Lunes 23 de mayo de 2022
AVENTURA | 19-02-2022 14:00

Relatos a cielo abierto: Todos los febreros a la misma hora

El milagro de la vida, sobre la rama de un árbol de nuestro jardín, celebrado en los brazos de los hijos. Una historia de Horacio Gallo.

“Es caprichoso el azar…”, dice la canción.

Hará ya cuatro largos años que un sábado de febrero, decidí hacer un asado, para reunir a mis hijos y pasar una tarde en familia; recargar afectos; compartir momentos. Lo que no sabía era que la naturaleza nos iba a brindar aquel instante de ternura tan especial.

Alisté la parrilla, que está al lado de una palmera que yo mismo planté en una maceta. Era un gajo, que me regalaron unos amigos hace casi treinta años. La maceta quedó sobre la tierra; las raíces se desarrollaron y la palmera explotó hacia afuera; pero por algún motivo, no superó los tres metros de altura, lo cual vino muy bien para albergar unas orquídeas que me quedaron de herencia, y, a la vez, proteger con su follaje la cucha de Folk, mi perro, durante los soleados días del verano.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

Ese sábado, Folk –perro pointer, compañero de innumerables cacerías durante las temporadas de caza menor_ se mostraba llamativamente inquieto. Mientras yo encendía el fuego, él iba y venía, buscando, marcando lugares. Pensé que su excitación respondería a que tal vez presentía la llegada de los chicos, lo que para él siempre se traduce en una fiesta de juegos y de mimos.

Entre el crepitar del fuego se sentía, casi imperceptiblemente, un piar, que no tuve en cuenta hasta que Folk, seguramente cansado de que yo no le prestara atención, se acercó a mí, y en la boca traía un pichón de paloma, de muy pocos días y todavía sin plumas, que aleteaba entre sus grandes dientes, como presintiendo lo efímero de su existencia. Piaba con fuerza, hasta que lo rescaté, perfectamente sano, de entre las mandíbulas del perro. Rememoré los momentos de marcas en el campo y el aporte de presas abatidas; pero ese día, la inmensa boca de Folk protegía al animal indefenso, que, en otra circunstancia, hubiera sido su presa. Sin duda, una muestra de sensibilidad de su raza, si no la de mi perro Folk en particular.

Cuando tuve a aquel pequeño ser entre mis manos, me invadieron muchas dudas: ¿Dónde estaría el nido? ¿Cómo hacer para que la madre lo viera?

Me encontraba en esas elucubraciones, cuando se me ocurrió hacer lo mismo que hago en el campo: si no encuentro una pieza, le pido al perro que la busque por mí.

-Busque, Folk. Busque…

El entiende esas palabras, y actúa en consecuencia.

Enseguida se paró sobre su cucha y comenzó a ladrarle a la palmera. Yo no entendía. Así estuvimos un largo rato. Yo, observando las ramas superiores sin ver nada, y Folk, saltando, dando vueltas, y ladrándole a una hoja que no estaba a mucho más de dos metros de nosotros. Y fue entonces, cuando en el codo de una rama vi el pequeño nido. Busqué una silla, deposité con cuidado al pichón que, enseguida, dejó de piar y se acurrucó.

Cuando llegaron Clarisa, Lucho, Sofía y Guido, mis hijos, con sus parejas, les conté, a los cuatro al mismo tiempo, lo ocurrido. Empezaron a mirar el nido, al pichón, y comenzó el debate: Que si su madre volvería a buscarlo con tanta gente alrededor; que si lo aceptaría, con el olor del perro impregnado en sus pocas plumas. En fin… era todo un dilema, pero fue un gran momento familiar, en el que la tecnología y el celular quedaron, momentáneamente, de lado.

Tras muchas caricias a mi mascota por haberse comportado así, nos abocamos a disfrutar del asado y el buen vino. Todo era un festejo, entre risas, cuando sentimos un aleteo sobre nuestras cabezas: era la madre, que retornaba al nido a resguardar a su hijo. Allí permaneció toda la tarde casi sin moverse; tarde que cerramos con postre y café, y una gran anécdota, con muchas fotos.

“Es caprichoso el azar”, dije al comienzo. A partir de aquel día, todos los febreros vuelve una paloma a hacer su nido en el mismo lugar. Lugar que el cazador, con su perro, paradójicamente, protegen y disfrutan mientras velan por él y esperan ver caer la cáscara de un huevo sobre la tierra.

Saben entonces que la magia de la vida otra vez comienza su círculo, mientras esperan, ansiosos, que el pichón emprenda su aleteo.

Nunca sabremos si la que vuelve es aquella madre original o su cría o quien sabe… pero no importa. Siempre hay una rama baja, para cobijarlos.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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