Viernes 25 de junio de 2021
BIKE | 14-05-2021 10:06

Pedaleando por senderos en los que el viento se roba hasta el aliento

Travesía de casi 500 km para unir Catamarca con Chile a través de la ruta de los Seismiles, en plena cordillera, con todas las dificultades que ello implica.
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Sol, ¿te imaginas lo que sería hacer este camino en bicicleta?”. Era noviembre de 2011, estábamos a 4.000 msnm en un VW Gol gris y con poca aclimatación. Yo andaba muy concentrada en agarrar una botella de agua del piso sin bajar la cabeza para no apunarme y Javi soñaba en voz alta. “Javi, es imposible, si camino cinco pasos seguidos y me agito, imaginate en bicicleta, me muero de un paro cardíaco”. Pero él no me prestaba demasiada atención y continuaba de cara a las montañas con esa mirada que a mi me gustaba tanto, porque los ojos le brillaban con fuerza y yo ya sabía que no había vuelta atrás.

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Algunos tienen grandes fortunas, otros suerte o una carrera prestigiosa. Yo, lo tengo a Javi. Por eso, cinco años después, un despertador sonaba insistente en un caño de colores que era parte de los juegos de una plaza y los señores de limpieza de la municipalidad miraban algo desconcertados cómo dos ciclistas despeinados salían de ahí adentro. Estábamos en Fiambalá, Catamarca, y habíamos hecho uno de los vivac más divertidos de todos los viajes, gracias al señor de los ojitos con brillos al que le encanta eso de no armar carpa y andar tirando la bolsa de dormir en los lugares más disparatados que existen. Desayunamos huevos revueltos, cargamos nafta en el calentador MSR y salimos con térmica y rompevientos porque la mañana estaba fresca. Íbamos rumbo al Paso de San Francisco y yo no podía dejar de pensar qué diría ahora la Sol de cinco años atrás. El camino del lado argentino estaba completamente asfaltado y nos daba la oportunidad de ocupar la mirada en todo ese conjunto de rocas, formas, colores y contraluces.

Paisajes asombrosos

La primera vez que descubrimos la ruta de los Volcanes o ruta de los Seismiles, que es el nombre con el que se la conoce por estar rodeada de volcanes de esa altura, no podíamos creer la belleza que nos desbordaba los ojos. Transitábamos en el auto con medio cuerpo afuera de las ventanillas y el asombro desencajado. Ahora volvíamos a recorrer los mismos paisajes, pero esta vez en nuestras bicis, y todo aquello que nos rodeaba se volvió poros, aliento y hogar. Teníamos refugios durante todo el trayecto, lo que nos daba una tranquilidad extra, muchas casitas con leña en medio de las montañas esperándonos para protegernos del viento y del frío.
El primer día, como siempre, costó bastante: el desnivel, la adaptación después de algunos días sin pedalear, la lucha por acallar la mente y dar lugar a las sensaciones para que, lentamente, pudiéramos volver a ser presente y montañas.

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Después de 55 km llegamos a nuestra primera casita, podíamos seguir unos 12 km más hasta el próximo refugio, pero la hora mágica había empezando y nosotros estábamos entre las montañas en un refugio frente al río, así que mientras la pava nos avisaba que ya estaba el agua para el mate, decidimos que si había algo que nos gustaba de viajar en bicicleta era la llegada a destino y todo aquel ritual que repetíamos una y otra vez en distintos puntos del mapa: cambiábamos zapatillas por Crocs, ropa apretada por suelta, tomábamos algo calentito, nos tirabamos a descansar sobre tierra, pasto, arena, piedras o –en este caso– piso de refugio en las montañas. Comíamos, comíamos mucho y finalmente nos despojábamos de todo: ideas, cuerpo, voz, para disfrutar del silencio en medio de algún nuevo atardecer en otro nuevo y maravilloso horizonte.
Entre refugios y pedaleos cantados fuimos subiendo metros sobre el nivel del mar: 3.000, 3.500, 4.000. La cosa se empezó a complicar recién a mitad del tercer día porque el viento se acordó de que era viento y quiso soplar bien fuerte para confirmar sus orígenes, entonces tuvimos 30 km de ráfagas agotadoras y la lucha inevitable con esa vocecita interna que nos visitaba siempre en los momentos críticos: ...que no puedo más ...que así yo no sigo… que no vamos a llegar… que si hubiéramos salido más temprano, más tarde o no hubiéramos salido... que quién me manda a mi a andar cruzando 43 veces la cordillera. No nos hablábamos,
no era necesario, sin embargo los dos sabíamos que el cansancio físico no importaba, porque el gran motor que nos mantenía en camino era mucho más complejo, maravilloso e infinito que un simple par de piernas.

Cambio de geografía

A medida que subíamos, el entorno cambiaba sus formas para volverse todo puna e inmensidad. La vegetación dio paso a arena, minerales y rocas de diversos colores. Los cerros se volvieron volcanes nevados y la brisa dejaba de ser placentera para convertirse en viento frío y fuerte. Piscis, Incahuasi, Ojos del Salado, San Francisco. El placer de estar pedaleando entre aquellos volcanes se volvió emoción y lágrimas. Cuando llegamos a Las Grutas estaban los 3J, que a pesar de su seudónimo no eran superhéroes ni personajes de una película de acción, sino mucho más que eso. Los 3J era como se hacían llamar los trabajadores de vialidad provincial que estaban en el refugio de Las Grutas, a 4.100 msnm, en verano e invierno, con sol, tormentas de nieve o 20° bajo cero, para recibirte entre chistes, encender la leña y abrigarte a su forma, con pan casero, una ducha caliente y música de acordeón.

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Nos dimos un día de descanso y termas para salir hacia el límite internacional. El camino subió un poco y otro poco más, pero la llegada se hizo cortita: 4.726 msnm y la felicidad quiso ser baile. El cartel que dividía un país del otro marcaba también la frontera entre el asfalto y el ripio, a partir de ahora tocaba Chile y rebote. Nos dijeron “tooodo bajada” y sin duda supimos que íbamos a tener que pedalear. Lamentablemente no nos equivocamos, ripio en malísimo estado, muchísimo viento en contra y, como resultado, bajar a 8 km/h con mucho esfuerzo. Pero esta vez la vocecita no se atrevió a molestar, estábamos a 4.726 msnm en medio de Los Andes, rodeados por las montañas más lindas del mundo y nada podía ser más importante.

Encuentro inesperado

Cruzamos una camioneta de carabineros, quienes nos invitaron a que los esperemos en su puesto frente a Laguna Verde. Por las noches hacía mucho frío y ellos podrían darnos un lugar reparado donde dormir. Después de bajar un poco más apareció la laguna. Verdes y marrones, blancos, celestes y flamencos. Qué importan el viento, el ripio o el frío, qué importa.

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Alrededor de las 7, con las primeras luces del día y el cuerpo casi inmovilizado de tanto abrigo, salimos a pedalear; el ripio estaba muy suelto y al parecer para que entremos en calor tocó subida. Nos agitamos, nos sacamos el abrigo, dejamos atrás la Laguna Verde y el camino empeoró. Una nueva y enorme pendiente con ripio totalmente suelto nos bajó de las bicis para subir empujando. Después de ascensos y bajadas llegó el asfalto y, con él, también el viento en contra. Continuamos en altura a 4.500 msnm, los volcanes parecían multiplicarse, pero el camino seguía sin bajar y el viento se ponía impedaleable. Llegamos a una pequeña casita roja, faltaban 40 km hasta migraciones, teníamos poca agua y estábamos en altura. Decidimos seguir, todavía quedaban horas de luz y el camino en algún momento tenía que empezar a bajar.
Tan solo algunos metros más adelante dejamos de pedalear y tuvimos que comenzar a apretar los frenos, lo que hasta hacía unos minutos nos parecía imposible ya era un hecho. Después de viento, ripio, subidas y 90 kilómetros agotadores, ese día íbamos a llegar.  
Allí abajo nos esperaba Copiapó, con calor, jugos de piña, helado y un día de descanso para salir rápidamente hacia nuestro próximo paso, Pircas Negras. Las ciudades nos eran cada vez más extrañas, ruidosas e incomprensibles, tal vez porque la cordillera nos estaba cambiando profundamente para desconocernos entre bellos crecidos, piel curtida, duchas en ríos helados y la voz perdiéndose en lo inmenso, para encontrarnos como nunca antes: salvajes, auténticos, únicos...

Detalles para tener en cuenta

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  • Altura: se llega hasta los 4.726 msnm.
  • Terreno: del lado argentino el paso está completamente asfaltado hasta el límite internacional, en cambio en Chile la mayor parte del camino es de ripio en mal estado.
  • Tránsito: desde hace algunos años la provincia de Catamarca comenzó a incentivar el turismo en toda la zona de la ruta de los Seismiles, por lo que en la actualidad el paso San Francisco en época de verano está medianamente transitado.
  • Agua: en el tramo argentino se encuentra sin dificultad a lo largo de todo el trayecto, pero en Chile se vuelve un problema, es necesario llevar agua para dos días como mínimo.
  • Época: la mejor del año para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses, averiguando con anterioridad si el paso está abierto. Es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero, febrero) por las tormentas eléctricas y los aludes; y en invierno (mayo a agosto) por las nevadas y bajas temperaturas.
  • Viento: comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. Es fuerte y constante, por lo que es recomendable –si se cruza desde la Argentina– salir bien temprano para lograr avanzar sin tener que hacer grandes y desmoralizantes esfuerzos.

Mapa de la zona

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  • Distancia total: entre Fiambalá y Copiapó:
  • 482 kilómetros
  • Frontera: los puestos no están unificados y se encuentran a 150 km de distancia el uno del otro, por lo que es importante verificar que el trámite de salida o entrada se realice como corresponde. Para comprobarlo, en cualquiera de los puestos se recibe una tarjeta migratoria que se deberá presentar para poder pasar la próxima frontera. Argentinos o chilenos solo tienen que presentar el documento de identidad; extranjeros, el pasaporte. Al ingresar en Chile es muy probable que la aduana haga completar una declaración de las bicis con las que viajamos, ya que en Chile la bicicleta es considerada un medio de transporte.

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Marisol López

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