jueves 27 de junio de 2019
11-12-2018 12:28 | PESCA

Bañados de Las Lechiguanas

Si bien no alcanzaron los portes esperados, las tarariras se están convirtiendo en la vedette de las especies de río. Ver galería de imágenes

Un rincón privilegiado del Delta, pleno de arroyos, riachos y canales que se van alternando en este paisaje entrerriano que también se salpica con ambientes isleños. Así es Ibicuy, ubicada a orillas del brazo del Paraná del mismo nombre, al sudeste de la provincia de Entre Ríos; una cita obligada para los pescadores que buscan las mejores zonas para capturar tarariras, patíes, surubíes, sábalos, bogas, bagres amarillos y blancos, rayas y carpas, entre muchas otras especies. La oferta es amplia.

Allí hay muchos servicios de camping con instalaciones adecuadas para el pescador, además de bungalows y cabañas. Podría afirmarse que esta localidad es un conglomerado de islas, arroyos y ríos donde el gran Paraná comienza a preparar, luego de recorrer miles de kilómetros, su desenlace en el Delta. Además es zona ideal para el avistaje de aves y para hacer trekking por sus humedales y senderos.

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Durante el verano, a los habitantes de Buenos Aires les basta con cruzar los puentes del complejo Zárate-Brazo Largo para llegar a la provincia de Entre Ríos y elegirla para olvidarse de todo y comenzar el relax. Artesanos, pescadores, tejedores de mimbre y caña ofrecen al turista sus productos. Pero, por sobre todo, es una de las provincias donde la pesca deportiva se ha ganado, gracias a fiestas, encuentros y eventos nacionales y provinciales, un merecido lugar en la agenda anual de los aficionados de toda nuestra Argentina.

Este año las tarariras –en varias lagunas y espejos de la provincia de Buenos Aires– comenzaron a activarse en el último mes del invierno, cuando todos tenemos en mente que esta especie esta hibernando. Por lo tanto, ante la ansiedad por saber cómo estaba la pesca deportiva en Ibicuy, me puse en contacto con Javier Gattinoni para hacer un relevamiento de la zona. Inmediatamente me dijo: “¡Venite ya!, las tarariras están tomando artificiales”. Obviamente no lo dudé y elegimos un sábado en que los vientos no nos jugaran en contra, porque hay que navegar sobre el Paraná Ibicuy más de 45 minutos para llegar a la mejor zona de pesca.

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Hacia Mazaruca

A las ocho de la mañana ya me estaban esperando en el complejo Las Cabañas, cerca del puerto, con su cómodo trucker en el agua. Javier, Daniel y un pequeño gran pescador –Patricio– de apenas ocho años, todos de apellido Gattinoni, serían de la partida. Inmediatamente pusimos proa río arriba, haciendo un par de paradas sobre el Paraná en la zona de Mazaruca, para buscar algunas correderas que ellos conocen. Allí efectuamos unos lances al golpe sobre la costa, en busca de doradillos que ya habían comenzado a aparecer. Debido a que teníamos el viento del Este no pudimos garetear la costa elegida. Decidimos, entonces, bajarnos y caminar más de 30 m para tirar nuestros artificiales tipo cardenal –que rinden muy bien para esta especie– paralelos a la costa. En los dos lugares que bajamos disfrutamos de los bruscos piques y llevadas de esta especie.

Pero en nuestra mente estaban las tarariras, así que pusimos proa a las Islas Lechiguanas en busca de los arroyos y bañados que cubren todo este sector, y ofrecen al pescador deportivo una excelente experiencia y unos paisajes increíbles. Pudimos observar que a lo largo de la costa de Ibicuy, en el margen derecho del Paraná, hay un camino de más de 20 kilómetros sobre el borde, en el cual muchísimos pescadores pasan el fin de semana despuntando el vicio en familia.

A medida que íbamos navegando, parábamos en las zanjas que se forman a lo largo del río. En las que podíamos bajar, vadeábamos cientos de metros hacia adentro, ida y vuelta, para realizar nuevos lances en horas de la mañana con artificiales de media agua, probando también con gomas y cucharas N° 4 para molestarlas y activarlas. Comenzamos a tener respuestas con muchas de ellas pinchadas, y también muchísimos piques errados debido a que no atacaban con total voracidad, como errando el tarascón. Después de dar con la tercera zanja, Javier se dispuso a cocinarnos un excelente asado orillero. Sin duda, uno de los mejores momentos del día.

 

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Una vez realizada la “recarga de baterías”, seguimos probando y, a medida que la temperatura subía, nos animamos a intentar con señuelos de superficie. Llegamos a un bañado que era todo vegetación y tiramos sobre los pastos. Ahí sí, la cantidad de ataques que tuvimos fue increíble. Muchos resultaron errados debido a que atacaban a destiempo; es más, cuando recogíamos y levantábamos el artificial pegado a la embarcación, también teníamos embestidas.

Por momentos no sabía a quién fotografiar: ¡teníamos piques al mismo tiempo los cuatro! Nos llamó la atención la cantidad de ataques errados, fuera de tiempo, tanto de profundidad como con los artificiales de superficie, por lo que en varias oportunidades probé dar vuelta a los anzuelos –dejándolos al descubierto–, lógicamente corriendo el riesgo constante de engancharlos, pero fue una de las maneras de no perder tantos piques. Seguramente, cuando comience a levantar la temperatura disfrutaremos de sus ataques explosivos y sus corridas buscando la profundidad, queriendo zafarse de nuestros engaños.

Un espectáculo aparte fue Patricio, el hijo de Daniel, quien con tan sólo ocho años nos dio una clase de pesca con señuelos increíble. Se bajaba de la embarcación a vadear y cambiaba sus artificiales de acuerdo a cómo veníamos pescando: si a superficie o a fondo. Utilizaba perfectamente el bogagrip, nosotros sólo le sacábamos el señuelo al pescado con la pinza, para devolverlo inmediatamente después de las fotos

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Sembrando pescadores

Muchas veces hablamos de pescadores furtivos o de la depredación que algunos hacen pero pocas veces se habla de los padres que inculcan este hermoso deporte, cuidando y respetando tanto las especies como los lugares que visitan, llevándose todo lo que descartamos en la salida. Tal vez no todo está perdido, hay pequeños gestos y valores que cada uno de nosotros podemos contagiar.

A las cinco y media el guía decidió dar por terminada la jornada de pesca, teniendo en cuenta que casi teníamos una hora para navegar de regreso. Si bien no pudimos dar con las grandes tarariras, que sabemos que hay, nos llevábamos la gran sorpresa de la cantidad y buena salud que tiene esta especie. Creemos que este año va a ser la vedette, y está en nuestras manos cuidarla, devolverla y respetar la veda que comienza dentro de poco.

Emprendimos el retorno disfrutando de una caída del sol entremezclada con arboledas y arroyos. Ibicuy está a punto para la bitácora de todos. Un pesquero para disfrutar tanto de costa como embarcado, que permite aprovechar con amigos y en familia los campings que hay a lo largo de su costa. No se lo pierdan.

 

Nota completa en Revista Weekend del mes de Diciembre, 2018 (edicion 555)

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Daniel Rodríguez

Daniel Rodríguez

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