Sábado 15 de mayo de 2021
TURISMO | 27-12-2020 19:00

Puerto Deseado: el arca mágica de la Patagonia

En la provincia de Santa Cruz, navegaciones por una ría llena de vida, y a la Isla Pingüino para conocer la variedad penacho amarillo en un paisaje estepario que fascinó a Darwin en su legendario viaje.
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Partimos en auto desde la ciudad chubutense de Comodoro Rivadavia hacia la provincia de Santa Cruz por la RN 3. En una encrucijada, nos abrimos a la izquierda en la RP 281: frente al parabrisas nada interrumpe la mirada del oriente al poniente. La arena invade los bordes de la lengua de asfalto y vuela formando remolinos fugaces, flacos y altos. Las ráfagas me obligan a sutiles volantazos para equilibrar el rumbo y en 130 kilómetros de asfalto no veo un solo árbol: la llanura es un sarpullido de pastos ocres en el pedregal donde corretea una pareja de gráciles guanacos que se desdibuja a los saltitos.

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Nos rodea el desierto estepario y nada sugiere que vayamos hacia uno de los santuarios de fauna marina más biodiversos del país, donde la vida se multiplica –festiva y colorida– muy a la vista por la ausencia de vegetación.  Antes de llegar nos detenemos en la estación de tren abandonada del pueblo de Jaramillo: aquí, en 1919, fue traicionado y fusilado Facón Grande por el teniente coronel Varela, durante los episodios de la Patagonia Rebelde.
A las cuatro horas de viaje aparece tras una curva el brillo turquesa de la ría Deseado, nuestro ansiado oasis. En minutos entramos a Puerto Deseado, una típica ciudad de 15.000 habitantes con calma de pueblo y casas bajas. A metros del centro hay cañadones y acantilados del Jurásico, cuando las erupciones volcánicas cincelaron el árido paisaje sepultando un paraíso de bosques donde habitaban dinosaurios.

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En nuestra primera mañana, el día comienza diáfano y el monstruo de los vientos patagónicos descansa: aprovechamos para hacer la navegación a Isla Pingüino, la imperdible. Partimos conducidos por el capitán Ricardo Pérez en un gomón semirrígido con motor de 300 caballos. Nos internamos 25 kilómetros en el mar hasta el parque marino Isla Pingüino para ver la única colonia continental de esta colorida ave de la variedad penacho amarillo.

Fauna, fauna y más fauna

Navegamos una hora y, antes de llegar a Isla Pingüino, rodeamos un promontorio rocoso que emerge del mar con una colonia de 2.000 lobos marinos agrupados en harenes de machos celosos. Desembarcamos, no sin cierta dificultad con el mar inquieto –por eso se va en días calmos– para comenzar a caminar por una punta rocosa que entra a las aguas. Desembocamos en una colonia de 20.000 pingüinos magallánicos blanquinegros con sumo cuidado de no pisar los huevos. Y avanzamos hacia un faro abandonado de 1903. Pero la historia de esta isla es mucho más antigua: en 1578 el pirata Francis Drake recaló aquí para aprovisionarse de huevos, grasa y carne de pingüino. A mediados del siglo XIX, barcos balleneros de Europa y los Estados Unidos llenaban barriles con huevos y salaban carne pingüina. En tres años fueron muertos a palazos 500.000 ejemplares. Más tarde, la isla fue sede de la Real Compañía Marítima de Pesca y los españoles hicieron su aporte a la depredación. Y ahora es parque natural.

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Atravesamos los 600 metros de diámetro que mide esta isla rocosa dividida en barrios separados por especie. En 20 minutos alcanzamos la colonia de los enanitos de penacho amarillo, que deben su nombre a las plumas sobre los ojos rojos, a modo de ceja. Tienen un poderoso pico rojo-naranja, su única arma contra ataques de otras aves. Su porte es más bien pequeño: miden 40 centímetros y pesan dos kilos. Andan a los saltitos entre roca y roca. Esta especie no habita en la costa patagónica, sino las áreas subantárticas e Islas Malvinas: esta pequeña colonia es una asombrosa excepción que en verano alcanza los 1.200 ejemplares (llegan en diciembre y parten en otoño).

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Kamikazes al ataque

La posibilidad de ver a este pingüino con look rockero justificaría el viaje. Pero hay cantidad de otras aves: gaviotas cocineras y grises, ostreros, patos vapor y una gran colonia de skúas que se arrojan en picada sobre los visitantes. Ricardo Pérez sabe en qué zona atacan y cruzarla es parte del juego: veo venir a una planeando como kamikaze directo a mi cabeza y me doy cuenta de que Ricardo no exageraba (a más de uno le han tirado la gorra o tocado el pelo). El instinto me ordena correr pero me doy cuenta de que no hay forma de escapar. Y obedezco la indicación previa de mi guía: levanto el brazo con el puño cerrado y eso demarca un límite de medio metro. La skúa pasa justo por encima (lejos de mis ojos). Al fin y al cabo, el ave grazna pero no picotea.  
Seguimos avanzando por el inhóspito paisaje con aires de finis terrae hasta un apostadero de monstruosos elefantes marinos y otro de lobos marinos de un pelo. Estos últimos son machos viejos desalojados de sus harenes por jóvenes briosos en la isla que visitamos al principio. Los más impresionantes son los ruidosos elefantes marinos: llegan a pesar 4.000 kilos y cazan hasta los 800 metros de profundidad. Volvemos al gomón y bordeamos una islita rocosa totalmente cubierta de cormoranes. Durante la navegación vienen a hacernos fiesta cinco plateados delfines australes.

Por la ría

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La excursión que nadie se va sin hacer –más corta, más económica y no tan sujeta al clima– es también en gomón, remontando la ría Deseado, esa inmersión del mar en el lecho de un río sujeto a las mareas. Arrancamos junto al puerto con el capitán Pérez por una ría que fue navegada por Hernando de Magallanes en la primera vuelta al mundo de 1520. Avanzamos entre altos acantilados mientras van apareciendo islotes con pequeñas pingüineras y otras multitudinarias como en la isla Chaffers, donde viven 40.000  pingüinos con gaviotas cocineras, gaviotas grises y ostreros negros.
Nos acercamos a la isla Elena para detenernos junto a la Barranca de los Cormoranes, un acantilado donde anidan más de cien parejas. Este paredón rocoso lo comparten con los cormoranes de cuello negro. La especie más interactiva con nosotros es la blanquinegra tonina overa, que pasa en grupos de cuatro como flechas bajo la lancha. Por momentos nos juegan carreras y se colocan justo delante de la proa, dando saltitos para tomar aire a 50 km/h. En la Isla de los Pájaros desembarcamos para observar el espectáculo familiero de los pingüinos de Magallanes y caminar entre esas avecitas vestidas de frac.

Los miradores Darwin

La tercera excursión en importancia se hace por tierra y guiada a los Miradores Darwin, ría arriba. Partimos a media tarde en una camioneta hasta los terrenos de una estancia. Atravesamos la tranquera hasta al borde de unos altos acantilados, a cuyos pies caracolea la ría. Dentro del curso de agua se levanta una roca triangular de 20 m de alto, la misma que nuestro guía nos muestra en la reproducción de los dibujos que hizo Martens, el equivalente al fotógrafo en el viaje de Darwin.   

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Descendemos hasta la orilla junto al hilo de agua para dejar las huellas en la misma arena húmeda que pisó Darwin, un rincón enigmático entre filosos riscos alejado de todo, encerrando como ningún otro la mística de la Patagonia esteparia con sus historias omnipresentes en el aparente vacío. Aquí hemos visto solo guanacos, pero caigo en la cuenta de que en dos días completos hice las excursiones principales –habiendo tenido suerte con el clima– y vi una cantidad increíble de fauna. Le propongo al guía hacer una estimación vaga de cuántos ejemplares de aves y mamíferos habré visto.
Calcula unos 50.000 y a mí se me hace corta la cifra. No en vano, cuando Charles Darwin remontó esta ría, anotó que le llamaron la atención tres aves no voladoras como el pato vapor, el pingüino y el ñandú: de este último notó que su forma iba variando sutilmente en distintos lugares del continente. Estas observaciones lo fascinaron más que el paisaje mismo y comenzó a perfilar así, una de las leyes de la naturaleza que cambiaría la historia de la ciencia y la humanidad, poniendo incluso en jaque a la teología.

Mapa de la zona

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Cómo llegar: el aeropuerto más cercano está en Com. Rivadavia, a 293 km por rutas 3 y 281.
Excursiones: se visitan el faro de Cabo Blanco, el monumento natural Bosques Petrificados y la Cueva de las Manos. El mínimo tiempo recomendado es tres días completos. Todas las propuestas de Darwin Expediciones están disponibles en la web: http://darwin-expeditions.com
Dir. Mun. de Turismo: Tel.: (0297) 4870220, www.turismo.deseado.gov.ar

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Julián Varsavsky

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