La magia única de Tinogasta, Catamarca

Un lugar casi tan humilde como su gente, construido en su mayoría con lo que la tierra puede entregar: adobe. Galería de imágenes.

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Largas horas de ruta van dejando atrás los aires urbanos de Buenos Aires, Rosario y Córdoba, y nos sumergen en los paisajes agrestes de La Rioja, donde la greda y la sierra parecen devorarlo todo. Pronto, los pagos catamarqueños anuncian la llegada al destino, y tras surcar kilómetros y kilómetros de olivares, viñedos, cimas montañosas y mucha tierra, será eso mismo lo que nos sorprenda, junto a un puñado de actividades al aire libre, en la extrañamente fértil Tinogasta.

 

En 2001, Rodolfo Ofi Benza llegó con su familia a Tinogasta para restaurar una casa familiar construida en 1884, y tal pasión le despertó el lugar que decidió quedarse. Poco después estaba a cargo de la dirección de turismo local, de varias actividades zonales y, por supuesto, de su restaurante. “Fue una linda experiencia, pero ahora sólo me encargo de atender el hostal y de cocinar, que es lo que más placer me da”, dice. Allí nos deleitamos con un lujoso pollo con hongos chilenos de sus manos, y nos fuimos a descansar visualizando la Ruta del Adobe, ese circuito con más de 50 kilómetros entre los pueblos de Tinogasta y Fiambalá que nos han prometido.

 

Al día siguiente partimos desde el Hostal de Adobe Casa Grande (posta 1), y tomamos la RN 60 unos 15 kilómetros al norte para llegar a El Puesto, pueblito con unas centenas de habitantes y casitas de barro sembradas aquí y allá, entre árboles que mitigan los calores. Allí está el Oratorio de los Orquera, creado en 1740 como primera iglesia consagrada a la Virgen del Rosario, bajo la tradición familiar de tener rincones sagrados ante la ausencia de templos cercanos.

 

El lugar, perfectamente conservado, no fue levantado con ladrillos sino por medio de paredes macizas de 70 centímetros, entabladas con madera y rellenas de barro, paja y arcilla, casi indestructibles. Adentro, una imagen de la escuela cuzqueña de 1717 muestra a la Virgen amamantando al niño Jesús, algo que podría horrorizar a algunos cristianos.

 

 

Mixtura de épocas

 

 

Seguimos camino y entre postas atravesamos pueblitos donde se conservan numerosas casas que fusionan la construcción colonial con el adobe, indemne aquí gracias a las escasas lluvias. Algunas de ellas tienen más de 200 años, pero las hay también recientes, ya que la cultura del adobe sigue viva, y en muchos casos sus ladrillones son preparados con la pala, secados, y moldeados en pared por sus futuros habitantes.

Sí, hay presencia del cemento, que ha significado para muchos un sinónimo de progreso. Sin embargo, entre las casitas modernas que conviven con los materiales históricos, varias bodegas aplican las técnicas de construcción que enseñaron los diaguitas, gracias al éxito que el ladrillo de barro proporciona para el control térmico, manteniendo la temperatura en las frías noches de invierno, y la frescura cuando el sol castiga estos lares.

 

Destino Fiambalá

 

Entre los paisajes montañosos vemos praderas y valles repletos de vides y olivares, algunos centenarios también, y otros jóvenes como Altos de Tinogasta, un emprendimiento ubicado junto a las Termas de la Aguadita, en “el rincón mágico de la sierra”, como afirma el ingeniero agrónomo Horacio Fernández Méndez, especialista en olivos. Allí, de a poco, crece un interesante proyecto donde pueden comprarse parcelas para tener aceite y vino propios.

 

Unos kilómetros adelante hace su aparición la iglesia de Andacollo, solitaria desde que en 1930 una creciente del río se llevó al pueblo de La Falda, por lo que sus pobladores decidieron aquerenciarse más al norte. La iglesia, de mediados del siglo XIX, fue reconstruida en 2001 y re-reconstruida tras un sismo, hasta quedar (al menos hoy) impecable, con dos torres de campanario, cuatro columnas y una entrada con arco de medio punto, bajo molduras talladas. Muy cerca, el pueblito de Anillaco, homónimo del riojano, muestra como una pinturita la iglesia en pie más antigua en la provincia, de 1712 y con un altar labrado íntegramente en adobe por pobladores originarios, bajo órdenes del primer español instalado aquí a fines del siglo XVII, Juan Bazán de Pedraza.

 

En el interior, el piso tiene distintos niveles: para los dueños de casa y los sacerdotes; para amigos y clases altas; para los indios. La ruta sigue a orillas del río La Troya, y desde allí se divisan los médanos de Saujil, donde pronto estaremos practicando el sandboard, una de las actividades destacadas de la zona. El circuito termina en las afueras de Fiambalá. Allí iremos poco después para vivir de cerca sus famosas aguas termales, enclavadas en plena montaña.

Pero primero, visitamos la Comandancia de Plaza de Armas, con sus curiosos cuadros de pintores mestizos del Cuzco, a quienes se les encargó pintar ángeles, pero al no tener modelo a copiar siguieron las órdenes de los españoles, que aseguraron que los ángeles eran como ellos, pero con alas.

Al lado se ubica el templo de San Pedro (1770), de adobe pintado a cal, levantado en honor al santo al cual, aún hoy, los fieles le cambian los zapatos año a año, ya que se le gastan de tanto andar, como afirma la cuidadora del lugar. “Le juro m’hijo, el santito es muy caminador. Y si usted no se portó bien, no le deja cambiar el zapato, como si se lo hubiese comprado chico.”

 

 

 

Nota publicada en la edición 483 de Weekend, diciembre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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