El río Uruguay explota de pejerreyes

Tras una navegación casi a ciegas por los arroyos de Villa Paranacito, Entre Ríos, llegamos al río Uruguay, donde logramos pejerreyes de más de 40 cm.

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“El río Uruguay explota de pejerreyes, que esperás para venir a visitarme?”, fue la arenga de David del Valle, amigo y guía de la zona de Villa Paranacito. Me venía rondando la cabeza la idea de pescar en estos lugares y su llamado fue la excusa perfecta para armar el grupo y organizar el viaje. Es el municipio de cabecera del distrito Islas del Ibicuy y se encuentra a tan sólo 180 km de la ciudad de Buenos Aires. Se llega por la Ruta Nacional 12, cruzando los puentes del complejo Zárate-Brazo Largo y luego conectando con la Ruta Provincial 46 para ingresar hasta el pueblo, un lugar único donde la amabilidad de sus habitantes es siempre la mejor, con una notable predisposición para atender a los clientes y satisfacerlos en todo lo que se pueda.

En esta pequeña ciudad entrerriana vamos a encontrar muchos y muy diversos campings, balnearios, paseos en lancha, caminatas, algún restaurante y todo lo referente a la tranquilidad de un pueblo que, en la mayoría de los casos, vive del turismo. También debemos contar que gran parte de la población ha sufrido muchos problemas con las inundaciones y en reiteradas ocasiones, situación por la cual han peleado y salido adelante en cada oportunidad, mostrando sacrificio y ganas de ir siempre por más.

 

Hoy la villa se ve con muchas mejoras que se van sucediendo cotidianamente con el empuje y las ganas de progresar que tienen, y se sostiene desde la parte turística de la Secretaria de Gobierno de la mano de Ana María Jensen, una persona que se dedica al máximo para que todos los que visiatn Villa Paranacito se encuentren como en casa.

Un buen momento

Desde principio de temporada que la pesca de pejerreyes viene progresando y, con el cambio de clima, mejoró aún más. A diario vemos en redes sociales posteos de la buena pesca que se viene realizando. Sumado a los comentarios de amigos y guías que ya habían visitado la zona, las ganas de programar un viaje al lugar estaban listas y, al tratarse de pescar pejerreyes, eran muchos los que querían sumarse.

Un día de semana muy tempranito nos encontramos en una estación de servicio sobre Panamericana para llegar hasta la primera parada obligada, La Estacion del Pescador de Tono Ciliberti, un local de venta de carnada y asesoramiento que se encuentra justo antes de pasar los puentes. Allí coincidimos con otro compañero, que ya estaba esperándonos tomándose unos matecitos con los propietarios del lugar. Todavía era de noche cuando llegamos y nos pusimos a seleccionar la mojarra viva, realmente un lujo. Cargamos un par de bolsas y, de ahí, derechito al camping Top Malo, donde nos esperaba nuestro guía David del Valle con su trucker cabinado de más de 8 m, listo para comenzar la travesía.

En camino

Subimos todos los bártulos y, en medio de la bruma a muy bajas revoluciones, comenzamos a navegar los primeros metros del arroyo Sagastume hasta llegar a la panadería del pueblo, pedimos pan y unos bizcochos de grasa y, tomando mate, nos metimos por el arroyo La Tinta para salir a la parte más ancha del río Uruguay.

Sinceramente no se veía mucho y el viento era nulo en ese momento, sólo pudimos ingresar al nuevo cauce con la ayuda del GPS. Hicimos unos cuatro kilómetros en dirección este sudeste y allí comenzamos con todo el ritual de la pesca. Primero arrojamos la ceba, que consiste en aceite de pescado dentro de una botella con una tapita gotero para que vaya saliendo muy despacito y así formar la calle de ceba. Paso seguido, arrojamos el ancla de capa pero, al no soplar nada de viento, decidimos esperar e intentar con la fuerza de la correntada. Cada uno de los pescadores nos pusimos a armar diferentes tipos de líneas con boyas de todos los colores, donde predominaban el naranja, el verde limón y el negro. Las cañas que utilizamos fueron todas de 4 m a 4,50 m del tipo telescópicas con reeles frontales medianos, cargados con hilo multifilamento de 0,18.

El largo de brazoladas rondó entre los 10 y los 60 cm de profundidad, encarnadas con mojarra viva y algún filet de dientudo fresco. La lancha era tan grande que pudimos dividirnos en grupos: Ricardo y Abel fueron a popa y armaron un picadito aparte, logrando hacernos divertir mucho con sus ocurrencias.
En cambio, Mauro y David se pusieron más al medio, pegaditos a la cabina de proa, tratando de pescar lo suyo. Los primeros piques se dieron inmediatamente, cerquita de la embarcación, logrando cantidad en muy pocos minutos. Pejerreyes combativos que picaban en diferentes boyas bien a flor de agua, mostrando sus aletas cuando comían o se dirigían a la línea. La niebla se iba disipando de a poco y dejaba ver un día fresco pero soledado. Mezclados entre los pejerreyes medianitos aparecían algunos que realmente eran dignos de ser fotografiados: rondaban los 45 cm y eran bien gorditos.

Yo, que miraba desde atrás la pesca del momento, me divertía cuando Abel del Valle escondía su secreto de pesca, la carnada de filet fresca, y Ricardo le decía algunas cosas no muy bonitas por ocultarle su secreto. Un momento muy divertido. El río seguía planchado y escuchábamos que a otros guías no les iba tan bien como a nosotros. Ellos pescaban en otra profundidad y, por deducción, nos dimos cuenta de que hacerlo entre los 2 y 2,5 m era la mejor opción.

Cerca del mediodía se levantó una pequeña brisa y con eso se dieron los mejores tamaños, realmente muy buenos. Con todos los aparejos en el agua, y moviendo la línea con pequeños tironcitos, se lograron varias respuestas buenas: pejerreyes cercanos al kilo de peso que jugaban entre “los corchos” para luego tomar la carnada lentamente. Para pescar cómodos fuimos rotando en la embarción, pero los que colocaban la línea por popa eran los que obtenían mejores resultados. Y ahí otra disputa entre los pescadores. ¡Qué manera de divertirme!

Con la vista fija en los aparejos y tomando la caña un rato para poder pescar veo un bulo cercano a la línea, la muevo y, de repente, una de las boyas Criterio N° 30/1 naranja con purpurina se puso perpendicular a las demás. Esperé un segundo, volví a acomodar y se ve que al pejerrey no le gustó. Tragó la carnada y comenzó a disparar hacia el costado. Ahí fue cuando levanté la caña y clavé. Fue tremendo ver explotar el agua a más de 50 m del bote. “¡Pescadazo!”, gritaron mis compañeros. Y no se equivocaron: un tremendo pejerrey que, sin duda, necesitó del copo para ser izado abordo.

 

Divertida rivalidad

Así se dieron varios más, en brazoladas cortitas y encarnando prolijamente. Todos tuvieron su momento. Después le tocó al Tío, que vio el pique, lo esperó, lo saboreó, lo clavó y se lo hizo saber a Ricardo, su rival del momento. Pero ojo, Cachete Ricardo tampoco se quedaba atrás, clavaba uno tras otro y su cajón se llenaba más rápido que los otros hasta que, de repente, tuvo su recompensa. Unas de sus boyas Cribal doble proa comenzó a caminar y recién frenó cuando el pejerrey se sintió clavado.

En un momento, todos los pescados que picaban superaban los 40 cm de largo, un pescón como dijimos todos a la vez. Con los cajones y la vista llena de pejerreyes hicimos un alto y, dentro de la cabina de la lancha, el guía nos preparó un hermoso almuerzo para reponer fuerzas y seguir un ratito más. Pescamos hasta las dos de la tarde y dijimos basta. ¿Cuánto más hay que pescar para sentirse satisfecho? Así que, desde este relevamiento, podemos asegurarles que todos los comentarios sobre la pesca de pejerrey en Villa Paranacito son mucho más que ciertos.

La temporada está a pleno, sólo debemos pescar a conciencia. Armen sus grupos de amigos y, si no conocen o no tienen embarcación propia, contraten los servicios de un buen guía y diviértanse con la actividad que más pescadores deportivos congrega: pejerreyes sobre el río Uruguay, calidad y cantidad garantizadas.

Nota completa en Revista Weekend del mes julio 2018 (edicion 550)

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