaje de reencuentro que salió según lo planeado. El silencio por la noche nos invitó a salir afuera del refugio: todo era plano, todo amarillo a causa de la luz de la luna. El cielo, un universo de estrellas inolvidable para un gran cierre de travesía.

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