Lunes 27 de septiembre de 2021
CAZA | 11-09-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Silencios del apostadero

El fin del amor romántico suele significar el fin de los estereotipos, los roles de género y la desigualdad. Es allí donde puede haber lugar para un amor entre iguales, y la perpetuidad. Un texto de Rodolfo Perri.

Con el espíritu en alza, con cierta necesidad de optimismo, digamos que el tiempo, o la edad, nos aportan también una capacidad de observación efectiva y despersonalizada. “Ver las cosas como son”, decían los abuelos.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

De mis viajes obtengo el escenario y los personajes. Como me ocurre siempre, cumplo con la catarsis de describirlos, apenas se me ocurre alguna definición. El solo hecho de la autenticidad, por otra parte, me exime de las teorías y calificaciones.

El coto de caza que visité es una parte de la antesala del desierto; porque en el sur, más allá del Río Colorado, nuestro desierto sigue teniendo la autenticidad propia de los cataclismos. El geosinclinal andino se produjo; elevó la cresta cordillerana pero también algún lecho oceánico. Los geólogos lo saben, y en mi caso no hago sino exponerlo. Pero de ese engendro quedó una llanura monótona hasta la exasperación, una continuidad que puede llevar la mente a ensoñaciones y espejismos de todo tipo. De día, o mejor de noche en plenilunio, yo mismo pude observar a todos los personajes de la Salamanca danzando muy cerca de mí, como aquellos de Ricardo Rojas, en tiempos del colegio nacional.

Dicho entonces, que más allá del Río Colorado reina el desierto, se entiende que está al alcance de cualquiera que quiera manejar, por ejemplo, por tramos de cinco o más horas sin otra visión que alguna mara extraviada, o una punta de esos camélidos sin joroba que son los guanacos. Polvo, viento y camino largo. Esa es la ley de la Patagonia.

 Fue en ese lugar que los conocí a Olga y Rubén. Apuestos y en una lozana madurez, atravesando ese momento envidiable de la vida en que hombre y mujer se encuentran y gozan simplemente, de una correspondencia amorosa, plácida y cabal. Lo inexplicable, en cierto modo, fue que la pareja eligiera el escenario menos amable o romántico que alguien pueda imaginar. Si bien no está ausente algún cromatismo sorprendente y hasta irreal, digamos que en esas regiones, la aridez cubre de ocre monótono hasta el enojo todas las cosas.

Los horarios del acecho son del todo antisociales. Se apostan los cazadores en sus respectivos nichos al caer el sol, y regresan, apenas definida la aurora, adormilados, con hambre y mucho sueño. Entonces apuran el tazón de café con leche, la galleta unánime y se acuestan. Durante el día disponen de cierto lapso después del almuerzo tardío. Luego, a preparar nuevamente los avíos y consensuar con el guía la maniobra a seguir; a intentar, fugazmente y a caballo, un recorrido de rastros, para orientarse hacia una nueva aguada, una nueva ceremonia nocturnal.

Digamos que apenas esbozada la primavera, en esas latitudes el frío es crudamente una hoja afilada, que a lo largo de la noche e inexorablemente, llega a atravesarnos y hacernos encoger hasta tiritar, sin abrigo que valga ni tienda que alcance. Se produce entonces la ecuación del frío, el sueño, y la incapacidad de, siquiera, una breve duermevela. Se arriba así, a un desasosiego, a una vacilación sobre nosotros mismos y nuestros propios límites de resistencia. Puede variarlo todo la aparición del jabalí esperado, pero eso es solamente la excepción. El resto, es soledad, aislamiento, y la sospecha de habernos puesto a prueba aparentemente sin motivo.

Los turnos de caza, con sus variaciones e imprevistos, son de trámite rápido. Solo en la víspera de nuestra partida de regreso, pude hablar unos minutos con aquella pareja. Primero con la mujer: despierta y ágil, con una figura de influencia rubeniana que no le quitaba un ápice de armonía; el mentón firme y la risa franca, con perceptibles destellos de decisión en la mirada. Él, alto y elegantemente desgarbado, mucho más reflexivo y de menos palabras, con los ojos tranquilos de quien no desespera.

De aquella conversación conservo el resultado, el corolario que Olga, delineó cuando me dijo:

- “Venimos aquí en peregrinación. Compartimos la soledad sin la intervención de nadie. Transcurren las horas en el aportadero y nos ponemos a prueba. Todas las preguntas, todas las respuestas, para el hastío, la soledad, las culpas, y la falta de certezas. En ese silencio no hay modo de fingir, y a los siete días retornamos a casa. Los amigos dicen que somos Los peregrinos del amor… y nosotros también.”

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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