Thursday 18 de April de 2024
PESCA | 30-12-2023 10:00

Albufera de Mar Chiquita, pasión por los chatos

Tras un buen arranque en cantidad y calidad de ejemplares, la temporada de lenguados promete ser inolvidable. Y nosotros estuvimos ahí para descubrirlo y compartirlo con vos.
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Llegó un llamado esperado desde Mar Chiquita (provincia de Buenos Aires): “Venite que está bueno”. La frase mágica resumía muchas cosas: que habían pescado muchos lenguados del modo tradicional con carnada, y que también estaban activos tomando artificiales, tanto vinilos como moscas.
Juanjo Medina es el guía de referencia en la albufera, con casa frente a ella y hospedaje para clientes. Desde su ventana ve a diario el movimiento de mareas y pescadores, y lee la laguna como pocos. A su lado, Hernán Fernández, pescadorazo que ha engalanado estas páginas con múltiples notas de tapa, nos convocaba para mostrarnos por qué eligió Mar Chiquita como su lugar en el mundo, al punto que se fue a vivir allí armando una pequeña flota de lanchas de fondo plano, ideales para moverse en aguas bajas y entre bochones de poliquetos.   

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Pero… a pesar de contar con los guías ideales y las carnadas óptimas, quien decidió un imprevisto quite de colaboración fue el tiempo. En la jornada de arribo se desató un vendaval de proporciones épicas que nos tuvo mirando Windgurú casi toda la jornada hasta que, al filo del ocaso, decidimos hacer una incursión pese a la lluvia.  El mar embravecido pasando la boca no impidió que un pescador al vadeo se metiera hasta la cintura para lograr 12 lenguados, aunque las condiciones desaconsejaran esa pesca peligrosa donde errarle al veril o no usar palo de vida pueden costar caro. Nosotros salimos haciendo trolling con una embarcación rumbeando hacia el interior del espejo, tocando varios puntos sin éxito, hasta que en Punta Pejerrey tuve la suerte de cobrar mi primer chato, un ejemplar mediano que sirvió para justificar la osadía de salir a pescar bajo esa lluvia persistente.

Revancha con sol

Al otro día el pronóstico preveía fuerte viento por la mañana del cuadrante sur, limpiando las nubes desde el mediodía en adelante. Y no se equivocó. Salimos en las dos lanchas, Hernán conmigo y Juanjo con clientes, trabajando en “S” por veriles cercanos a la boca, para luego apuntar las fichas a la zona comprendida entre Punta Pejerrey y Punta Ondina, es decir, pasando el Puente de Celpa que lleva a la base militar.
La idea era trollear hasta detectar las manchas, es decir los apostaderos donde los lenguados suelen agruparse. Una vez capturado uno es conveniente detener la lancha, tirar un ancla (se llevan dos, una en proa y otra en popa) y hacer spinning en la zona para ver si está solo o en cardumen.

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El aparejo usado fue el clásico de dos anzuelos que, a sugerencia de nuestros guías, encarnamos con filet de pejerrey atando la parte de la cola con hilo mágico en la punta del ojal del anzuelo, para que quede un triangulito bien presentado. La brazolada de abajo siempre lleva boya elevadora a unos 20 cm del esmerillón. Y, como dato importante, nuestros guías ya tenían previamente cortados los filets (y conservados en frío para que no se deterioraran), hecho que no nos hacía perder tiempo en encarnes. 
Logramos en las primeras horas algunos platitos de pequeño porte que devolvimos religiosamente. “Se va a poner mejor después del mediodía”, aventuraron los guías. Sin embargo, en la lancha de Juanjo, uno de sus clientes logró un hermoso ejemplar de unos 3 kilos.

Sólo quedaba insistir

Por desgracia el pronóstico se cumplió a rajatabla y las lanchas (unas 40 ese día) daban vueltas constantemente, símbolo de que la cosa venía difícil. Y como la marea no había metido agua, no podíamos llegar a una zona de fuego importante donde nuestros guías habían hecho fabulosas pescas en días anteriores. Así las cosas, solo cabía insistir en donde tuviéramos fe.
Como era de esperarse y al compás de un viento que empezó a aflojar después del mediodía, los chatos empezaron a moverse lentamente. Un buen lenguado que pesqué en Punta Ondina, cerca del veril, nos volvió a entusiasmar y Hernán sacó a la cancha los vinilos, artificiales de aspecto de pescadito, de unos 12 cm de largo, con colitas de chancho o de remo. En los mismos anzuelos simples donde encarnamos pejerreyes montamos estas gomas y se lograron ejemplares de mayor tamaño que los que veníamos metiendo. Siempre con la metodología de buscar trolleando y parar a hacer spinning cuando detectábamos acción, fuimos haciendo una cosecha que si bien no fue explosiva, fue superando las expectativas que un día difícil prometía. 
Juanjo decidió volver al tramo más cercano a la boca, y allí también logró buenos ejemplares. “Es que cuando el agua empieza a moverse, el lenguado activa. Muchas veces no es que no están, sino que no comen hasta que haya acción de las mareas”, explicó Fernández, que ya tiene el timing de la especie al dedillo.
Por desgracia esta vez no fue rendidora la pesca con moscas. Al hablar con amigos mosqueros que habían salido con otro gran pescador local, Pablo Roura, a intentarlo en esa especialidad, los resultados fueron nulos. Y a la altura de San Gabriel, donde se venían dando lenguados en fly entre semana, tampoco habían logrado ejemplares. Estaba claro el escenario: ese día puntual había que peinar mucho terreno en lancha, lograr alguno cada tanto y tratar de tentar otros ejemplares que anduvieran cerca.

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El camino de regreso nos encontró peinando nuevamente veriles en Punta Ondina sin éxito y a la altura de Punta Pejerrey logramos algún ejemplar menor. No nos convenció ese rinde y volvimos a pasar el puente de Celpa para probar a la altura del Paso Gómez en pozones profundos que nos obligaron a cambiar los plomos de 20 gramos que veníamos usando por otros de 60  para bajar las líneas al fondo y sentir el repique al trollerar lento. Este es un punto clave: si no sentimos que la línea viene tocando fondo no estaremos pescando adecuadamente. Y si el plomo es muy pesado, motivará muchos enganches con el consecuente incordio de tener que pegar la vuelta para ir a buscar las líneas. La experiencia o el consejo de un buen guía como Juanjo le dirán al pescador novato qué plomo (en formato perita o almeja) debe usar en cada situación. 
Otro punto importante es distinguir entre pique o enganche. Usamos de forma perpendicular al bote cañas finas, de 2,70 m, ideales para separar las líneas de pesca de la de acción del motor. Y pescamos con reeles rotativos de perfil bajo (tipo huevito) a pick up abierto, poniendo el pulgar encima del tambor. El pique del lenguado es seco y entonces soltamos el pulgar, dejamos que coma bien unos 10 segundos en los que la caña se irá cargando y luego clavaremos con un pequeño golpe de muñeca. El freno del reel al clavar debe estar ajustado, pero  al comprobar que hay un pescado, aflojaremos la estrella para evitar cortes antes los embates de lo que puede ser una torta, es decir, un lenguado grande. O bien una corvina negra, que también puede sorprendernos tomando las carnadas destinadas a los lenguados.   

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La tarde fue perdiendo luz y en los pozones de la salida de Paso Gómez metí el lenguado del estribo, un hermoso ejemplar que –a diferencia del resto– fue invitado a quedarse para convertirse en nuestra cena. Sin dudas, merecido premio tras haberle puesto el pecho a las inclemencias de un clima que nos jugó en contra. Pero que nos deja la promesa de volver semanas después para encarar otra jornada exclusivamente mosquera y contar el cuento desde otra técnica, con otras emociones por vivir

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Wilmar Merino

Wilmar Merino

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