lunes 16 de diciembre de 2019
13-11-2019 17:36 | PESCA

En busca de lisas en el Salado

Es la ruta principal de una especie difícil pero no imposible, que desvela a una legión de pescadores. Calidad de ejemplares en una pesca que exige sacrificios pero entrega piezas de más de tres kilos Ver galería de imágenes

Las vemos saltar durante casi todo el año. Míticos torpedos con forma de pez, que se florean en el centro del cauce y jamás pasan desapercibidas para el pescador orillero. Alguno sueña con tenerlas peleando del otro lado de su caña, otros recuerdan viejas batallas con la especie. Y hay quien suelta una maldición al verlas, evocando tantos desaires en los intentos por pescarlas. Son las lisas, estas “chicas supercaprichosas” que desvelan a una legión de fanáticos que están dispuestos a los mayores sacrificios tras su búsqueda: ir a lugares inhóspitos, embarrarse hasta media pierna y más también, soportar calores infernales sin un árbol en kilómetros a la redonda y hasta pasar sed en largas esperas y caminatas, con tal de lograr pescarlas. Pues bien, esa ventana de calor en donde la especie come, acaba de abrirse. Es tiempo de lisas. Y las encontramos en el Salado, la gran vértebra hídrica de la provincia de Buenos Aires, donde dimos con excelente calidad de piezas.
Con un clima que no terminaba de definirse entre un coletazo de frío con sudestada, lluvias y calores breves, la especie aparecía y desaparecía como un fantasma, y los guías amigos no tenían datos firmes para lograr dar con ellas. Pero apareció el llamado esperado y la promesa de, al menos, ponernos encima de ellas y hacerles el aguante hasta que decidieran comer. El salvador fue el guía Mariano Anderson, presidente de la Asociación de Pescadores Deportivos del Partido de Lezama, quien nos contó que venía siguiendo a un cardumen grande que se movía entre El Destino y aguas debajo de La Postrera. 

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Con referencias del día anterior a nuestra visita de que el pescado se movía más cerca de la orilla de Castelli, decidimos trabajar esa margen del Salado, dejando los vehículos a resguardo en una estancia donde Anderson cuenta con permiso para ir caminando aguas arriba de La Postrera unos 2.000 metros. Esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de no llevar elementos de más. Y si la idea es traerse alguna lisa con destino de parrilla, hay que viajar mucho más livianos aún. Lo cual no implica –como lamentablemente se ve– que muchos aficionados opten por dejar botellas de bebidas al costado del río. El Salado, y cualquier ambiente natural, debe cuidarse y el pescador ha de llevar de vuelta consigo todos los envases que utilice.

Enterrados en el barro 

Ya elegido el recodo del río donde íbamos a hacer los intentos, notamos que las lisas saltaban en el centro del cauce, no estaban tan volcadas a la orilla como suponíamos. Podíamos acceder de la margen de Lezama con vehículo, dado que Anderson cuenta con ingreso al campo de enfrente, pero mientras la orilla de Castelli presentaba un Salado de costa suave en declive, desde Lezama la pesca se hace en barrancas altas, lo cual dificulta el izado de las piezas. La complejidad de nuestra situación era un cordón de barro blando de unos diez metros antes de llegar al agua, cosa que obligaba a enterrarse bastante para ir a buscar la pieza en caso de no poder arrastrarla hasta tierra firme.

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La otra contra de la jornada fue la intensidad del viento, que cambió nuestra estrategia de pesca. La idea era tentar las lisas con líneas de flote, pero con 50 km de ráfagas eso era un imposible. Optamos entonces por líneas aéreas, pero en vez de anclarlas con plomada al fondo, le colocamos al final de la línea una boya Mandale. Entre la boya esférica y la mentada volcadora, penden de esmerillones entre nudos corredizos seis brazoladas cortas de unos 15 cm, hechas con nailon del 50 y anzuelos Gamakatsu Nº 20 que encarnamos con un pedacito de panza de lisa coloreada y lombriz. Para seguir con detalles de equipos, diremos que usamos cañas de tramos enchufables, de 4 metros, con cierto poder para lanzar una línea bien adentro con plomada de 100 gramos, algo necesario en condiciones de tan fuerte viento que, de otro modo, arrastraría la línea. En los reeles medianos usamos multifilamento del 0,22.

Mi primer tiro me dio una lisa a los 10 minutos, hecho que además de  las primeras fotos me insufló la esperanza de una pesca fácil que no fue tal. Porque luego los piques se espaciaron, las lisas se alejaron aguas abajo y mi opción por retirar el Mandale y poner plomada fija –para que el aparejo trabaje tipo paternóster–, no fue solución para lisas pero sí me dio otras especies: empezaron a picarme allí pejerreyes y dientudos que tomaban los cebos para lisa con gran agrado. Pero ellos no eran nuestro objetivo. 


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A sugerencia de Anderson, decidimos movernos persiguiendo a las lisas que evidenciaban su presencia por saltos. Caminamos unos 300 metros hacia La Postrera y en el primer tiro Anderson clavó un lisón de tres kilos, verdadero zeppelin que lo obligó a trabajar un largo rato para cansarla hasta que llegó el momento clave del varado de la pieza y su arrastre por ese cordón de barro que nos impedía llegar a la orilla. Este momento crítico donde la pieza tiene punto de apoyo y hace sus últimos embates es el de los cortes, por eso es menester que en las líneas haya que cuidar cada nudo y usar el grosor adecuado de brazolada para que, en este esfuerzo final, no se produzcan cortes y pérdida de piezas.

A pesar del viento

Mientras esperábamos nuevas emociones, una pequeña caña en dos tramos con masa me dio algunas carpitas menores y bagres que se tentaron con masa, mostrando entonces toda la variada de un Salado inmensamente rico en especies para que cada pescador pueda divertirse como guste.
El viento nunca aflojó, por lo cual los piques de las lisas eran espaciados dado que nunca se largó a comer, como dicen los pescadores locales. No obstante, conformaban ampliamente los tamaños, que en varios casos pasaron los tres kilos, siendo usuales las de dos. El récord del día, una lisa larguísima de 3,600 kg, que recayó en mis manos gracias a la generosa actitud del guía de cederme el pique.

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Y párrafo aparte para el alto gastronómico del mediodía: en la misma lata que usó para sentarse, Anderson armó un fueguito, le puso encima un disquito de arado y tras pasarle un poco de grasa vacuna hizo unos churrasquitos vuelta y vuelta que comimos al pie de las cañas, entre panes, sin perder un segundo de pesca. Un crack. 
Así cerramos una jornada con media docena de ejemplares de una especie que nos reescribe el manual de la pesca en cada salida. Caprichosas pero encantadoras, las lisas nos hacen trabajar, pero nos compensan con una felicidad impagable que jamás se olvida cuando se deciden a hacer sonar las chicharras de nuestros reeles. Y lo mejor de todo, esto recién empie

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Etiquetas: Río Salado Lezama Lisas Pesca Carnada Caña Reel Plomos
Wilmar Merino

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