Los secretos de Gualeguaychú

La ciudad esconde un abanico de posibilidades para conectase con la naturaleza. Quesos, caminatas, playa, noche, todo aquello que se busca en un lugar. Galería de imágenes.

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Las palas hacen una especie de chasquido al entrar y salir del agua. Avanzamos suave y silenciosamente por el río Gualeguaychú y eso nos da tiempo para avistar un biguá, una mariposa o mirar el cielo. “Para nosotros el kayakismo es una herramienta para acercarse a la naturaleza, porque al estar propulsado a sangre cambia la mirada sobre las cosas”, explica Hermann, nuestro guía.

Conocer y valorar

Basta remar unos minutos para comprobar esta hipótesis porque el cuerpo cambia, la mirada cambia, la atención cambia. Todo depende de uno, de manejar la fuerza y el cansancio, de darse un tiempo para dejar de remar y dedicarse a contemplar. ¿Contemplar qué? El paisaje, claro, y también los propios pensamientos, la mente que vaga quién sabe por dónde hasta que un pájaro o un sonido desconocido la trae de vuelta a la embarcación, al río, al momento.

Hermann nos cuenta cuál es, además de los paseos cortos, su propuesta de travesía: dos días de navegación recorriendo 43 km por el río Gualeguaychú, pasando por los arenales y haciendo noche en el monte. “El que conoce preserva”, dice como un resumen de su idea de ecoturismo, “por eso pensamos esta excursión bien agreste pero que puede hacer cualquier persona que tenga ganas, aunque nunca antes se haya subido a un kayak”.

Y justamente para los primerizos hay embarcaciones para dos personas donde el que va atrás es el que “conduce”, y además es posible turnarse para remar porque la intención no es hacer una prueba de resistencia sino conectarse de una forma más directa y profunda con la belleza y la biodiversidad.

El atardecer nos encuentra caminando por la costanera, con toda la paz del mundo. Las opciones son detenerse a tomar mate, trotar un rato, o tomar algo en alguno de los barcitos pensados para estar a solas o acompañado mirando el río.

Dos amigos charlan acodados sobre la murallita de la costanera y se nota que están relajados, pasando un momento que surgió probablemente en forma espontánea: hola qué tal, qué hacés y ahí nomás se detienen un rato. Es que el agua está presente en todas partes, es un punto de encuentro, entonces es natural que los días transcurran con esa referencia.

Para nosotros, que estamos de visita, también es así y la costanera se transforma en un paseo obligado hasta la hora de la cena, que también tiene que ver con el agua y su riqueza: nos han preparado surubí a la parrilla y un postre con mamón.

Naturaleza protegida

El viento nos pega fuerte en la cara hasta que entramos a una zona de selva en galería y la lancha amaina la marcha. Tenemos un guía de lujo: Raúl, que también es el encargado del Museo Arqueológico y cuyo padre fue un reconocido arqueólogo de la zona. Con sus explicaciones del paisaje nos ayuda a ver mucho más de lo que veríamos si estuviéramos solos. Luego de una media hora de andar bajamos a tierra por un lugar donde nos muestra las huellas de la época en la que el mar estaba presente (por ejemplo, caracoles de agua salada) y nos cuenta que es muy común encontrar restos de vasijas o puntas de flecha de los chanáes.

Nuestro próximo destino es una visita a la reserva privada Senderos del Monte, de 25 ha, ubicada a mitad de camino entre la ciudad de Gualeguaychú y el balneario Ñandubaizal. La propuesta de este lugar es que grandes y chicos descubran los distintos ambientes que lo componen: pastizal, laguna, bañado, arroyo y monte ribereño. Además, la reserva se ubica dentro de una aica, que es un área de importancia para la conservación de las aves, así que el avistaje está garantizado.

Ya es la tarde, la hora ideal para ver animales y disfrutar de los aromas del monte, así que caminamos en silencio por los senderos. Vemos orquídeas aéreas y terrestres, árboles con líquenes (que indican que el aire que respiramos es bueno) y mariposas.

La biodiversidad de la reserva es interesante: se han registrado más de 80 especies de aves, 10 de mamíferos, 120 de plantas y gran cantidad de invertebrados. Y, por sobre todas las cosas, se destacan las guiadas armadas para que uno como visitante realmente se compenetre con lo que está viendo y use todos los sentidos para entender y disfrutar. Habremos caminado casi una hora y media, que se pasó volando.

Volvemos hacia Gualeguaychú para terminar el día con la última actividad que nos han programado: un buen rato en las termas del Guaychú. Pero antes de meternos en las aguas termales hacemos un recorrido por el predio, que también tiene una pequeña reserva natural con un montecito atravesado por un brazo del río Gualeguaychú. Basta caminar unos 10 minutos desde las piletas para estar adentro de este ambiente completamente distinto, agreste y perfecto para pasar un rato en familia, a orillas del pequeño río (los chicos se divierten especialmente con una cañita).

Hacemos la caminata programada, sacamos fotos y volvemos hasta el predio donde nos esperan las piletas con aguas que rondan los 36 grados y unas mullidas batas para el después. Dejamos cámara de fotos, grabador, papeles y ropa y nos hundimos hasta el cuello con un placer infinito.

 

 

Nota publicada en la edición 482 de Weekend, noviembre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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