Domingo 28 de febrero de 2021
ARMAS | 29-09-2020 08:18

El gran debate policial: entre el uso racional de la fuerza y la cultura garantista

La muerte de un policía en uno de los lugares más elegantes de Buenos Aires, a manos de un demente y a la vista de un numeroso público, nos debe llevar a replantear los protocolos a seguir.

A raíz del lamentablemente hecho ocurrido recientemente, en el que un oficial de policía muere apuñalado por un hombre con sus facultades mentales alteradas, es menester hacer un profundo análisis de las medidas a tomar.

El uso racional de la fuerza según manuales policiales, tiene cinco niveles:

  1. Presencia de la autoridad
  2. Persuasión o disuasión verbal
  3. Reducción física de movimientos
  4. Utilización de armas no letales o incapacitantes
  5. Utilización de armas de fuego o fuerza letal.

Si tomamos los niveles 4 y 5, podremos diferenciar estas instancias en “Técnicas blandas” y “Técnicas duras”, culminando estas últimas con el empleo de armas de fuego.

Una simple lectura del Manual de Capacitación Policial en el Uso Racional de la Fuerza, que lleva la firma de Sergio Berni como Ministro de Seguridad de la Nación, editado por ese organismo y la Presidencia de la Nación en el año 2015, nos permite comprobar que es un compilado de técnicas y procedimientos que –en definitiva– se les enseñan al personal en los institutos de formación. No obstante ello, y tal vez  lo más significativo para este caso, es su capítulo titulado “Regulación del Uso de la Fuerza Potencialmente Letal”, que en su punto 1) habla de Peligro Inminente, el que –entre otras acepciones– queda configurado “Cuando el sospechoso posee un arma o trata de acceder a ella en circunstancias que indican intención de utilizarla contra el agente o terceros” o “Cuando el sospechoso tiene capacidad de producir muerte o lesiones graves, aún sin armas, y demuestra intenciones de hacerlo”.

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Sin duda, lo antedicho nos lleva a la conclusión de que nada impide al personal policial disparar en esas circunstancias. Y cualquiera que haya visto las violentas imágenes del hecho que motiva este artículo, no puede dudar que existía para los funcionarios actuantes un peligro inminente.

Tengamos también presente que el arma de fuego se utiliza exclusivamente de dos formas:

  1. Como ostentación
  2. Como fuerza letal.

No hay puntos intermedios. Entonces, nos cabe preguntar: ¿por qué un oficial inspector de la Policía Federal –con la experiencia que su antigüedad presupone–, dispara al piso y/o a las piernas del agresor que lo embate con un cuchillo? 

La respuesta es cruel… y es un sinsentido.  Porque es una cuestión cultural.

Es la cultura impuesta por algunos medios periodísticos, que no avalan el accionar policial y consideran al delincuente una víctima de la sociedad. Es la cultura de los mal entendidos garantistas enquistados en fiscalías y juzgados que no dudan en procesar al representante de la ley. Es la cultura de los pseudos defensores de los derechos humanos, que llevó a una señora a levantarse de la mesa de la confitería para insultar a los funcionarios policiales, sin que le haya importado que el oficial que actuó en cumplimiento de su deber, agonizaba tirado en el piso.

Es la cultura del temor que todo lo anterior –sumado a la falta de respaldo de sus respectivas jefaturas y ministerios– le provoca al personal de las fuerzas de seguridad.  Todo ello llevó al policía muerto a no disparar a matar y que la oficial que estaba presente con su arma empuñada, no la utilizara. 

Es inminente que las autoridades responsables de la seguridad impartan órdenes claras y precisas, porque si cada vez que  un policía tenga que utilizar la fuerza exista la posibilidad de que pierda su trabajo o su libertad, puede llegar a dudar. Y si lo hace,  esa duda ocasionará que haya más efectivos muertos y que los ciudadanos estemos cada día un poco más desprotegidos.

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Pablo Crespo

Pablo Crespo

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