Lunes 26 de septiembre de 2022
AVENTURA | 05-03-2022 14:00

Relatos a cielo abierto: Rumores de La Horqueta

La aventura de un grupo de muchachos cruzando las entrañas de una isla del Delta, y décadas más tarde el testimonio de Rodolfo Perri, que siempre arribaba a conclusiones rotundas.

Cuando compramos Isla Nagüe, el entusiasmo de haber llegado a tener un retazo de la Segunda Sección del Delta, pura selva y agua quieta, y nuestra ansiedad de pescas fabulosas, nos llevaron a un error de cálculo bastante serio. El veterano vendedor, quien nos trasladó en su lancha, nos advirtió:

- “Comprar es lo más sencillo; el resto, construir la casita y mantenerla, es lo difícil”.

Y en verdad, el capital apenas nos alcanzó para reponer el techo de chapa y arreglar como se pudo el embarcadero. El bote era esencial, pero usábamos, a veces, la canoa tronquera del viejo Thomson, que era, realmente, el dueño de toda la isla, y nos había cedido ese espacio de 25 por más de 200 metros.

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La pesca, entonces, se reducía a las veces que llegábamos en la lancha de pasajeros, y “La Bomba”, tal el nombre de nuestra canoa, permanecía amarrada y sin carga aparente.

De tal forma, nuestro horizonte se limitaba a las recorridas a pie por la isla, en busca de algún muelle con remanso y contracorriente, para, allí, lanzar nuestras líneas. Nos acompañaba el islero de Thomson, Don Luján Fuentes, pura buena voluntad y parsimonia provinciana, mientras “Licha”, su mujer, cocinaba uno de esos guisos sustanciosos, como para el batallón de famélicos muchachos que éramos entonces.

Llegar al Bajo del Temor era la meta, en verano para el dorado y la boga, en invierno para el pejerrey. De las caminatas por el albardón, ese borde externo más elevado, y por tanto, más transitable, que casi toda isla tiene, surgió una suerte de croquis, para alcanzar los supuestos apostaderos.

Cierta tarde de lluvia y humo de sauce verde en la cocinita de Isla Nagüe, Luján mencionó por primera vez “La Horqueta”, un lugar misterioso en el medio de la isla, puro maciega y cortaderal; tenebroso refugio de las últimas leyendas salvajes, de ese rincón aún entonces olvidado hasta por los propios isleños.

La Horqueta de marras era un brazo, otrora importante, del Caracoles, que atravesaba por el centro a la isla triangular y comunicaba al Canal 2 con la salida del Felicaria al Bajo del Temor. El problema era llegar, porque un bloque de vegetación salvaje la defendía de los intrusos. Por sus márgenes se podían reconocer, de tanto en tanto, la huella bisulca de algún ciervo de los pantanos; tal era el aislamiento de aquellas soledades. Lo cierto es que, en reparaciones la canoa, nos quedaba el recurso supremo de la excursión pedestre hacia lo ignoto.

Ese sábado llegamos con provisiones y pertrechos, amén de las botas de goma, altas y fuertes. Poco antes de las 10, Luján nos dio la orden y se formó la fila india. Primero seguimos la canaleta del inglés Thomson, bien hacia el fondo, hasta que las copas de los sauces mestizos grandes, nunca cortados, nos taparon el cielo y entramos en la penumbra. A partir de allí rigió el continuo braceo del machete de Fuentes y nuestra sensación de estar entrando en el vientre del leviatán, con una migaja de coraje y un deseo de no parecer flojos ante los otros. Nadie midió el tiempo, pero a mí me pareció un siglo más tarde, cuando la voz del hombre simplemente dijo:

-“Allá está La Horqueta, pues”.

No lo podíamos creer. Un claro bastante amplio, el pasto chato y buena altura de albardón. No nos demoramos nada; varios, enseguida, armaron las cañas primitivas, pura tacuara y piola de algodón, boyones de corcho y anzuelos blancos y grandes, con cadenita de bronce. Como carnada, corazón.

Luján y mi hermano, “el Ñato”, ya cortaban tronquitos de “ramanegra”, única que da brasa aun estando verde. Una parrillita plegadiza y una tabla, y al rato crepitaba el trozo de vacío y se refrescaban dos botellas de Donati tinto. El resto se desparramó a lo largo de la orilla. Lo cierto es que la primera hora de espera nos brindó una quietud solo alterada por el charloteo de los pájaros de todo tipo, visiblemente inquietos por nuestra presencia. Una pava de monte gritaba su enojo desde la copa de un sauce sin ocultarse de nuestra vista. Por fin, una de la boyas se hundió con violencia, reapareció y volvió a hundirse hacia la otra orilla. Ñeco, su dueño, alcanzó el cabo de la tacuara cuando ya se había despegado de la tierra blanda donde estaba clavada. Con el movimiento hacia atrás, vislumbramos una tararira, con su cabeza verdosa y tosca, y sus dientes de aspecto feroz. La lucha fue breve. El pez se revolcó en el agua limpia y se fue, con un coletazo, y el anzuelo en la mandíbula.

El producto de la pesca fue fileteado y constituyó el manjar de una cena tardía. El cansancio nos venció a todos; también la ansiedad de llegar a través del laberinto. De esa jornada, de los sucesivos piques, de una creciente mansa que nos aportó bagres sapos como nunca antes habíamos visto; de la mateada al atardecer y de los tropiezos del regreso, con llegada a luz de una linterna que Luján había metido en la canasta a último momento y que significó la salvación, quedaron mentas de fogón que aún hoy, a medio siglo y sucesivos abandonos de la “escuadrilla”, se siguen repitiendo.

Ninguno de nosotros sabía que a ese sitio no regresaría nunca más. Me debía el testimonio que aquí dejo, porque a veces conviene advertir que el delta, el todavía hoy desconocido Delta del Paraná, guarda muchos de estos parajes; y que los elementos de orientación actuales transforman la aventura, casi siempre, en una simple caminata.

Pero hoy de algo estoy seguro: Los rumores de “La Horqueta” y ese sector de césped natural fueron privilegiadamente para nosotros, y para ese único e inolvidable día.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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