19-10-2018 12:48 | BIKE

En bici por el Lago del Desierto

A pocos kilómetros de El Chaltén se puede disfrutar de un circuito de 40 km que descubre lo mejor del paisaje santacruceño.

Desde chico siempre me sonó mítico el nombre Lago del Desierto, y se me antojaba que era casi el final del mundo. Así que, cuando subíamos al minibús con mi hijo Facundo, y mis amigos Alejandro y Néstor (este último con sus hijos Nico y Julián), no podía aguantar mi ansiedad. Sobre todo porque en el tráiler que llevábamos a remolque venían las bicis que habíamos alquilado telefónicamente desde Buenos Aires. Para hacer realidad este sueño partimos temprano desde El Chaltén y luego de hora y media llegamos a la cabecera del lago, que se encuentra en un área protegida recreativa. Una maravilla azul profundo recostada contra la montaña en una orilla, y contra un frondoso bosque de lengas y ñires, helechos, orquídeas y musgos, producto de las abundantes lluvias, en la otra.

Bajamos las bicis y el prestador nos entregó cascos, cámara de repuesto y herramientas básicas. Además nos brindó las premisas elementales para la pedaleada en la que era imposible perderse: hay un solo camino y el viento lo tendríamos siempre a favor. Así que, como ya teníamos nuestras viandas, partimos livianos. El agua la podríamos reponer en las cascadas.

Primero nos dirigimos por sendas un par de kilómetros lago arriba, donde en una playita aprovechamos para hacer fotos –una constante de esta pedaleada– y luego regresamos hasta que un puente colgante nos llamó y lo atravesamos con las MTBs para llegar a la cabecera del lago, donde el viento pegaba lindo.

Pero era hora de pedalear en serio. Por eso partimos por la Ruta Provincial 23 con rumbo Sur, casi paralelos al río De las Vueltas, teniendo precaución con el tráfico, que no era intenso. El día se presentaba glorioso: sol y algunas nubes, temperatura de 19 °C y un entorno maravilloso. El verde del bosque patagónico en todo en su esplendor, las montañas con sus cumbres nevadas y el azul intenso del río a nuestra izquierda. Si le sumábamos las bicis y el grupo de amigos que formábamos, el día perfecto estaba asegurado.

lago del desierto

 

El viento, un fiel compañero

 

Pusimos un ritmo tranquilo por la disparidad de edades –desde mis 54 a los 12 años de Julián– pero con 18-20 km/h de promedio nos fuimos encolumnando. En el primer tramo íbamos inmersos en pleno bosque y el viento no incomodaba, hasta sentíamos un poco de calor. Pero cuando pasábamos alguna zona despejada, el viento nos hacía recordar que estábamos en Santa Cruz: ¡era helado! El camino de ripio estaba en inmejorable estado y señalizado. Nos encontramos con el clásico cartel azul de referencia histórica donde se produjo el enfrentamiento entre nuestra Gendarmería y los Carabineros en 1965, ideal para detenernos un rato a leer la información y sacar unas fotos.

Proseguimos, pero los estómagos ya se quejaban, así que buscamos un lugar para almorzar. Había uno mejor que otro: dos grandes troncos ubicados al sol ganaron por unanimidad. Los que estábamos más pedaleados marcamos las pautas, primero nos abrigamos para evitar la pérdida de calor, después elongamos y finalmente, ¡a comer! Con el sol calentándonos y la panza llena, la verdad es que estaba para una siesta pero el deporte es el deporte y, luego de sacarnos el abrigo, partimos. Llegamos a la laguna Cóndor y allí una tremenda trepada disgregó al grupo, por lo que tuvimos que esperar en lo alto para seguir todos juntos. Pero todo sufrimiento tiene su premio: luego venía la bajada y allí cada uno bajaba a su ritmo de seguridad… si bajar a 39 km/h en el ripio se puede llamar así...

 

Hacia el río Eléctrico

lago desierto en bicy

A partir de allí el bosque bajó en altura y el viento empezó a sacudirnos, a veces a favor, pero generalmente en rachas que nos asaltaban al salir de las curvas, dependiendo de la orientación. La verdad que pegaba lindo y había que afirmarse en el manillar para no terminar en la banquina. Me preocupaba el cruce del puente del río Eléctrico. Lo habíamos pasado a la ida, tenía más de 400 metros de ancho y ahora el viento vendría de nuestra derecha.

Le dije a Julián –el más liviano de los bikers– que se escudara en mi bici. Encaramos el cruce del puente de hierro con piso de madera, bien en el primer tramo pero no habíamos llegado a la mitad cuando escuché un grito, giré la cabeza y vi que Juli salía volando de costado con bici y todo. El viento lo había levantado de atrás; por suerte aterrizó sin raspones.

Por precaución todos desmontamos y seguimos a pie hasta tener el reparo de la montaña. A partir de allí, siempre tuvimos el viento a favor y el viaje se hizo más placentero. La meta era disfrutar, así que parábamos en cada mirador, cascada o lugar que nos gustara.

Ingresamos en la seccional Lago Viedma del Parque Nacional Los Glaciares con un cerro El Chaltén –usualmente esquivo para las fotos– que se mostraba en todo su esplendor: sólo una larga nube lo cruzaba, emulando una gran bandera argentina. Y como había previsto, los estómagos empezaron a gruñir nuevamente, esta vez el Chorrillo del Salto fue el lugar elegido. Dejamos las mountain bikes en el bosque y caminamos hasta el pie de la cascada para nuestro segundo refrigerio y un pequeño descanso.

Retornamos al camino pero allí nomás teníamos una bicisenda trazada por el municipio en la parte más llana del valle, sin dificultades técnicas pero muy divertida que recorre el bosque y sus partes abiertas. La pedaleamos toda, hasta su finalización en la RP 23 donde viento amigo nos siguió empujando. En este último tramo había más tráfico de autos y combis de excursiones que levantaban polvareda por lo que extremamos los cuidados (fundamental el uso de anteojos de sol).

Con 37 km llegamos al cartel indicador del Parque Nacional, sólo nos restaban unos cuatro para devolver las bicis, pero este era el lugar indicado para confundirnos en un abrazo por una pedaleada memorable de padres e hijos.

 

Por: Aldo Rivero

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