Viernes 30 de septiembre de 2022
TURISMO | 23-04-2022 19:00

Relatos a cielo abierto: Hotel del Camionero

Rodolfo Agustín Perri cuenta su experiencia años ha (muchos años) cuando andaban rodando por Latinoamérica en un auto militar reformado de manera casera. La anécdota es increíble.
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Fue en los albores del turismo aventura, al menos, en nuestro medio. A mi amigo Moncada, correntino, vecino de Ituzaingó, se le ocurrió comprar parte del rezago de un regimiento de infantería. Produjo así un equipo todo terreno con muy escasa inversión. Camionetas y jeeps eran el cuerpo principal; y con él, transitamos por senderos que más parecían imaginados que reales. 
Una de las más intensas experiencias abarcó Bolivia, sur de Perú, Chile y la ex Gobernación de Los Andes. Fueron varios miles de kilómetros,  en un poco más de 20 días. Lo que sigue es una mezcla de realidad y espejismo, fruto de la altura, la distancia y los errores propios de la memoria.
Habíamos pernoctado en un regimiento boliviano, luego de una agotadora marcha desde La Paz, rumbo Oeste, clavado. Varios días de descanso a orillas del lago Titicaca nos habían mal acostumbrado a una molicie nada prometedora, máxime si se tiene en cuenta que todas esas excursiones buscaban, adrede, las rutas y rumbos menos conocidos. En este caso, las averiguaciones nos llevaban a elegir la ruta principal para alcanzar el límite con Chile y así llegar a Arica sin tropiezos. 
La marcha fue, desde un primer momento, muy lenta. En los escasos mapas, pretendidamente ruteros, el trazado, pomposamente denominado Ruta Nacional, no dejaba lugar a dudas. Pero la realidad, como ocurre siempre, era bastante distinta. A poco de apartarnos de los poblados y encarar el cruce del cordón andino, la demarcación vial prácticamente dejó de existir. Cada tanto, y para demostrar que aún estábamos en ruta, aparecía un cartel indicador de curva o cruce. Y, paulatinamente,  fuimos internándonos en la nada. 
Por momentos deteníamos la marcha para verificar un atisbo de banquina, alguna alcantarilla, en fin, algo que nos asegurara que estábamos sobre el camino. Ya de noche, hicimos un alto para deliberar. En eso estábamos, cuando nos sorprendimos con dos lucecitas escuálidas que avanzaban en sentido contrario. Una camioneta de modelo y marca indefinible, cuyo conductor, al encontrarse con la columna de vehículos paramilitares, quedó absorto, intentando dilucidar la situación ya que, por supuesto, no estábamos uniformados. Cuando aclaramos nuestro origen y absolutamente pacífica condición, ya más sereno nos informó que se dedicaba al tráfico local de mercaderías entre los pueblos de esa zona, con lo cual atravesaba constantemente el límite de ambos países y podía considerarse un guía verdaderamente experto.  Nos aseguró que a pocos kilómetros de allí comenzaba a civilizarse algo la ruta y que 100 km más allá hallaríamos el pavimento. Lo invitamos con vino de Cafayate y multiplicó sus frases de agradecimiento. Después retornó a su desvencijado pero infalible camioncito y desapareció en la penumbra, es decir, volvió a la nada, de la cual había brotado como un capricho de la noche y la montaña.

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Por nuestra parte reanudamos la marcha; pero fue por poco tiempo. Moncada decidió, creo que acertadamente, que lo mejor era acampar y esperar la luz del día para orientarnos mejor. Habíamos cometido ya varios despistes y así, en la intención de no tener encuentros intempestivos en medio del descanso, hicimos una suerte de desvío, extendimos nuestras colchonetas y algunos se arrebujaron en sus ponchos. Yo preferí poner mis manos bajo la nuca y mirar las estrellas en una negrura quieta y notablemente límpida. Sorteamos los turnos de guardia y cada uno trató de descansar lo mejor posible. Por fin, el sueño nos venció.
Me despertaron con unos amargos bien correntinos, ya con el sol sobre el horizonte. Y al punto descubrí que ocupábamos un sector de paisaje casi lunar, ni siquiera imaginado. Había rocas enormes, dignas de cíclopes y titanes, por cuyo volumen y peso obligaban a la ruta a notables vericuetos en busca de terreno llano. De esa forma, el trazado era simplemente una intención. La realidad correspondía a una huella tan precaria, que muchas veces, y aún de día, llevaba a los conductores a salirse involuntariamente del trazado.

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Un hecho nos llamó la atención y provocó no pocos comentarios risueños. Al disponer el descanso, creímos que nos habíamos apartado lo suficiente de la ruta propiamente dicha. Con la luz del día, advertimos que todo el campamento había sido asentado ¡¡en el mismo centro del camino!! Sendas ligeras depresiones a ambos costados intentaban, de trecho en trecho, determinar el final, o comienzo, de la malhadada ruta. Ante esa truculenta realidad me afirmé en sostener que el encuentro con el camionero solitario no había sido un sortilegio más de la noche y la montaña. 
De todas maneras, dentro de las previsiones de nuestro informante, el camino se racionalizó a poco más de una hora del lugar de descanso. Sin llegar a configurar un verdadero pavimento, surgieron más señales y, por último, una estación de servicio en medio de la soledad. Arbustos y algunos pajonales se sucedieron con el agregado insólito de una bandada de guaipos, perdices grandes de la cordillera, que nos acompañó un trayecto al trote.
Ya muy cerca de Arica nos detuvimos a almorzar y todos convinimos que habíamos sido los primeros en transformar una ruta internacional en un cómodo albergue, sin ningún contratiempo ni interrupción a nuestro descanso. Nos apresuramos a ubicar con la brújula  el lugar exacto de nuestro dormitorio que quedó registrado, también en el mapa y en nuestra memoria, como el Hotel del Camionero
Ya no existe; han transcurrido 15 años y alguien que escuchó el relato se apresuró a informarme que, hace ya tiempo, el pavimento real y señalizado permite que los coches pasen por allí a más de 100 por hora. 
Por mi parte, prefiero la ocupación reparadora de nuestro hospedaje rutero.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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