Miércoles 12 de mayo de 2021
NATURALEZA | 22-04-2021 07:10

En el Día de la Tierra

Andrés Bosso, Coordinador Programa NEA - Bosque Atlántico y Gran Chaco de Aves Argentinas, propone profundizar la tarea que se realiza para devolverle al suelo la vida que fue perdiendo con el avance humano.
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Mi tierra te están cambiando / O te han disfrasa'o que es pior / Amalaya que se ruempa / Pa' siempre mi corazón… Con esta copla, Atahualpa Yupanqui hace unos 50 años nos lo venía advirtiendo: una transformación exponencial de ambientes, tan galopante como los alazanes de don Ata, está degradando la biodiversidad del planeta y con ello vamos perdiendo especies, suelo, paisajes terrestres y acuáticos, identidades y culturas. Y deteriorándonos día a día.

Si bien nuestra especie tiene la magia creativa y racional, y una curiosidad descomunal que nos identifica y no deja de sorprendernos, no han sido atributos suficientes para evitar que, cada vez que se analizan los números de pérdidas de ambiente y biodiversidad, es decir el sustento de nuestra casa común, los guarismos sean siempre en crecimiento negativo. Barranca abajo.

Pero cómo mejorar si con las estadísticas ambientales que tenemos parece que siempre estamos recomenzando. Las estrategias para abordar la problemática, se van renovando en promedio cada cinco años. Hablamos de protección, conservación, desarrollo sostenible, producción de naturaleza, economía regenerativa, soluciones basadas en la naturaleza, etc. Sin duda cada una con aristas novedosas, pero esa complejidad no nos tiene que asustar. Como ocurre en muchas disciplinas, estamos poniendo vino viejo en botellas nuevas. Y en este caso, la palabra viejo, movilizante, crujiente y armoniosa, es clave.

Valoremos las prácticas conservacionistas y ambientalistas tradicionales, y potenciémoslas con aquellos condimentos que les sumen. Tenemos que incrementar la superficie protegida de nuestro país en todos los niveles, exigir mayores resguardos ambientales en las actividades industriales, y respetar y hacer respetar con rigor la copiosa normativa sobre los temas que nos ocupan.

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Y, ya como especie global, repensar y actuar sobre la demografía del planeta y nuestra alimentación. Dos de las principales causas de los problemas ambientales cuyo abordaje es vital y comienza a aparecer en la esfera ambientalista. Hay actividades que debemos, como especie, abandonar. No es cuestión de dosificar, lisa y llanamente debemos dejar de hacerlas.

Nuestro país tiene una copiosa base de información: libros rojos y planes de acción para especies amenazadas, diagnósticos del estado de conservación de diferentes ecorregiones e inventarios de sitios claves para la biodiversidad. Y además tenemos estrategias: ordenamientos territoriales de bosques nativos, planes de gestión de las áreas protegidas o rumbos para atender otros problemas claves como la desertificación o las especies exóticas invasoras. Es decir, tenemos datos y estamos debatiendo y acordando qué hacer para intentar ser mejores en este siglo XXI del que ya en muchos temas desperdiciamos dos décadas.Y la Tierra nos lo está haciendo pagar.

Y porque la Tierra ya nos lo está haciendo pagar, necesitamos comenzar a saldar nuestras deudas. La restauración se presenta también como una buena moneda de pago. Uno de los investigadores más destacados del siglo XX, Edward Wilson, en el año 1992 se adelantó como visionario, diciendo: “En mi opinión, el siglo por venir será la era de la restauración en ecología”. Y sobre esto también la Argentina tiene un plan, cuya implementación es imprescindible y ayudaría notablemente a nuestro país. Y una cantidad extraordinaria de voluntarios y voluntarias activos y deseosos de poner manos a la obra.

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En efecto, en el año 2019, la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable lanzó su Plan Nacional de Restauración donde, entre otras cosas, nos muestra áreas prioritarias para invertir esfuerzos.

En este sentido, es una buena hoja de ruta que la sociedad organizada puede seguir y, a través de voluntarios con guía de personas experimentadas, intentar marcar diferencia en el terreno. Hay numerosos ejemplos en marcha que hace años que están dando buenos resultados. En las sierras de Córdoba, en la selva misionera o en los barrios de la Ciudad de Buenos Aires. A plantar y devolver lo que como especie no nos correspondía tomar. Y, para los más “vagos”, a clausurar sitios que la naturaleza también se puede encargar de ahorrarnos trabajo y de que algunas cosas puedan volver a acomodarse en el mediano plazo.

Desde cientos de entidades de nuestro país, públicas y privadas, se están levantando estas banderas. La realidad nos indica que tenemos que levantarlas aún más alto. Porque no alcanza.

Programa de restauración en Misiones

En sintonía con ello, y por solo nombrar un ejemplo, Aves Argentinas a través del Proyecto Bosque Atlántico editó la “Guía para restaurar a pequeña escala la selva misionera,  una contribución a los Objetivos de la Década de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021 – 2030”.

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Y para ponerla en práctica desarrolla un activo programa de restauración en Misiones, con dos buenos ejemplos que ya podemos compartir. El primero en la Reserva Privada Curindy, que incluye el acompañamiento a un área protegida y la recuperación de ecosistemas degradados. Y el segundo, en la flamante Reserva El Puente Verde, de Aves Argentinas, un enclave mágico en el corredor de la Península de Andresito donde estamos generando un modelo de yerba amiga de la aves, agregando un valor diferencial al cultivo orgánico que incorpora el buen tratamiento del suelo, la omisión absoluta de agroquímicos y la protección de su entorno para conservar el ambiente y generar un escenario potente que promueva la educación ambiental, el ecoturismo y la investigación de la biodiversidad.

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