Desafiamos a los goliath groupers del Golfo de México

Capturamos los grandes titanes del Golfo, partiendo desde Naples, en la península de la Florida, Estados Unidos. Técnicas y equipos para tener éxito con esta poderosa especie.

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Se pesca cuando se puede. No cuando se quiere. Salvo unos pocos privilegiados, el resto de los mortales lo hacemos cada tanto y cuando podemos. Unos más, otros menos, pero es así. Y cuando no logramos salir de pesca realmente, lo hacemos virtualmente a través de fotos y relatos de amigos, videos en la web, artículos de alguna revista o simplemente con los recuerdos de pescas pasadas y sueños de futuras aventuras. Al respecto, no hace tanto, un día de frío, en medio de la cotidiana vorágine, un video de pesca en la web de Weekend del vigoroso linebacker de la NFL Sam Barrington pescando goliath groupers, Epinephelus itajara, cerca de Florida, Estados Unidos, me sacó de la rutina y me hizo pescar en forma remota por un rato.

Me impresionó cómo un atleta de élite y en plenitud era sometido por el tremendo pez en lucha, al punto de que el capitán de la lancha, conociendo bien la potencia de estos colosos, lo asegura a Sam del arnés con una soga para que una embestida el pez no se lo lleve al agua con caña y todo. Esas imágenes que me llevaron a mejores aguas por un momento, quedaron en mi memoria en el atiborrado sector de pendientes.

Las oportunidades son trenes que pasan y uno decide si subirse o no. En una escala de un viaje familiar, bordeando el Golfo de México y con parada en la cuidada y prolija ciudad de Naples, resolvimos subirnos a ese tren e intentar concretar el anhelo postergado. Dispuestos a convertirnos en audaces Davides para ir a desafiar a esos grandes Goliaths, no en un video, sino en la vida real.

Mi amigo Nico Muszkat con Santi y Fran, sus hijos, y yo con Joaco, el mío, seríamos de la partida. El Capitán Dicky, de Captain Joey D Charters, nos esperaba con todo listo para zarpar en la impecable marina del Naples Bay Resort, frente al Bonefish Grill. Los diferentes tonos esmeralda de las aguas mansas de la bahía de Naples, el olor cálido del aire marino y la serenidad del vuelo de un puñado de pelícanos, nos acompañaron hasta que la bahía se hizo golfo abierto, casi mar, y ahí Dicky dio rienda suelta al acelerador de los dos motores fuera de borda de 300 HP y la velocidad rumbo al oeste se hizo emoción a bordo.

El plan era, primero, hacer una pesca variada para que los chicos tomaran contacto con la riqueza del golfo, que es bastante distinta a los mares circundantes, con un ecosistema propio, diferente tonalidad, salinidad, temperatura y hasta PH que el Atlántico y el Caribe, y muchísima vida, considerado uno de los de mayor diversidad biológica del planeta.

Comenzamos con equipos de spinning compuestos por varas de 8 pies (1 pie = 30,48 cm) y 10 a 20 libras (1 lb = 453,592 gramos), y reeles frontales medianos cargados con multifilamento de 0,22, con aparejos de un solo anzuelo y plomos de 30 gramos. Encarnando con camarón y pequeños filetes de pescado, fuimos dando con un pique continuo y abundante de las distintas variedades de pargos. El biajaiba o lane snapper, Lutjanus synagris, fue tal vez el más abundante en el primer punto de pesca. Es característico por su forma agresiva de abordar el cebo y por su lunar en el tercio posterior del cuerpo, cerca de la aleta dorsal; el red snapper o pargo colorado, Lutjanus campechanus, es otro de los que logramos capturar y debe su color rojizo a una alimentación preferente de crustáceos y camarones, el pargo ojón o mahogany, Lutjanus mahogany, también es un gran comedor de crustáceos y se diferencia de los otros pargos por el gran tamaño de sus ojos, el amarillo o dog snapper, Lutjanus jocu, es característico por sus dientes similares a los de un perro.

Entre barracudas y goliaths

En el mismo lugar, que tenía una profundidad de unos 45 pies, capturamos además algunos sargos como el amarillo, Archosargus romboidalis; unos coloridos coral snapper, Diplectrum formosum; peces muy llamativos por las listas celestes en sus flancos. También tuvimos ataques de barracudas, Sphyraena barracuda, que lograron cortar nuestras líneas con sus dientes y, cuando agregamos líderes de acero, siguieron todas las carnadas y engaños hasta al lado del casco pero no atacaron más.  Tal vez el más deportivo de los peces capturados fue el sierra o spanish mackerel, Scomberomorus maculatus; veloces, dinámicos y vigorosos. Devolvimos todas las capturas al mar pero reservamos un par de estos últimos, ya que son un buen bocado para los goliath groupers.

Completada la primera etapa, que fue muy divertida en cantidad y variedad, máxime que la realizaron los chicos con equipos livianos, navegamos unas cinco millas hacia el norte, hasta un punto que Dicky identificó en su GPS. Por el ecosonda se percibía mucha irregularidad en el lecho marino, con bruscos cambios de hondura de entre 30 y 50 pies, donde fondeamos cuidadosamente. Ahí empezó otra historia. Varas de 5,6 pies de 50 a 130 libras con grandes reeles rotativos para agua salada con capacidad para 250 m de monofilamento de 200 libras. Con un plomo pasante de 150 g y rematado en un anzuelo circular 10/0 donde le encarnamos medio spanish mackerel. Los últimos 10 cm –a modo de líder– el monofilamento va doble, anudado y apretado, con un manguito metálico para refuerzo.

Lucha contra un coloso

El goliath grouper es un depredador bastante lento, prefiere comidas fáciles, especies de movimiento cansino y peces en problemas, heridos y factibles de atrapar sin tanto esfuerzo. Esta conducta hace que los encarnes naturales funcionen bien si son ubicados en un área dónde hay presencia de estos peces. La dimensión del equipo y de la carnada habla de lo que viene después de bajar el aparejo hasta el fondo. Técnicamente, esta pesca no tiene secretos, si los goliath groupers están, tarde o temprano atacarán con decisión. La clavada no es difícil, sólo hay que trabar bien el reel y sujetar firmemente, el anzuelo circular se clavará –sin necesidad de ejecutar un cañazo– en los gruesos labios de la boca y empezará un pandemónium de fuerza y brutalidad.

Imprescindible contar con un cinturón/arnés de combate donde afirmar la caña. Cuando Dicky anticipó que tiraban como un “autobús escolar” se quedó corto. Es increíble ver la vara de 130 libras doblada hasta el mango y el reel cerrado entregando nailon como si nada. Un combate extremo que, por momentos, lleva al pescador a asomarse por la borda y requiere que los compañeros lo aferren y le ayuden a sostener la caña. Una lucha muy desigual cuando el pez pasa de las 200 libras.

Por el retroceso en las poblaciones desde 1990, la captura y posesión han sido prohibidas, por eso es ilegal sacarlos del agua. En consecuencia, la mayoría de las fotos son del pez junto a la embarcación, o vertical con el tercio superior de su cuerpo sobre el agua.

En nuestro caso tuvimos tres piques, el mejor de los logrados después de una larga y agotadora cinchada rondó las 220 libras –unos 100 kilos–. Es importante que no ganen el fondo y sus recovecos, donde indefectiblemente suelen rozar el monofilamento y cortar. Así pasó con uno que pareció bastante más poderoso y no hubo forma de frenarlo. Un autobús escolar lleno, en una autopista y en bajada. Infrenable. Queda el recuerdo de la máxima exigencia de fuerza en una situación de pesca vivida, con esta especie a la cual puedo satisfactoriamente quitarle el mote de pendiente.

 

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Nota completa en Revista Weekend del mes agosto 2018 (edicion 551)

 

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