Sábado 24 de julio de 2021
BIKE | 02-04-2021 10:00

Por las altas cumbres del Perú

Cuarta entrega de la travesía en bicicleta por Cusco, Puno, Nazca y, por supuesto, Machu Picchu. Por Bernardo Gassmann.
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El acto de retrasar otra hora más el reloj y recibir un sello en un papel puede ser lo único que indique el cruce de Bolivia a Perú. Una vez más se deja en evidencia que las fronteras no son otra cosa que abstracciones de los hombres. Por muchos kilómetros, de un lado y de otro de las fronteras, las costumbres colores y paisajes se mantienen indiferentes.
Ingresé a Perú por Puno, siguiendo siempre con el Titicaca a mi derecha. Aún cargaba una bolsa de dormir que ya pedía a gritos la jubilación. Fue en esta zona donde, sin duda, pasé los mayores fríos de todo el viaje. Recuerdo una noche mientras acampaba al reparo de unos pinos, quedarme sin más ropa que ponerme y terminar ¡metiendo las piernas dentro de las alforjas! Esa noche fue el rock and roll del tiriteo.

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Por la mañana lo de siempre, un plato de avena caliente, algún saludo al tan esperado sol, recoger todo y a la ruta de nuevo. Pocos días después crucé por el punto más alto pedaleado hasta el momento, abra La Raya a 4.400 msnm, pasando de la región de Puno a la de Cusco y días después a la ciudad del mismo nombre. Aquí estuve tres semanas en un hostel haciendo las veces de constructor y carpintero a cambio una cama y algo de comida caliente.

Maravillas incas

Cusco es una ciudad imponente, la gran capital del imperio Inca. Aunque de ellos quede poco, sólo las colosales construcciones de piedra perfectamente tallada que, evidentemente, costaba demasiado hacer desaparecer. En su lugar quedan testimonios de quienes llegaron para civilizarnos; éstos, claro, en excelente estado de conservación.
En el patio trasero de Cusco se desarrolla un valle extremadamente fértil, bastante más cálido y transitado por el río Urubamba en toda su longitud. Este era el lugar donde los Incas cosechaban sus alimentos, estoy hablando del Valle Sagrado, sitio cargado de misticismo y con los paisajes más increíbles que jamás imaginé ver. Templos enroscados en laderas de montaña en Ollantaytambo, a los que hoy mismo cuesta llegar y donde se cultiva el mejor maíz del mundo. Moray con sus círculos concéntricos que, se cree, era un laboratorio de agricultura donde aclimataban los cultivos traídos de distintas zonas. Maras con sus 3.000 piletas de sal curativa.
Si se sigue este valle hacia el norte, hay que pasar un par de montañas más y se llega a una zona selvática, impenetrable en su último tramo de no ser por las vías del lujoso Perú Rail, aunque en mi caso lo vi mientras caminaba.

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De la montaña a la costa

Perfectamente integrado a la naturaleza y de no ser por la parafernalia turística que lo decora, se encuentra nada menos que la Universidad de los Incas, el Machu Picchu. Creo que de más estaría agregar cualquier descripción.
Hace ya tres meses que vengo moviéndome en el altiplano, subiendo y bajando montañas, pero siempre sobre los 3.000 msnm, de modo que decido apuntarle derecho al oeste y cruzar la parte que me queda de los Andes peruanos para rodar un tiempo por la costa.
No fue una decisión muy sabia ya que me agarré de frente todas las subidas. Por ejemplo, cerca de Caraybamba sobre el final de la jornada, decido hacer el último esfuerzo y subir una cuesta con un desnivel de 1.000 metros en 12 km de recorrido que luego, en teoría, bajaba abruptamente.
Mis cálculos no pudieron estar más errados: no solo en el tiempo que me llevó subir sino que, al final de esta subida eterna, no me esperaba ninguna bajada, más bien me dejaba en un altiplano a 4.200 msnm que tardaría un tiempo en dejar atrás. Sólo encontré una tapera de adobe abandonada que me resguardó del viento y del frío que habitaba en ese paraje.
Por fin, y varios kilómetros después, me veo frente a frente con un bajadón de 70 kilómetros limpios. Me esperaba un tramo por el desierto de Nazca y cruzar por sus líneas, para chocarme en última instancia con el Océano Pacífico en Paracas.

Escapándole a la capital

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Ahora todos los días pedaleados en la altura daban frutos en la costa. ¡Volaba! Avanzaba de a 150 kilómetros como si nada. La entrada a Lima, como era de esperar, fue caótica, sumado a que se jugaba ese día la Copa América, partido en el que Perú dejaría afuera a Chile… y yo abriéndome paso entre la fiesta. Si bien las grandes ciudades son interesantes para conocerlas, yo intentaba evitar la mayoría. No es la opción más representativa para conocer realmente un país.
A los pocos días estaba nuevamente en la ruta, pero si tengo que ser realmente franco, la verdad es que ya extrañaba las montañas. La costa resultó ser bastante insegura, sumada a una llovizna constante con la bruma marina y sobre todo el intenso tráfico de la Panamericana. Duré solo unos 400 kilómetros y, como el perro que vuelve a su casa llamado por el hambre, regresé a las alturas, extrañaba preguntarme: “¿Por qué no vine en moto?” mientras subía y responderme: “¡Por esto!” en las bajadas: amanecer con el horizonte recortado por los cerros, respirar ese aire frío y puro, y encontrarme acompañado por la soledad de los caminos.

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Aquí anduve por la cordillera blanca, que sería como el Disney Word de los montañistas. Una cordillera cubierta de glaciares entre cerros de 4.000, 5.000 y 6.000 msnm. Aquí paré en una zona de campesinos muy humilde. Armé mi carpa al lado de la casa de doña Andrea, una sabia mujer que vivía entre cuatro chapas de 5 x 5, rodeada de gallinas, sembradíos de cebada, trigo y maíz.

Uno entre los paisanos

A pesar de tener muy poco, siempre estaba dispuesta a compartir. Aquí me sentí como en casa. Iba caminando por los cerros hasta la ciudad de Huaraz, a unos 13 km, donde trabajé unos días en una agencia de guías reparando equipo de montaña a cambio de material de escalada para hacer mis salidas a las alturas.
Al caer la noche tomaba una Trafic repleta de gente para volver a mi carpa, al lado de doña Andrea. Así pasaron unos 20 días donde era, o al menos me sentía, uno entre sus paisanos.
Debo decir que de toda la gente que me recibió en sus hogares en estos meses, la gran mayoría era sumamente humilde. Muchos no cenaban de noche por el simple hecho de no tener qué; la carne era un lujo que se daba una vez al mes; el baño, un pozo, y el agua potable algo que solamente les había contado un candidato. A pesar de estas carencias tan marcadas, siempre me recibieron con los brazos abiertos y el corazón dispuesto. Hoy sigo en contacto con muchos de ellos.

Siempre alguien ayuda

Desde Huaraz sigo avanzado hacia el norte, por el cañón Del Pato, un laberinto de piedra y túneles que va perdiendo y ganando altura con frecuencia. Aquí tuve que desviar mi trayecto original por las sierras debido a una lesión en la rodilla izquierda. Simplemente, me vi obligado a bajar otra vez a la costa para no forzarla de más. Lo cierto es que la inflamación era tal que ni siquiera podía sostener el pedaleo en el descenso. No quedó más que subir a un camión que me dejó 80 km más adelante, en Chimbote, donde estuve una semana en el patio de una iglesia en reposo.
Recuerdo los primeros días pedaleando en la Argentina, preocupándome todo el tiempo por si encontraría un sitio donde dormir. Hoy, varias noches después, sé que de alguna manera todo sucede.

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Siempre aparece un lugar fantástico para armar la carpa o que alguien se acerque a ayudar. Sería interesante aplicarlo en la vida diaria: no anticiparse permanentemente a los problemas sino vivir más el aquí y el ahora, que al fin de cuentas es lo único que tenemos.  
Siempre con el océano a mi izquierda y las dunas a la derecha, sigo otros 800 km por un terreno prácticamente plano, pasando por Trujillo, Chiclayo, Piura y entrado finalmente a Ecuador por Macará.

Cuarta entrega: Perú

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Km pedaleados: 2.689 - Tiempo de viaje: 95 días

  • En los meses de junio y julio se suele presentar mal clima en el norte de la costa, bruma y llovizna casi constantes. Es una buena época para recorrer las alturas. Tener en cuenta en cada paso por las fronteras pedir 60 días (el máximo), superada la cantidad hay que pedir prórroga o pagar multa.

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