Kayak, lances y bogas desde el Club Náutico Quilmes

A pocos kilómetros de la Capital, el pique se dio amplio y de grandes dimensiones. Un lugar único para disfrutar de una mañana con amigos.

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A veces los resultados no son los esperados, pero eso no implica desilusión o desánimo, sino todo lo contrario, como nos pasó con las bogas en esta salida. Con la expectativa de pescar los primeros pejerreyes de la temporada, Ernesto López, Gustavo Martorano y yo planeamos hacer un intento en el Río de la Plata. Por la zona de Quilmes hay varios puntos donde se puede desembarcar con el kayak.  Nosotros optamos por el Club Náutico Quilmes, porque se ingresa al río por el canal de las embarcaciones que siempre cuenta con agua. De esta manera, no necesitamos un carro de transporte ni arrastrar cientos de metros el kayak por la playa.

Una vez adentro del club y estacionados a escasos metros de la rampa, preparamos los equipos.  Cañas de pejerrey cortas, de 2,7 m, con líneas de 2 o 3 boyas, según la preferencia de cada uno.  También llevamos equipos livianos de 6 a 12 y de 8 a 16 lb (1 lb = 453,592 gramos) para una pesca variada de río. Estos con líneas para boga o carpa de 1 o 2 anzuelos y plomos corredizos de 20 a 60 g. Estamos en una época de transición de las especies. Se van las de verano y llegan las de invierno. Podemos llegar a pescar pejerreyes en un día fresco y un poco ventoso, o bien bogas, carpas, dorados en un día caluroso.

También en la zona cerca de las orillas, contra las rocas o debajo de los muelles, suelen salir chafalotes, lisas y tarariras de tamaños formidables. Para encarnar llevamos mojarras, maíz hervido, lombriz y salame. Bajamos los kayaks por la rampa de cemento y pusimos rumbo a río abierto. Recorrimos los 600 m del canal, protegidos por las escolleras sin necesidad de sortear olas. Una vez en río abierto, remamos unos 400 m más hacia el Norte, alejándonos del paso del resto de las embarcaciones a vela y motor que suelen entrar y salir del club.  El agua estaba estancada en una creciente débil, aún sin fondear no nos movíamos hacia ningún lado. La leve brisa de viento norte tampoco empujaba la embarcación.

Sana competencia

Hicimos varios intentos de garetear buscando pejerrey, hasta que decidimos anclar y seguir haciéndolo fondeados, mientras nos divertíamos con la caña de variada. ¡A mis espaldas escucho la exaltación de Gustavo con el primer pique! Estaba cerca de mí,  podía verlo disfrutar de la primera boga y, de fondo, las siluetas de la ciudad de Buenos Aires enmarcando la postal. Muy lindo porte para pescar desde nuestros kayaks. Según él, ¡era gigante!  Esto activó la concentración de Ernesto López, el gran boguero del grupo. Una bella corrida doblaba su larga vara blanca. Pero Gustavo no se quedaba atrás ni perdía tiempo y, con su segunda boga aún en el agua, apuraba la cuenta de capturas dando inicio a una competencia reñida y muy entretenida.

Por mi lado, tuve un pique de bagre amarillo. Lo estaba esperando, para él llevé las lombrices.  Era la carnada que me faltaba para tentar algún doradillo que siempre anda merodeando la zona. Busqué mi tercera caña, guardada en el interior del kayak y puse una línea para dorado con boya. Como el bagre era muy grande, lo corté y decidí comenzar encarnando la cola. Lancé lejos de la embarcación y la dejé correr. Había perdido de vista las boyas de la línea de pejerrey.  Se movían muy lentamente por la falta de corriente pero ya estaban demasiado lejos. Las acerqué al kayak hasta que pude constatar que las mojarras encarnadas seguían vivas. Dejé la caña en el porta cañas embutido del kayak, corté el salame en cubitos de 5 mm y me sumé a la competencia de las bogas.

Bogas y más bogas

Un pique sutil, que al tensar el nylon responde con cortos y constantes cabeceos. Vigorosa y errática, zigzagueando bajo mis pies, luchaba la primera boga.  Con furiosas embestidas, hacía cantar al freno del reel con esa melodía afrodisíaca que enamora a todo pescador. Fuera del agua le tomé una foto y, rápidamente, la devolví al río mientras a mis espaldas escucho los gritos de mis compañeros: “¡Tres!”, y otro que respondía: “¡Yo voy cuatro!”. El pique estaba en el mejor momento de esta aguerrida contienda. Escuché a Ernesto reír y exclamar: “Una boga pegó contra mi kayak y no es la que tengo en la línea; ¡cinco!”.

La línea de flote para dorado seguía sin actividad, por lo que decidí cambiarla por una de fondo. Sólo líder y carnada, ya que no había correntada. También decidí guardar la línea y la caña de pejerrey, porque las bogas estaban muy activas y, en cualquier momento, iba a tener tres cañas enredadas entre sí. Volví a la competencia de las bogas con otra corrida hermosa. Los portes eran todos buenos y la diversión estaba asegurada, pero no podía vencer la ventaja que me llevaban mis compañeros. El griterío respondía al pique: se iban cantando las capturas seguidos de chicanas y carcajadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Piruetas y voladores

La actividad estaba cada vez más intensa y el viento comenzaba a ondear el río. Se las veía huir por la superficie, como misiles surfeando las olitas. ¿Serían corridas por algún depredador? Un instante después veo el nylon de mi caña con encarne para dorado que comienza a correr, la tomo y aguardo mientras bajo la punta. La corrida se acelera y clavo enérgicamente, tensando todo el multi y arqueando la caña. Pude recoger y traerlo hasta el kayak pero pegó un golpe contra la popa y se soltó. No pude verlo.  A juzgar por cómo quedó la carnada, era un doradillo.

También se sumó Cristian Villa a la contienda. Con un pique más espaciado pero con buenas bogas y grandes bagres.  Lamentablemente, no estaba cerca para poder capturarlo con la cámara. Un jugueteo en mi línea me advirtió que la boga estaba moviendo la carnada, la aguardo y jalo tensando el multifilamento.

Luego del pinchazo, salió rápidamente del fondo, cabeceando de manera eléctrica y acercándose a mi. A toda velocidad recogí el multifilamento con el reel, intentando mantener la tensión en la línea. Estando a muy pocos metros de distancia, la boga realizó un salto fuera del agua. Como si fuese el dorado que no pude pescar, suspendida en el aire, soltó mi anzuelo con un cabeceo. Al tener la línea tensa, inmediatamente el aparejo salió disparado ¡hacia mi! Me tuve que correr rápidamente para el costado con intención de esquivarlo mientras volaba sobre el kayak.

Escuché el festejo de Ernesto, volteé para verlo y lo encontré sosteniendo su caña con ambas manos mientras que el puntero tocaba el agua. Había concretado un doblete de boga y bagre. Tras el gran festejo, se proclamó campeón. No estamos seguros de cómo contó sus capturas pero dijo haber pescado 19 bogas.

Ya era hora de volver. Entonces recogimos los fondeos y con el río que seguía planchado remamos hacia el club para disfrutar por un rato de la tranquilidad de sus instalaciones. Comimos una gran picada que preparó Cristian y, mientras tomámos unos mates, intentamos realizar el recuento de capturas. ¡Hay números que no cierran!

Nota completa en Revista Weekend del mes Mayo 2018 (edición 548)

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