Lunes 23 de mayo de 2022
BIKE | 01-03-2022 19:00

Una travesía en bike por la Patagonia originaria

Recorrimos hermosos senderos en la naturaleza virgen de baja dificultad en el norte de Santa Cruz. Algunos llegan hasta las Cuevas de las Manos. Cómo disfrutar del Cañadón Río Pinturas en su máxima expresión.
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Cuando la vista se te pierda en un ocre eterno de atardeceres profundos. Cuando el viento gobierne tus pelos, tus pasos, tu paciencia. Cuando los cielos te provoquen suspiros inevitables y la intensidad del afuera te estremezca el adentro. No te asustes ni te impacientes, escuchá, observá con atención que estás llegando a tierras donde la libertad aún no pudo ser domesticada. 
El Parque Patagonia se encuentra al norte de Santa Cruz, provincia que con sus 243.943 km2 es la segunda más grande de la Argentina, pero también la de menor densidad poblacional. Tierras en donde el “por ahí no hay nada...” se traduce en enormes extensiones de naturaleza virgen, en geografías intensamente agrestes y en las que es mucho más probable cruzarse con grandes manadas de guanacos salvajes que con algún otro ser humano. 
La primera vez que recorrimos la provincia en bici fue en el 2014, durante nuestro viaje por la Ruta 40, y las sensaciones que tuvimos en ese entonces fueron las que a lo largo del tiempo nos hicieron volver una y otra vez hasta elegirla hoy en día como nuestro hogar. No es un lugar fácil, ni cómodo, porque como todo lo indomable e impredecible, te obliga a adaptarte, a sentirte chiquito, a ganar humildad, a entender sobre prioridades. Pero para contrarrestar aquella rudeza de su clima y sus distancias, siempre te regala muchas de las experiencias más auténticas y extraordinarias que se puedan tener. Por eso cuando recibimos la invitación para conocer el Parque Patagonia en bici, no tuvimos dudas de cuál tendría que ser nuestra respuesta, y claramente no nos equivocamos.

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Pedaleamos por senderos que bordeaban impactantes cañadones, mezclamos bici con trekking para llegar a lagunas escondidas repletas de flamencos, vimos por primera vez a una familia de pumas, caminamos entre cerros color fantasía. En tan solo dos días atravesamos estepa, cerros, roca, ríos, nos encontramos entre árboles frondosos y reparadores. Conocimos gente que ama lo que hace. Gente que cree en lo que hace. Conocimos un parque en el que siempre fuimos bienvenidos y donde en tan solo dos días logramos sentirnos en viaje. 
El Parque Patagonia Argentina cuenta con dos puntos de acceso: el Portal La Ascensión y el Portal Cañadón Río Pinturas. Ambos tienen distintos senderos que permiten internarse en impactantes geografías y cuentan con servicios de uso público. Nosotros, en esta oportunidad, fuimos a visitar el Portal Cañadón Río Pinturas y, aunque ya somos viejos conocedores de la zona, lo que encontramos fue una sorpresa constante en cada rincón que recorrimos. 

Qué camino tomar

Este portal tiene cinco senderos de distintas dificultades: Tierra de Colores, Koi, La Guanaca, Los Balcones y la Bajada de los Toldos. El primero que conocimos fue justamente Tierra de Colores, ya que se encuentra a pocos metros de la entrada al portal. Es un recorrido de dos kilómetros de baja dificultad que se transitan por una escenografía de cuento entre cerros amarillos, rosados y ocres que recuerdan a los increíbles paisajes del Norte argentino, con la sorprendente particularidad de estar en medio de la estepa patagónica, lo que hace a la experiencia aún más extraordinaria. 

Pasamos la primera noche en La Posada de los Toldos, donde se puede optar por hospedaje o camping libre con acceso a baños y a un refugio. Nosotros ese día elegimos dormir en la camioneta. A la mañana siguiente preparamos las bicis con el equipo y tomamos el camino que nos llevaría tras 19 km al inicio de los demás senderos, hasta concluir finalmente en la Cueva de las Manos. Pedaleamos entre hermosas mesetas y llanuras extensas que dibujaban el horizonte hasta la entrada al sendero Koi, que asciende hasta la meseta Sumich. Abandonamos por un rato el camino para subir pedaleando por una estrecha huella que nos permitió avanzar algunos kilómetros, hasta que fue necesario dejar de las bicis y seguir a pie. 

Colores en el aire

Luego de un breve trekking llegamos a una laguna llena de flamencos rosados que se robaron nuestra atención por un largo rato. Más adelante esperaba el final del recorrido, que permite una vista amplia e impactante del lugar. La bajada en bici por el sendero fue aún más divertida y llegamos nuevamente al camino en apenas algunos minutos, para volver a tomarlo en dirección a la Cueva de las Manos. La ruta estaba en excelentes condiciones, lo que nos permitió ir disfrutando del lugar sin contratiempos ni distracciones. Luego de algunos kilómetros, volvimos a encontrarnos con el cartel que marcaba el inicio del sendero La Guanaca, un trekking de 6 km que asciende al cerro Amarillo para terminar con una gran panorámica del Cañadón Río Pinturas, acompañados de cóndores. 

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Al regresar al inicio del sendero La Guanaca nos metimos por otro llamado Los Balcones, que lleva hasta la bajada de Los Toldos, pedaleando durante 3 km por una huella que va bordeando el cañadón, lo que hizo de ese tramo uno de los recorridos más impresionantes que efectuamos en bici, porque mientras las ruedas giraban entretenidamente por un sendero serpenteante pero sin grandes dificultades, todo a nuestro costado se había vuelto un mundo de roca, colores y formaciones sorprendentes que nos mantuvieron con los ojos muy abiertos y las sonrisas constantes hasta la gran bajada de Los Toldos, donde el cañadón decide que es momento de dejarse de rodeos y mostrar toda su magia.  

Hacia las cuevas a pie

En ese punto la Cueva de las Manos nos queda del otro lado, por lo que para visitarla es necesario dejar las bicis y realizar una importante bajada que cruza el río por un camino perfectamente marcado que permite recorrer parte del hermoso río Pinturas rodeados de vegetación para ascender, finalmente, hasta la entrada a las cuevas. Esa tarde, como tantas otras veces, armamos la carpa, calentamos el agua para el mate y esperamos la puesta de sol. Pero el pequeño balcón que habíamos elegido para pasar la noche no era cosa de todos los días. Frente a nosotros el imponente y milenario cañadón del río Pinturas nos sacudía las emociones y las ideas, para hablarnos de otras épocas, en las que la convivencia con el entorno estaba ligada a lazos mucho más simples y profundos que la mera codicia y ambición a la que nos fuimos acostumbrando. Y en eso nos quedamos pensando...

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Marisol López

Marisol López

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