Viernes 19 de agosto de 2022
BIKE | 07-08-2022 10:00

Bike: Tehuelche Trail fuera de ruta

Dos tramos de off road en la cordillera santacruceña para descubrir paisajes que muy pocas veces fueron visitados. El factor viento, la sabiduría de los puesteros, el frío y la soledad como condimentos de una travesía increíble.
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Hace varios años nos propusimos generar una ruta de bikepacking en la provincia de Santa Cruz que transite lo más cercano posible a la línea cordillerana, uniendo en algunos tramos antiguos puestos de estancias y, en otros, diferentes valles y quebradas por donde tenga alguna lógica andar con una bicicleta, buscando el equilibrio entre bici, trekking y exploración. En la primera etapa logramos unir el lago Viedma con el San Martín por el río Barrancas, y en esta segunda trazamos dos pasadas fuera de ruta para poder unir el Viedma con el lago Argentino. 
Tomamos la Ruta 22 que va costeando el lago Viedma en un día de sol y calma, lo que nos permitió avanzar hacia el Oeste durante 60 km con una tranquilidad que se agradece enormemente en estas latitudes, el viento –por lo menos– nos daba tregua. Llegamos hasta la estancia Santa Teresita, nos internamos por un camino secundario y acampamos junto al río Cóndor. La rutina entonces se vuelve una especie de lenguaje universal para todo el que anda aventurándose en la naturaleza: buscar el mejor lugar para la carpa, calentar agua, acomodar el equipo, decidir qué comer, contemplar el atardecer entre charlas o silencios y, finalmente, irse a dormir. Al día siguiente tocó continuar por el mismo camino que bordea el río Cóndor y conecta la estancia con el puesto La Comisaría, desde donde comenzamos con la primera pasada fuera de ruta.

La Comisaría - Río Guanaco

Cruzamos un puente angosto que se utiliza para el ganado, alivianamos el peso de las bicis cargádolo en las mochilas grandes que llevábamos para ese fin y empezamos a subir. Las líneas que uno traza en el mapa mientras analiza la geografía del terreno satelitalmente desde una computadora y con un matecito caliente entre las manos, no siempre son las mejores. Así que toca negociar entre la línea que nos indica el GPS, la lógica del terreno que tenemos frente a nosotros y las distintas opiniones de cada integrante del grupo. En algunas ocasiones la negociación es rápida y efectiva, en otras, sin embargo, se debate, se camina el terreno, se sacan conclusiones y, finalmente, después de un tiempo se toma una decisión. Esta vez, por suerte o porque las horas de luz que teníamos por delante no eran muchas, la negociación fue rápida. 

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Cargamos con las bicis hasta la parte alta de un cerro al tiempo que nos abríamos paso entre neneos y coirones. La pendiente era bastante pronunciada por lo que la subida se hizo algo lenta y con varias paradas para recuperar el aire. Una vez que estuvimos arriba y logramos ver el panorama de lo que quedaba por delante, tocó repetir nuevamente la misma dinámica: mirar el GPS, analizar el terreno frente a nosotros, ponernos de acuerdo y elegir qué dirección tomar. 
Avanzamos un poco más logrando pedalear durante breves tramos, buscamos algún reparo donde hacer el campamento y, mientras Javi y Nico armaban la carpa y la calentaban el agua, yo me fui a caminar algunos kilómetros para relevar el terreno que nos tocaba recorrer al día siguiente y confirmar si el track que habíamos marcado era correcto o había alguna mejor opción. Porque los errores, en este tipo de geografías con bicis y sin caminos, en los que subir o bajar puede generar grandes esfuerzos y tiempo perdido, siempre que sea posible conviene reducirlos. 

Lo que cuesta vale

El tercer día, en vez de continuar por arriba decidimos bajar varios metros hasta el ancho caudal de un río que se encontraba seco en gran parte y por el que pudimos pedalear cómodamente. Pero en la montaña el desnivel es parte elemental de internarse en el corazón de sus geografías, por eso a los pocos kilómetros el río se ramificó en dos quebradas, por lo que nos vimos rodeados de importantes pendientes y no hubo más alternativa que ingeniárselas para subir otra vez. Era la última gran cuesta de esta primera pasada, con una inclinación próxima a los 60 grados, luego las bajadas y subidas se volvieron bastante más bondadosas y pudimos tomar finalmente la ladera que nos llevaría hasta el filo del último cordón que teníamos que cruzar, y que marcaría el inicio de una huella que aparecía muy bien marcada en las imágenes satelitales y por la que, calculamos, podríamos descender pedaleando.

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Flotar sería una de las palabras que mejor podrían describir la sensación de esa tarde. Nos suspendimos en un mundo de colores naranjas y montañas cuadradas con glaciares azules. El cuerpo y la bici formaban un solo elemento atravesando las rocas, girando en las curvas. Llevábamos la mirada atenta al camino, pero en el pecho sucedían otras cosas: había violines de acordes profundos cuando la bajada era larga y recta, que subían por la garganta desagotando en los ojos; había también tambores con ritmos adrenalínicos cuando el descenso se volvía más vertical serpenteando entre obstáculos, que iban sacudiendo el cuerpo hasta volverse grito inevitable. Vivos, sería la única palabra que podría reducir cualquier explicación a un solo sentimiento que atravesó por completo la tarde. Cruzamos el río Guanaco con las últimas horas de luz, al día siguiente el pronóstico anunciaba fuertes vientos y en la zona no encontramos ningún reparo, pero sabíamos que si tomábamos la Ruta 69 que estaba a unos pocos metros podíamos llegar hasta un puesto de estancia. 

¿Les gustaría un asao?

Solemos volvernos repetitivos cada vez que escribimos sobre Santa Cruz y los pequeños puestos de estancia con paisanos solitarios de sonrisa amable. Pero son estas personas siempre dispuestas a cobijarte, a prender el fuego para tirar una carne al horno o calentar el agua para un mate caliente, las que nos han permitido en más de una ocasión superar distintas dificultades durante una travesía, darnos algún dato indispensable o, simplemente, permitirnos un breve respiro para recargar energías. Viven en los puntos más recónditos de la provincia a cientos de kilómetros de distancia de algún poblado, y son tan simples que resultan complejos. Llevan en sus manos curtidas, en sus boinas ladeadas, en los gestos duros de una vida donde lo débil no sobrevive, el peso de una cultura que poco a poco va desapareciendo. 

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“Mi nombre es Juan”, dijo aprentándome la mano y a los pocos minutos se apareció frente a nuestra carpa, armada en un pequeño corral de chapas, para preguntarnos si nos molestaría que nos hiciera un “asao”. Algunos prefieren los silencios largos que cuentan con las miradas, Juan era de los que tenía más cosas para decir con la voz.
Durante la noche el viento sacudió fuertemente las chapas para dar aviso de su presencia. Por la mañana, al salir de la carpa un paredón de nubes sobre las cumbres cordilleranas fue el indicador final de que necesitábamos reconversar las opciones. Juan nos invitó a almorzar y se sumó Mayer, un puestero que había sido criado por su familia en lo profundo de la cordillera, gran conocedor de la zona. Aprovechamos para consultarle sobre la segunda pasada que habíamos trazado para llegar al lago Argentino y nos dio la recomendación de entrar por el valle anterior al que planeábamos, ya que había una huella de arreo de vacas bien marcado por el que podíamos pedalear. 

Río La Solá - lago Argentino

Dejamos el lugar muy pasado el mediodía, la idea era tomar un camino secundario hasta otro puesto de estancia para acercarnos un poco, pasar la noche e ir viendo cómo se comportaba el clima antes de internarnos nuevamente en la última pasada. A la mañana un nuevo paredón de espesas nubes sobre las cumbres empezó a cobrar más y más volumen mientras se movía rápidamente, lo positivo era que aún se mantenía del otro lado del cordón montañoso, pero eso podría cambiar en pocos minutos ¿Pasaría finalmente de este lado? ¿Será nieve? Avanzamos con fuertes ráfagas los últimos 5 km que nos separaban de la quebrada por donde iniciaríamos la segunda pasada. 

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Aún parados en el camino, miramos el valle que teníamos que tomar y la posible tormenta que amenazaba detrás a nuestras espaldas. La decisión fue unánime, las condiciones no eran tan malas y valía la pena arriesgar. Esta vez no teníamos track que nos orientara, así que había que ir entendiendo la geografía. Pedaleamos buscando las huellas de vaca en una gran vega verde –de las que Meyer nos había hablado–, para luego ir atravesando sobre ellas la ladera de la montaña y avanzar paralelos a un río que se encañona a pocos metros. Perdimos la huella y nos enredamos entre troncos secos y campos de neneos imposibles. Volvimos a encontrar la senda y concluimos el día en un pequeño bosque junto al río. Las nubes, que tantas dudas nos causaron, se habían quedado en las cumbres.
El último día tocó bajar hasta el lago Argentino. La buena noticia fue que la huella continuó muy bien marcada en la mayor parte del tramo, lo que nos permitió un descenso inolvidable con el lago de frente, curvas técnicas que atravesaban las laderas y el río corriendo a un costado. Tomamos la Ruta 19 que va bordeando el lago, la tarde una vez más fue transformando el entorno, un entorno de lagos, grandes montañas, glaciares y nubes de formas incontables. Habíamos logrado completar un nuevo tramo del Tehuelche Trail y abierto dos pasadas fuera de ruta. Pero mientras la tarde caía pedaleando, mientras la alegría trepaba desde el estómago hasta las mejillas, el mensaje se volvía más real que nunca. Lo que habíamos logrado era entender un poquito más sobre este inmenso cordón montañoso al que le estábamos dedicando desde hacía muchos años gran parte de nuestras vidas.

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Marisol López

Marisol López

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