Viernes 23 de abril de 2021
PESCA | 10-12-2016 13:43

Tarariras azules en kayak

Un encuentro con las hermosas tarariras azules del río Polanco del Yi, en Uruguay. Equipos y técnicas.
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Teníamos ganas de darnos el gusto de pescar taruchas y decidimos cruzar el charco. Nos pusimos en contacto con Miguel Tripani, amigo pescador de Uruguay, deseosos de ir por las muy codiciadas tarariras azules. Sabiendo que ya estaban activas, la idea era hacer una travesía de dos días en kayaks recorriendo una gran parte del río Polanco del Yi. Alrededor de 40 kilómetros entre paisajes con playas de arena, aguas cristalinas y barrancos de piedras. Para el fin de semana pronosticaban muy buen clima, con poco viento, ideal para hacer la flotada. La localidad uruguaya Polanco del Yi está distante unos 290 km de Fray Bentos, donde comienza la ruta 2, cruzando el Puente Internacional en Gualeguaychú, Entre Ríos.

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Partimos un viernes a las 16 horas, para llegar al punto de encuentro por la noche. Ya había arribado toda la barra de San Bautista, con un tráiler con diez kayaks bien equipados con todo lo necesario para acampar dos noches. Previo armado del campamento, asado de por medio, nos fuimos a descansar para levantarnos bien temprano al día siguiente. Amanecimos con una jornada espectacular, terminamos de levantar lo que llevaríamos y el resto quedó en los vehículos. El domingo por la tarde tendríamos que volver al camping para desplazarnos al punto de llegada.

A las 8:30 todos los kayaks estaban en el agua, partiendo del río sobre la ruta 42. Los primeros 5 km los hicimos remando parejo, sin pescar porque es la parte más trajinada por los aficionadas durante los fines de semana al tener su acceso por caminos de tierra, por ende hay menos pesca ya que es una franja muy castigada. La idea era llegar a zonas sin acceso terrestre sino sólo por agua, a lugares salvajes donde estas tarariras no conocieran los anzuelos.

La primera laguna que apareció quedaba atravesada en el río, con suaves playas y arbustos sarandíes que están a lo largo del cauce. Allí hicimos los primeros intentos para dar con las taruchas. Encontramos varias lanchas pescando en la modalidad de trolling con motores pequeños. Al desplazarse el agua muy suave sin tanta correntada, nos permitía realizar unos lances contra los acantilados de piedras, en la modalidad de bait-cast, y otros probando sobre los márgenes de la playa, donde las hembras hacen sus nidos para desovar y el macho patrulla la zona. Ni bien cayeron los señuelos al agua tuvimos muchas respuestas de varias tornasoladas.

Luego de recorrer la laguna en su totalidad, se venía el primer desafío de la jornada: unos rápidos muy caudalosos y fuertes porque el río estaba medio metro, o un poco más tal vez, por encima del nivel normal. Nos largamos, deseando no mojarnos desde tan temprano, pero fue en vano. Tuvimos varios vuelcos, por lo que decidimos que la próxima corredera la pasaríamos caminando, dejando que el kayak vaya primero para ir frenándolo. Así y todo, la correntada nos lo sacaba de las manos, volcándolo. Tuvimos que rescatarlo con cuidado ya que muchísimas piedras grandes estaban por debajo y no las veíamos.

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Los primeros piques

Aguas abajo, pasado el mediodía y cerca de los 10 kilómetros del recorrido, hicimos una parada para almorzar. Buscamos una pequeña sombra y luego de una buena recarga de baterías partimos entusiasmados y ansiosos, no queríamos perder el tiempo.

Por momentos teníamos el viento de frente, que más el pesado equipaje hacían que nos esforzáramos por avanzar e ir eligiendo lugares propicios para lanzar los muñecos. Cayendo la tarde comenzamos a tener las mejores respuestas. Básicamente se dio mucho el pique en la parte llana, en las orillas donde se formaban remansos, sector especial donde la tararira permanece quieta, con agua bien oxigenada y cristalina.

Por momentos el pique se cortaba. Las tarariras tomaban mayormente señuelos de color amarillo y de media agua, promedio entre 1 y 1,5 metro de profundidad. Era inútil probar con señuelos de superficie, como las clásicas ranitas de látex. En las correderas tuvimos muchos piques troleando. Algunos se perdieron, pero no era que estuvieran comiendo mal, sino que no peleaban como nos tienen acostumbrados. Igual pudimos sacar unas cuantas y de gran porte.

La cuarta laguna tenía el fondo completamente cubierto de piedras. Allí fue donde dimos con los mejores piques y peleas, por momentos dobletes y tripletes, haciéndose difícil poder registrar imágenes de todos los kayaks. El sábado tuvimos la suerte de concretar muchos piques, y más aún sobre el atardecer.

En un momento tuvimos que pescar un poco menos y remar más para llegar a la mitad del trayecto (donde haríamos campamento) y que no nos tomara por sorpresa la noche en la boca del arroyo Maestre Campo. Quedaban para el día siguiente tres espejos más: las lagunas Camilo, El Inglés y otra muy buena ubicada 3 km antes de llegar al paso San Borja, que era nuestro destino final, en un camino vecinal del departamento de Durazno, donde tiraríamos los últimos señuelos.

Cuando teníamos que avanzar en las lagunas de poca correntada, la modalidad que usamos para pescar fue el trolling, arrastrando los señuelos unos 20 metros atrás del kayak. Lo mejor se dio después del mediodía tirando hacia las orillas: preferentemente donde había piedras o barrancos y en las zonas más playas, encontrábamos a las tarariras cazando.

El domingo largamos a las siete de la mañana y ni bien empezamos a tirar señuelos tuvimos muy buenas respuestas de tarariras. Se dio algo haciendo trolling pero mucho también lanzando contra las barrancas en la modalidad baicasting. Rindieron los mismos señuelos que el día anterior, ya que el color amarillo fue el más eficaz y nadie quería dejarlo de lado. La última dificultad fue el salto de la laguna Camilo, que era alto y muy rápido. Más de uno (me incluyo) juntamos coraje unos minutos antes de largarnos, pero pasamos sin sobresaltos, sólo fue una buena mojadura.

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La tarucha de mi vida

Tuve la suerte de pinchar una tornasolada de 4 kilos muy peleadora, que me llevó mucho multifilamento a pesar de tener el freno del reel ajustado. Al ver mi emoción y la pelea que se presentaba en el extremo de mi caña, se acercaron a asistirme Gonzalo y el Flaco con sus kayaks: uno en cada extremo, me tenían afirmado para que no me fuera contra los árboles. A su vez, Miguel tomaba imágenes de la pelea que duró alrededor de 10 minutos. Finalmente pude izarla con el copo tomándola por la cola, ya que en los primeros intentos de asirla por la boca se asustaba y volvía a llevarse multifilamento. Miguel me aconsejaba cansarla, darle sedal y hasta que no apareciera en la superficie por lo menos tres veces que no intentara copearla. Una vez levantada, sentí una fuerte emoción, que sólo entenderá un pescador deportivo: recorrer 1.200 km para dar con ellas y llevarme grabado este momento fue increíble. Sentir en mi caña el pique de esa taru enorme, su bravura y su pelea por vivir. Por ello devolverla al agua fue agradecerle el momento vivido. Seguimos pescando y cada vez que sacábamos una, venía una seguidilla de tres o cuatro más, porque estaban en cardumen.

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Cerca del mediodía del domingo llegamos a 4 km del Paso, almorzamos y continuamos pescando en el último tramo. Allí inclusive sacamos un pejerrey con señuelo, más unos cuantos cabeza amarga pero de muy pequeño porte.

Las cañas empleadas fueron de 6/12 y de 8/17 libras (1 libra = 0,453592 kilo) de dos tramos, ya que si utilizáramos alguna más rígida correremos el riesgo de que en un salto o arremetida, si el señuelo no está bien prendido, pueda romper el labio de la tararira.

En todo el trayecto nos acompañó el benjamín del grupo: Manuel Camacho, que le dio batalla a una hermosa tornasol, y con apenas 12 años atravesó toda la flotada en el kayak con su padre, remando a la par, pescando como uno más de nosotros y contagiando a todo el equipo con su afán por pescar y su alegría de vivir esta aventura.

A las 17 llegamos sin problemas al final del destino en el puente del camino a Paso San Borja, donde terminó la travesía. Fue una aventura increíble, a pura adrenalina. Controlar la navegación, transitar los rápidos y, sobre todo, vivir la experiencia de la pelea y devolución de esta fantástica especie. Cada uno de nosotros es responsable de protegerla para que en el futuro sigamos pudiendo decir: ¡pesqué una tornasolada!

Nota completa publicada en revista Weekend 531, diciembre 2016.

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Daniel Rodríguez

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