Los misterios del sur rionegrino

La inhóspita y magnífica Meseta de Somuncurá es un refugio para especies únicas. Tierra de leyendas y gente aguerrida. Galería de imágenes.

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Hay sombras por allí. Sombras y fantasmas, vagando entre los escombros. Las ruinas de la Mina Gonzalito son la incontrastable imagen del olvido, desperdigadas en medio de un paisaje desmedidamente desolador, en donde el sol pega fuerte y la vista se pierde irremediablemente en horizontes siempre lejanos.

 

Esa mina fue un lugar que en su momento albergó a más de 600 personas, la mayoría trabajadores que extraían plomo y plata a cambio de unos pocos pesos y en condiciones sanitarias altamente nocivas, tanto que muchos de aquellos mineros morían antes de cumplir los 40 años.

Tras varias décadas de explotación, Mina Gonzalito abandonó la extracción a mediados de los años ochenta, y sus casas, en las que vivían tanto obreros como patrones, fueron abandonadas progresivamente. El último habitante del lugar fue un tal Cándido Román, un minero que ya había cumplido casi 90 abriles cuando lo alcanzó la muerte, en su casa de siempre y en una tarde como tantas otras, en medio de un sitio ya inmensamente solitario para ese entonces.

 

Desde el fallecimiento de Don Cándido, ocurrido hace ya varios años, Mina Gonzalito se ha convertido en un páramo habitado únicamente por fantasmas y leyendas. Por allí, por ese lugar abandonado, pasa una ruta de ripio que nace paralela a la costa rionegrina, unos cincuenta kilómetros al sur de San Antonio Oeste, y lleva directo hacia la inhóspita y magnífica Meseta de Somuncurá.

 

 

 

 

 

Nota completa en la edición 490 de Weekend, julio de 2013. Si querés suscribirte a la revista y recibirla en tu domicilio, clickeá aquí.

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