Viernes 17 de septiembre de 2021
PESCA | 21-08-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Estanislao, el “ruso”

En el sur del barrio de Flores, toda la resiliencia de inmigrantes en la mirada de un niño, y en una sonrisa que traduce tristeza; una amistad perdurable que no supo jamás de orígenes distintos ni procedencias. Un texto de Rodolfo Perri.

Estanislao su nombre, relicto de la última tanda de inmigrantes, anterior a la Segunda Guerra, cuyos padres encontraron precario refugio, techo y pan, en la ciudad que había recibido el impulso y la crisis de la primera conflagración, esa, que había sido denominada “la última guerra”. Ellos se acomodaron en una de esas casas de departamentos de corredor largo y estrecho, casi interminable, con puertas de un solo lado, que reemplazaron a los conventillos de la primera mitad del siglo.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

Una masa importante de polacos, estonios y lituanos, que llegaron mezclados con calabreses, sicilianos, gallegos y turcos. Los del centro de Europa, y mucho más si eran judíos, dirigieron sus anhelos a la educación y el título universitario para sus hijos. Se adhirieron de inmediato a ese complemento de las libertades republicanas que recién se iniciaban en nuestro país. Estanislao debió ser, como tantos otros, “el rusito”, en la barra de la esquina. Para contradecir la costumbre, apenas superó los siete grados de la escuela elemental y se negó, obstinadamente, a todo otro tipo de educación. Ni qué decir de una posible carrera de nivel terciario. El eligió la libertad, el amanecer de los potreros de Soldati y de Lugano, las “bagabundias” del Puerto Madero y las escapadas hasta donde, entonces, se construía la Costanera Norte y el Club de Pescadores, en una lucha tenaz contra los bañados de Núñez y la Estación Rivadavia.

Estanislao, tan impermeable para el fútbol como para los estudios, eligió el aire puro y el horizonte amplio. A veces yo le decía “rusito”, y entonces, obtenía de él una sonrisa, que en verdad muchos años más tarde pude descifrar en toda su congoja. Una tristeza de gheto, persecución y necesidades, hasta desembocar en sucesivos sacrificios, parecía adueñarse de su rostro cuando quedaba en silencio. Refugiado en mis soledades de huelga y caña, para imitar un poco a Güiraldes, me mantuve entonces ajeno al drama que se cernía sobre el viejo mundo y del cual, previsores, los padres de Estanislao habían escapado a tiempo. Nos hicimos buenos amigos. El sobretodo, que terminó raído, fue uno de los primeros regalos que le hice. Nunca lo olvidó. El sobretodo y la gorra de visera, todo un símbolo, que en las madrugadas de domingo aparecían en la esquina de Avenida Caseros y José Mármol. El atuendo me permitía constatar su puntualidad desde el balcón de mi casa. Llegaba siempre con tiempo; pasaba sigilosamente a la cocina y allí disfrutábamos de un café con leche con sándwiches de jamón crudo, obra inolvidable de mi querida abuela. Después, siempre en silencio, bajábamos por las escaleras al frío y la soledad de la caminata hasta Boedo, para tomar el tranvía 55, rumbo a Retiro y a la escollera de piedra de la Dársena “F”.

Entonces yo tendía mis espineles cuando ya había salido el sol y mis dedos, un poco menos ateridos, me permitían encarnar la ristra de veinte anzuelos, blancos, de paleta, cuyo nudo aprendido mirando a los pescadores de La Boca, era uno de mis orgullos.

En ese tiempo la Dársena estaba vacía. No tenía utilidad, salvo para albergar los hidroaviones de la entonces C.A.U.S.A., o Compañía Argentino- Uruguaya de Servicios Aéreos. Allí pescábamos pejerreyes cuando había pique. En verano íbamos al malecón de la Ítalo, frente al río abierto; en cambio, la pesca en la incipiente Costanera era más abrigada, y la reservábamos para los días helados de Julio y Agosto.

El “rusito” resultó un gran camarada pero notablemente parco. Apareaba su paso al mío, ligero por la ansiedad de llegar al sitio elegido antes que otros entusiastas de la pesca, y seguía mis elucubraciones, discursos, y promesas de aventuras, envidiables aún en la mente de Salgari. Cada nombre de barco era entonces una invitación. Estanislao me escuchaba y recuerdo, nítidos, sus ojos brillantes de asombro por las feroces proezas de las cuales me creía, estoy seguro, digno destinatario.

Él, que era, en cierta forma, producto de tenebrosas persecuciones y éxodos interminables, se admiraba de las embestidas a sable y lanza que, yo le contaba, fueron jalonando nuestra marcha lenta hacia la mayoría de edad como nación. Se asombraba con mis relatos y mi memoria mientras, mate en mano, esperábamos el momento de levantar los anzuelos. Así le fui enseñando las distintas fases de esa expoliación al río; incluidos claro, el descamado, evisceración y posterior cocción en la sartén.

En ese tiempo llegó para mí el Colegio Nacional y para él, el mostrador de una tienda, donde su padre le consiguió un empleo. Los domingos, sin embargo, por largo tiempo siguieron siendo nuestros.

Luego dejamos de vernos por años de años, y por un amigo común, supe que alcanzó un buen nivel en los negocios, y que siempre recordaba la pesca y mi amistad, así como yo su sonrisa, que fui valorando y añorando después. Debe haber conquistado cierta felicidad, a su manera, como todos. Por mi parte guardo ese rostro y rescato esa actitud, como una constante recuperación de la vida.

Aún hoy, cuando me hablan de conflictos, guerras, y miseria, Estanislao es un recurso casi infalible, para todas aquellas preguntas sin respuesta.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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