Domingo 1 de agosto de 2021
AVENTURA | 10-07-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Bajos del temor

Piratas del rivero, su perseguidor Zapata y la mitología del río bautizan una zona del Delta que Rodolfo Agustín Perri describe en esta historia, cuando de aquellas tropelías ya solo quedaban leyenda por el paso del tiempo en todas sus acepciones.

¿Qué se hicieron de los Bajos del Temor? Así como el rey de “Don Juan y los infantes de Aragón” que quiso Jorge Manrique, “¿Qué se hicieron?”. A fuer de veterano de las islas, me lo pregunto cuando, tripulante invitado en algún barco ajeno, recorro una vez más, el laberinto siempre cambiante del borde exterior del Delta Bonaerense.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

“Bajos del Temor” se dio en llamar desde lejanos tiempos, digamos a principios del siglo XX, a una porción de la costa de juncales que señaló, y sigue haciéndolo, el límite móvil de la tierra, no tan firme, que agrega más espacio a este atribulado Hemisferio Sur, el “Mundo Acuático” que llamaron los primeros geógrafos para distinguirlo del otro, el Norte, o “Hemisferio de los Continentes”.

En aquel microcosmos juvenil, los Bajos fueron advertidos a los navegantes como una verdadera trampa, un dédalo de bancos movedizos que se agazapaban bajo la superficie, y saltaban de cinco o seis metros de profundidad en Playa Honda, a escasos centímetros de fango y arena, donde se introducían las quillas imprudentes, y a veces el banco se transformaba en tumba. Esa amplia entrada engañosa eran los bajos. Al norte, los Pozos de la Barca, y al sur, el cauce viejo del Paraná de las Palmas invitaba a seguir. De allí la razón de tal “Temor” advertido.

Hoy todo está bastante cambiado, señalizado por estacas y los nuevos cuarterones de Hidrografía así lo indican. Pero este recuerdo es del tiempo en que los escasos pasadizos, y eso con agua crecida, se conocían por tradición oral de los pobladores y pescadores de la zona, (oficio móvil, puesto que a veces la pesca dejaba lugar a un contrabando de entrecasa).

Era invierno pleno y el agua clara y fría invitaba al pejerrey, tentándolo con abundantes cardúmenes de mojarras. Además, fue exactamente aquel invierno en que cambié mi soltería y mi vida relajada, por las nuevas responsabilidades que me traía el matrimonio. Disponía entonces de varios días de licencia y elegí disfrutarlos en la casita de barro del Luciano allá, en la segunda sección. En mi equipaje incluí, casi sin querer, un precario equipo de pesca por si la ocasión se presentaba.

Al llegar con la lancha, (el Vapor de la Carrera), al muelle viejo, la mujer del encargado, doña Licha, nos recibió un poco asombrada, pero enseguida nos brindó el mejor cuarto con que contaba el rancho. Hechas las presentaciones, y agradecida la auténtica alegría de la buena mujer, le pregunté por Luján, tal el nombre de su esposo.

-“Se fueron a los bancos, a junquear”, fue su escueta respuesta.

Miré el arroyo que bajaba en firme, y a un costado, el bote casero, de dos remos, con algunos elementos que enseguida pude adivinar.

-“Voy a hacer un camalote”, solo atiné a decir; figura que en la pesca del pejerrey de río, define a dejar flotar la embarcación en la corriente y con las líneas en el agua, hasta determinada distancia para luego corregir,  y repetir la maniobra.

De más estaba todo protocolo. Una charla amigable unió enseguida a las dos mujeres y yo, sin siquiera cambiarme de atuendo, tomé mi caña, y el resto del equipo, las pocas mojarras que había en una lata sobre el muelle, y me largué a derivar corriente abajo.

Creí iniciar allí un método que había elucubrado en mis permanentes planes de ocio y pesca, antes de comprar ese ranchito. Sin saber que obligaciones, compromisos, apuros económicos y cierta pereza inevitable, me impedirían por largo tiempo retornar y que luego, a favor de una mayor holgura en el presupuesto, regresaría en lancha propia, descartando por fuerza, al humilde esquife.

Para ser breve, el camalote resultó fructífero desde su inicio. Aun en el cauce del Caracoles, sin todavía haber alcanzado la gran abertura del Bajo, se produjeron los primeros piques, que se fueron repitiendo a lo largo del acompasado viaje, cerca de la orilla plagada de juncos. Fueron desfilando el Chaná, el Angelito, el Don Haroldo, y el Piccardo, todas bocas de arroyos, donde el bote permanecía varios minutos a merced del barullo que cada cauce menor formaba en el aguaje principal. Por fin, ya cerca del Baldosas, comenzó a aflojar la corriente, presentí el inicio de la creciente de la tarde y renové las carnadas.

Fue entonces que aquel día, el río me brindó su regalo de bodas, en forma de pejerrey que pesó más de un kilo, en la balancita de pulso que Luján tenía siempre en el bote.

La captura mayor me señaló la hora del regreso, porque ya había sido advertido por mis amigos, que cortaban juncos en la orilla y a quienes la marea también les indicó la terminación de la jornada. Con el bote a remolque y la amena charla de Luján, se fue diluyendo la tarde hacia una mesa cordial, sencilla, y aderezada por el agasajo de los amables isleños.

Fue un día, por varios motivos, de sensaciones imborrables; sin embargo, todo aquello nunca más se repitió. No está más aquel ranchito, no están Licha y Luján, y los arroyos, y los Bajos cambiaron tanto, que ahora forman parte de la misma nebulosa en la que están el rey Don Juan y los infantes de Aragón.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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