Sábado 18 de septiembre de 2021
PESCA | 24-07-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: La batalla de Isla Nutria

La pesca y sus artes a través de las épocas; la lucha del hombre y el pez como metáfora de una quimera; y una enseñanza final: la de que algunas veces se pierde, para entender con qué se gana. Un texto de Rodolfo Agustín Perri.

El hecho de estar a horcajadas entre el filamento de algodón, la caña de bambú, el plomo de 120 gramos y toda la genealogía de la fibra de vidrio, del kevlar, el nailon de 18 y los tenues líderes de acero y seda, no ha impedido que guarde, en lo más íntimo, el mismo respeto reservado para los tiempos más heroicos de la pesca. Aquellos de chicotes y anzuelos defendidos por cadenitas de bronce que hoy, me parecen artefactos medievales, destinados, por la imaginación tropical de los usuarios, a monstruos subacuáticos que solo pudieron existir en la leyenda. De allí surgieron “el surubí asesino del Bajo del Temor”, la raya que remolcó una canoa por más de 5 kilómetros, y otras sagas de imposible, e innecesaria comprobación.

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Pero volvamos al mencionado respeto. Una vez aparecida la gama de engaños artificiales o “señuelos”, sin duda, la pesca se sutilizó, pero allí no terminó la controversia. Que un artefacto de movimiento vacilante y colores encendidos, sirviera para engañar tarariras en su letargo milenario de lagunas y camalotes, lo acepté, y llegué a comprobarlo; pero que el mismo equipo fuera útil en el proceloso Plata, y nada menos que con los aguerridos dorados del borde exterior, eso ya entraba en el terreno de la suposición más aventurada.

 Cierta noche, consagrada como tantas otras a reunirnos en un rito común, el de los relatos, las chanzas de pesca, y las achuras asadas a fuego lento, las cosas desembocaron en un impostergable desafío. En la madrugada siguiente, en el barco de Lito, junto con Antonio y Roberto, nos dirigimos a un lugar previamente elegido para liquidar el dilema: ese fue el borde de la isla Nutria que entonces marcaba, con una tenue línea de juncos, el comienzo del río o el final del Delta.

Lito, por entonces, se iniciaba en la náutica, por lo que las peripecias y situaciones jocosas se multiplicaban. Lo disfrutábamos, porque nos sobraba tiempo y ganas de gustar del ambiente isleño. Al recalar en la isla Nagüe, “Coco” aseguró que allí había dorados “por todas partes”. Elegí el arroyo Márquez, entonces con salida franca sobre el Bajo, justo donde hoy se levanta un albardón que apenas cubren las mareas altas y que es la base de un ya muy cerrado y espeso monte de sauces. Dejamos los bagajes, y sonó la frase que era habitual:

-“Coco, al caer la tarde, encienda el fuego”.

El crucerito calaba poco y en seguida nos encontramos en el arroyo, aún hoy desconocido para muchos. Había suficientes mojarrones grandes y no dudé en usar mi línea de flote preferida; siempre hay una. Mientras tanto, Pocho y Antonio armaban las, para mí, fragilísimas cañitas de fibra de vidrio y elegían entre señuelos coloridos y bruñidas cucharas.

Para desilusión de todos, los dorados no aparecieron. Alguna tararira que engullía el sabroso bocado que le ofrecíamos, y unas pocas boguitas, cumpliendo con sus cabriolas previas a la liberación final. Antes de la hora prevista amarramos al muelle del Nagüe, bajo cuyos plátanos, los troncos de sauce seco ya elevaban el humo azul precursor del asado. Fue noche larga de anécdotas de Coco, quien, apenas a sus doce años, con su padre ya calaba espineles de 200 anzuelos frente a la boca del Paraná Miní, y llevaba, a vela, la carga hasta el puerto de San Fernando. De él fue también la sugerencia de dedicar la segunda jornada al borde de la isla Nutria, y yo me mantuve en mi decisión de usar carnada natural cuando el desafío entró en su segunda fase.

Ya al llegar a la amplia bahía, en cuyo centro un arroyito marcaba su doble albardón isla adentro, vimos que se nos habían adelantado un poco. Dos lanchas rápidas, ancladas en el centro, ofrecían un aspecto de laguna como en un día domingo. Pero estábamos en pleno Plata. Hicimos un sondeo previsor y fuimos visitando distintos fondeaderos.

La verdadera “batalla” se libró allí. Y antes de calentar el sol, las acrobacias enérgicas y las colas de un intenso amarillo, casi rojo, hablaban a las claras de un festín de doradillos.

 El agua era, como siempre, lo suficientemente turbia para poner en dudas el uso de señuelos; entonces, yo seguí intentándolo siempre con mis mojarras como cebo. Pocho y Antonio me abrumaron con sus capturas reiteradas. Se impuso, entre todos los señuelos, la cucharita Swing Número 4, dorada, cobreada y plateada.

Pero el cenit fue un dorado, de algo más de 6 kilos, calculamos, que pudo clavar Antonio en una de sus recogidas. Tenía nylon 18, y la bestia pudo luchar en aguas abiertas. Todos dejamos de pescar porque presenciar aquello fue un espectáculo aparte. La verdadera batalla tuvo, en principio, un solo triunfador, el dorado. En una corrida, el pez alcanzó la otra orilla y allí, entre sus escapadas, envolvió con el hilo una mata de juncos. Quedó, en segundos, casi exhausto y yo propuse ir a buscarlo.

-“Déjenlo. Esto es entre él y yo”, tal fue la orden definitiva de Antonio.

El pez, ya repuesto, inició un salto impecable y en el aire estalló el frágil nylon, después de tan largo rato sometido a tensión.

Aún resonarán sobre la isla mis improperios de gourmet burlado, y el aplauso alborozado de Antonio, a quien, no me cabe duda alguna, interesaba solamente la puja con el pez, y se rehusaba, enfáticamente, a cualquier forma inútil de matanza.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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