Tres reservas para descubrir

Un lindo recorrido visitando algunas de las reservas naturales de la provincia de Buenos Aires. Qué se puede hacer en cada una de ellas.

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Los habitantes de las grandes ciudades no disponemos “del verde” que tanto añoramos, por lo que debemos disfrutar las pocas reservas urbanas disponibles. Y más allá de conocerlas individualmente se me ocurrió de recorrer tres de ellas en mountain bike junto a mis amigos.
Pero la fechas propuestas no parecían correctas: en dos oportunidades tuvimos que posponerlas por diversos motivos, y la tercera venía igual. La noche anterior se llovió todo: truenos, relámpagos y diluvio formaban el combo perfecto para abortar nuevamente. Tenía que definirlo con el grupo y pensé: “¿Qué somos? ¡Tiburones! El que quería se bajaba y el que no se mojaba seguro”. Pero Hernando, Néstor, Martín, Ricardo, Pablo, Walter, Daniel y Ricardo confirmaron su asistencia.

La nublada mañana siguiente nos juntamos en Adrogué y partimos. Como los caminos de tierra estaban intransitables, el recorrido sería por aburrido asfalto. Con viento en contra y una leve llovizna partimos hacia la localidad de San Vicente, allí se encuentra
la Reserva Natural Lagunas de San Vicente, fundada en 2011.
La Reserva es provincial pero administrada por la Municipalidad de San Vicente, y en sus 132 hectáreas se protege el sistema de humedales de las lagunas Del Ojo, La Bellaca y del arroyo San Vicente. No cuenta con baños, tiene bancos y mesitas rústicas y todos los senderos se encuentran señalizados. Puede ser recorrida en bici, pero de común acuerdo con los guardaparques Gisela y José decidimos realizarla a pie para no degradar los senderos castigados por el diluvio de la noche anterior. Luego de encadenar las bicis partimos junto a ellos, aprovechando los estratégicos miradores que permiten apreciar la fauna del lugar y algunas de las 200 especies de aves que la visitan. Lamentablemente no pudimos ver las estrellas del lugar: una pareja de carpinchos que recientemente tuvieron cría.

Un parate y a seguir

La pedaleada y el minitrekking nos habían dado hambre: a la sombra de los talas almorzamos nuestras viandas mientras charlábamos con Gisela y José. Y sin descanso para que la fiaca no atacara, salimos nuevamente.
El tiempo se había estabilizado y permanecía nublado, pero el asfalto se había secado. Con las luces delanteras en destello para aumentar la visibilidad, formamos un trencito veloz que en hora y pico nos dejó en la reserva natural de uso integral y mixto Laguna de Rocha. Allí, a pesar de haber anunciado nuestra visita, el cuidador nos recibió con su habitual mala onda y luego de algunos gruñidos nos dejó pasar al edificio donde tienen oficina los guardaparques.
El predio data de la década del ‘50, cuando en el gobierno de Perón se construyó el Hogar Escuela Evita donde chicos de todo el país se hospedaban. Hoy, el deterioro es impresionante y da mucha tristeza ver cómo terminó un proyecto de semejante envergadura. En las 600 hectáreas de la reserva, tremendos bosques –donde los eucaliptos son mayoría– protegen un sistema de humedales con una interesante avifauna. Pero también podemos ver tortugas de agua, zorros y nutrias, muchos de ellos rescatados de otros lugares y cuidados por los guardaparques hasta su liberación.

 

Para visitar la Reserva es imprescindible enviar un e-mail y anunciarse. Los servicios son básicos y no todas las sendas están señalizadas. Allí no se puede circular con las bicis, por lo que también las encadenamos y luego de embadurnarnos de repelente salimos a senderear. El bosque es muy cerrado y, sumado a la humedad por la lluvia y la resolana, el calor era abrumador. Transpirando más que en la bici efectuamos una caminata de 4,2 km admirando el ecosistema, solo sobresaltados por los aviones que despegan y aterrizan en el Aeropuerto de Ezeiza, a solo 4 km.
Salir del bosque fue un alivio, hasta frío sentíamos. Nos faltaba la última reserva del día, así que partimos hacia Monte Grande, luego Guillón y llegamos finalmente a Llavallol, con 78 km en las compus de la bici. Esta reserva es la más pequeña de las visitadas pero la considero un ejemplo por las actividades desarrolladas, su seguridad y servicios.
Previamente habíamos reservado la actividad “ecobici” vía web y los guardaparques Maxi y Susana nos estaban esperando. Por las características de la zona de pequeñas lomadas, el agua había escurrido y pudimos realizar la visita en bici, previa nueva aerosoleada en repelente.

 

La reserva Natural Municipal Santa Catalina y su vecina reserva Provincial suman más de 65 hectáreas y protegen un ecosistema y una importante historia, ya que allí se asentó una de las primeras colonias agrícolas de nuestro país con inmigrantes escoceses, en el año 1819.
El Municipio de Lomas de Zamora desarrolla gran variedad de actividades para todas las edades, a las que hay que inscribirse previamente. Aparte tiene una ventaja logística: se puede llegar en auto, bici, colectivo y tren.
Con la transmisión liviana, para circular tranquilos –y para descansar las piernas de la paliza que nos dimos pedaleando ligero–, fuimos recorriendo las sendas y efectuando paradas en las que Maxi nos mostraba las especies originarias que formaban los antiguos montes de talares, que llegaban hasta el entonces transparente Riachuelo.
Con la particularidad de tener una estación de tren en plena reserva (del FF.CC. ramal Haedo), posee baños, lugar para descansar y tomar mate, y hasta un vagón centenario donde existe un pequeño museo con restos encontrados en la zona.

Un par de horas se nos volaron con la instructiva charla
y ya era tiempo de remontar vuelo pa’ las casas: encendimos las luces nuevamente y cortando el partido de Lomas de Zamora volvimos hacia Adrogué, donde nos desconcentraríamos. Llegamos allí con 85 km, y compartimos
lo que quedaba en los camelbaks: algún turrón, bananas machacadas y cereales secos, además de un comentario de mis amigos: “La verdad que cuando nos dijiste que querías enlazar tres reservas en la misma pedaleada, no pensamos que nos
diera el tiempo, queríamos ver hasta dónde llegábamos”.
Si no me tienen fe…

Nota completa publicada en la edición 533 de revista Weekend, febrero 2017.

 

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