Miércoles 6 de julio de 2022
#WEEKEND | 21-05-2022 15:00

Relatos a cielo abierto: El valor

Rodolfo Perri es el autor de este texto que trae al presente la memoria de juventudes vividas en otras latitudes, inmersas en las vicisitudes de la guerra, entre la Primera y la Segunda.
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Hay ambientes que llevan al recuerdo, al relato. Quizás no exista uno que tenga mayor influencia sobre esas actividades espirituales del hombre que el fogón de un campamento. Constantemente debe ser alimentado, porque la leña de la cordillera suele consumirse rápido; esos fuegos, en definitiva, sirven para que uno tenga una reposada digestión de, vaya a saber, qué inventos culinarios. Al calor de esos mismos fuegos he escuchado muchas historias de boca de sus protagonistas; hechos que difícilmente hubiera conocido de no mediar ese lugar proclive a la evocación y a la imperiosa necesidad de compartir la revisión de esos momentos imborrables. Algunos se refieren a sucesos trágicos, negativos o simplemente dolorosos en el recuerdo; otros, en cambio, resultan festivos y sirven para alimentar risas, ese otro fuego que ilumina también la charla bajo la noche.
A Juan le debo muchos de estos relatos. Una vida iniciada y desarrollada en el norte de Italia, en el período  de “entreguerras”, y de la segunda gran contienda, en la que, ya adolescente, y más allá del asombro, el miedo puro y simple ante la destrucción cotidiana, fría y sin sentido, supo sobreponerse y seguir con el estudio y el trabajo, con la complacencia familiar, y gozando, al mismo tiempo, de una vida joven, sana y fuerte. 

Los días pasaban entre bombardeos y cacerías furtivas. A veces, los adolescentes civiles jugaban al fútbol con los adolescentes del ejército alemán de ocupación; la misma edad, pero cuando un uniforme transformaba a ambos en enemigos mortales. Juan estudiaba: noche a noche (siempre que no hubiera un bombardeo), el tren, sigiloso y a oscuras, cubría la distancia que hay entre Como y Milán, permitiéndole asistir al curso de técnico textil. Había otras interferencias…
Cierta noche, mientras el grupo de jóvenes esperaba en el andén, pasó la hora de llegada y el tren no llegó. De pronto, de varios camiones, bajaron los tipos uniformados de la SS. Los rodearon, se los llevaron y los depositaron en el patio de un cuartel. Pronto se enteraron del motivo: los partisanos habían atacado el tren, y en él  viajaban varios oficiales alemanes. La guerra se había endurecido, y los atentados se pagaban al contado, con rehenes que los nazis reclutaban entre la población. Esa era la realidad. Por cada soldado alemán muerto, fusilaban a varios civiles elegidos al azar; los prisioneros eran en su mayoría estudiantes, y Juan estaba entre ellos.

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“Nos dijeron que debíamos esperar a que se registrara el número de víctimas”, contaba Juan. “Ni siquiera hablábamos entre nosotros; unos rezaban, otros, sentados, temblaban entre sollozos, hasta que me di cuenta que lo peor era entregarse, quedarse quieto a la espera del pelotón, del conteo, de la muerte. Me puse a calcular los pasos del centinela que recorría el muro. Conocía de memoria lo que había del otro lado: un sendero paralelo a las vías, flanqueado por matorrales de zarza espinosa. Los minutos se me transformaban en horas. El centinela hacía treinta pasos hasta le esquina, donde giraba sobre sus pies  y regresaba. Una y otra vez los conté y medí la altura. Era cuestión de dejar pasar al soldado unos pocos metros, izarme a brazo firme, rodar por el muro y dejarme caer. Del resto se encargaría mi memoria, porque debía andar una buena distancia, por entre la maleza, que conocía bien, pues solía recorrerla cuando cazaba conejos”.

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La voz de Juan sonaba serena entre el crepitar de los leños y el burbujeo del manantial junto al campamento. Era una noche para adorar la paz y el silencio.
“Uno de los muchachos no aguantó y comenzó a gemir; el guardia, que no tendría más de 20 años, siguió la marcha pero lo miró fijamente. ‘Ahora, o nunca más’, pensé, y sentí crecer una fuerza increíble en mis brazos. Me colgué con las dos manos y encajé la puntera del botín en una grieta, que había vislumbrado antes del salto. Nadie habló, ni se movió, y, salvo el lejano silbato de una locomotora, no se escuchó ni un sonido. Acostado sobre el borde del cerco, vi alejarse al centinela; rodé y me largué del otro lado, de pie. Caí en cuclillas y, casi al unísono, otra voz, otro centinela, y el implacable “Achtung”, junto con el ruido del cerrojo de la pistola ametralladora. En tres saltos estuve ya lejos de la valla y me zambullí entre las espinas, mientras sobre mí pasaba la primera ráfaga de balas. Silbatos, gritos, y una nueva descarga. Pero ya había atravesado las vías y, del otro lado, estaba el bosque. 
" Eso fue todo. De madrugada llegué al fondo de mi casa  y me quedé dormido, sin desvestirme, luego de casi una hora de carrera en la penumbra. Ni siquiera nos habían identificado. Más tarde me enteré de que, al no registrarse más que algunos heridos en el ataque al tren, el jefe del cuartel había dispuesto la libertad de los rehenes. Tuve suerte, pero es el día de hoy que sigo pensando en esa fuerza sobrehumana, en esa rabia que me dominó y me impulsó a romper las barreras que cortaban mi libertad”.

Encontrá acá el audio de Radio Perfil de este relato.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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