Sábado 3 de diciembre de 2022
PESCA | 18-12-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: La voz y la niebla

Salidas de pesca como verdaderas expediciones, en las que muchas cosas se ponen en juego, y es la amistad la que mueve el timón y nos trae siempre de regreso a puerto. Un texto de Rodolfo Perri.

El grupo nació al amparo de un fuego de sauce medio verde, en la casilla que Don Emilio tenía en el Paraná de Las Palmas, cerca de la Vuelta Mala, entre Zárate y Campana. El Palmas, en ese tiempo, mantenía cierta prioridad de cardúmenes de pejerreyes chicos, que picaban impetuosamente, y permitían algunas cosechas memorables. Valía la pena el viaje.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

Al principio la costa ofrecía un corte a pico y un remanso muy prometedor; por eso, Don Emilio y Santiago improvisaron un tinglado, al que luego le agregaron lonas, hasta que se decidieron y armaron la casilla, sobre pilotes; todo bien limpio y prolijo y con el piso de pino tea. En ese rincón olvidado de la costa isleña, dimos en citarnos cada tanto, especialmente en los meses del otoño y el invierno. Y en una sobremesa de buen asado y vino, alguien trajo, prudente, la novedad, como un “dato”:

-En el Pavón hay pejerreyes de un kilo, -comentó-.

Los ojitos del dueño de casa brillaron como pocas veces, en su cara faunesca. El hombre era todo impulso; todo sentimiento; toda amistad brindada a borbotones.

-¿Y qué estamos esperando? –preguntó- consigamos un bote más y vamos a buscarlos…

Alberto tenía una lanchita de madera, casco tinglado, equipada con un motor Evinrude de 35; y nosotros, unos botecitos con motores que nunca superaban, ni alcanzaban, los 10 caballos. Lo cierto es que la noche de un viernes, llegamos a la casilla, preparamos los enseres, cenamos y dormimos.

Sin haber aclarado todavía, Don Emilio nos despertó a todos con su rugido potente. Era casi increíble, que un ser tan enjuto, de tan exigua estatura y brazos como tendones, tuviera esa capacidad vocal y toda la fuerza que nos demostraba.

Siempre de noche, iniciamos la marcha en los tres esquifes. Alberto en el suyo, y “el viejo”, en su bote liviano –cuyo fondo ondulaba en el oleaje, porque no tenía cuadernas, sino varetas, y había sido construido para remos, y no para motores fuera de borda-. Así, la escuadrilla estrafalaria, que se completaba con un botecito de fibra de vidrio, comenzó a navegar por el canal Irigoyen en demanda del Pasaje Talavera.

Eduardo, primo de Santiago, fue el que dio la voz de alerta. Nuestra ruta al Pavón no incluía surtidor alguno. Jofre, el sexto de los argonautas, nos señaló que el combustible alcanzaría para llegar hasta el Pavón, pero no para volver, aun cuando la marcha, en ese caso, se haría a favor de la corriente. Por tanto, acortamos nuestras pretensiones y, al llegar a la Zanja Mercadal, acampamos y cerca del Ibicuy iniciamos la pesca. Fueron dos días gloriosos, de cosechas abundantes, pero nunca de los portes prometidos.

De regreso, Don Emilio prefirió timonear solo su botecito y cargar en él todo el equipo; mientras el resto, ocupamos los otros dos, sin carga alguna. Así, hasta caer la tarde. Junto con ella nos alcanzó la niebla, como una masa gris acuosa, casi palpable.

En aquella cofradía había un lema: “Al río, con respeto”. Por eso navegamos siempre “en conserva”, es decir, a distancia de contacto visual entre los botes. Por fin y ya de noche, alcanzamos el Palmas. El cruce no parecía ofrecer ningún peligro, porque el agua se desplazaba lenta y casi no soplaba el viento. Supongo que por eso, Don Emilio se sintió en su casa y se separó del grupo, proa a la orilla opuesta. Mantuvimos la marcha sobre su estela y, simplemente, lo seguimos.

De pronto, como surgido de la misma niebla, se oyó el vozarrón del viejo pidiendo ayuda. Alberto, guiado por la intuición y la serenidad que siempre mantenía en los momentos de peligro, viró hacia ese sonido. Instantes después, pudimos ver la figura del hombre, aferrado a un cabo de remolque, en medio de la estela, entre una chata mediana y una barcaza. Todo sucedió en escasos segundos. Voló desde la lancha un cabo, se hizo firme a la proa y con un último esfuerzo del motor de dos tiempos, y casi rozando una borda con otra, rescatamos al caído del inminente desastre.

La reunión en la casilla de la Vuelta Mala nunca nos resultó tan amigable, íntima y risueña, como aquella madrugada. El fogón pronto crepitó a nuestro gusto; y los primeros pejerreyes sobrenadaron la grasa de cerdo que bullía, como ansiosa, en la ollita de hierro. Como tantas otras, esa jornada también se diluyó en el tiempo; pero, a veces, cuando remonto algún riacho a marcha lenta entre la niebla, me sobreviene una vez más aquella imagen del viejo amigo, conmovido en el agua, e imito su grito, cuando exclamó:

“¡Cabo de vida!”.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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