Tuesday 5 de March de 2024
TURISMO | 25-03-2023 15:00

Semana Santa 2023: 12 atrapantes y curiosas experiencias

Desde La Pampa a Jujuy, viajes breves y escapadas activas o de relax para los feriados “santos”. Wakeboard para principiantes, una cámara de vuelo y tiendas mongolas, entre otras. Galería de fotos.
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En tiempos actuales, las procesiones de Semana Santa se han secularizado y tecnologizado: son en auto y las largas filas son en las rutas, superpobladas de turistas adictos al trabajo que muy rara vez disponen de cuatro días seguidos para una escapada. Y la peregrinación es a una playa, la montaña, alguna casa de campo, un glamping o algún sector específico de una provincia que no implica demasiado viaje por tierra o avión. Y hay quien hace un ida y vuelta en el día para algún deporte en la naturaleza. En Weekend adoramos estos viajecitos y tenemos nuestros preferidos, de los que hemos elegido 12 para tentar a los lectores a sumarse a la procesión.

La llamada del palmar

Un camino de tierra entrerriana lleva al refugio La Aurora del Palmar, ligado a la Fundación Vida Silvestre. Abrimos la tranquera para entrar y el encargado nos instala en el dúplex de la casa de campo en medio de un bosque. Amanecemos oyendo el cotorrerío que baja de los pinos y vamos a curiosear uno de los vagones-habitación que una mucama ha dejado abierto. Tienen camas, baño y aire acondicionado. Estamos en un establecimiento productivo con vacas, cítricos y pinos, más un área de reserva con miles de palmeras yatay. En la mañana cabalgamos con un guía una hora, hasta los bordes del palmar y vemos tres pájaros carpinteros agujereando troncos. 

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Al día siguiente exploramos los ambientes naturales que protege la reserva: el palmar-pastizal, la selva en galería, el monte xerófilo con espinillos y talas, y los bajos inundables. Arrancamos el paseo en un camión hasta una selva en galería para luego caminar por un ambiente tupido que no deja pasar el sol. El sendero termina a orillas de un arroyo y subimos a una canoa. Al remar apartamos con la mano las ramas que cubren el hilo de agua como un túnel y desembarcamos en una playa: chapuzón y a descansar en arenas blancas. El silencio se rompe con un ¡plaf!: un carpincho se arrojó a cruzar el arroyo. De regreso con el camión, cruzamos un arroyo por un puente donde hay un hocó colorado, un martín pescador, dos aves jacana, garzas blancas y moras, patos sirirí y un lobito de río nadando panza arriba. Algunos viajeros se quedan aquí varias noches para recorrer el Parque Nacional El Palmar y las termas de Villa Elisa o las de San José, ideales para los chicos por sus toboganes de agua.

El wakeboard no es cosa de expertos

El wakeboard está de moda y se populariza: en la provincia de Buenos Aires hay decenas de lagunas artificiales donde practicar esta forma de esquí acuático en tabla, no con lancha sino con polea eléctrica y cable de acero para impulsarse: esto achica los costos y simplifica el aprendizaje –no hay olas–, lo cual es sencillo. Este cronista nunca había hecho esquí acuático ni surf, y no se tenía fe. Pero a los 7 minutos de comenzar, salió esquiando parado y en éxtasis, 40 m seguidos a toda velocidad. La experiencia fue en Sharewood Pilar, wake-park con playa de arena blanca donde tomar sol en una lona o saboreando platos como ribs de cerdo a la barbecué en el restaurante con tragos tropicales, en medio de un bosque casi selvático junto al lago. 
No está permitido bañarse porque las tablas van y vienen a toda velocidad: los turnos están todos vendidos con días de antelación. Aunque es posible refrescarse en la ducha al aire libre. La clase con la práctica dura 20 minutos –lo que resiste un cuerpo no entrenado–, y la gran mayoría logra pararse y navegar. Es tan sencillo y placentero, que casi todos quedan con ganas de más y vuelven. Para algunos se torna en adicción. A la segunda o tercera clase, un alumno ágil comienza a saltar en las rampas flotantes. 

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Sharewood Pilar abre de miércoles a domingo, y se puede ir a almorzar y cenar al aire libre, independientemente del wakeboard (no se cobra entrada y se puede pasar el día en la arena sobre una lona, en las mesas o en tres camastro con mesa en el bosque, siempre que se consuma). Es importante reservar turno con varios días de antelación porque la demanda es muy alta. Los fines de semana suele llenarse de gente y el wakeboard se practica todo el año, con traje de neoprene si hace frío. La clave es arrancar hecho una bolita y continuar en sentadilla sin movimientos bruscos: no se trata de fuerza sino equilibrio. La clase de 20 minutos cuesta $ 5.000 (de miércoles a domingo de 8 AM hasta el mediodía) o $ 6.500 de 12 a 16:40 (en este horario las mujeres disponen de un 2x1). Un turno de 20 minutos sin clase cuesta $ 3.500. Las reservas para el turno mañana son al Instagram. Y por la tarde o restaurante: https://linktr.ee/sharewoodpilar

Dormir en una yurta mongola 

El glamping –camping con glamour– explotó en la Argentina con la pandemia y se sofisticó: cerca del pueblo bonaerense de Pardo, en medio del campo, Yamay es un complejo de cuatro elegantes yurtas mongolas que copian ese ingenioso diseño circular de la estepa centroasiática, tan confortable y funcional que se usa sin variación desde hace siglos. Al entrar a una de estas tiendas se descubre que Marcelo Giuggioloni –responsable del proyecto con su esposa Natalia Ghiglione– y Juan Manuel Damperat –anfitrión de Yamay– respetaron ciertas costumbres mongolas. En Asia, los nómades duermen sobre alfombras. En Yamay hay un grueso colchón en el suelo de madera pulida. En el techo hay un ojo vidriado por donde se cuela el cielo y el mobiliario es un sillón con mesa. Las paredes y techos son de gruesa tela aislante. La calefacción es a leña en una estufa de barro y la electricidad es a panel solar (3 AM se agota). 

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Aquí solo se ofrece desayuno, que Juan Manuel trae en una bandeja a cada yurta con el pan amasado por él. El baño privado está afuera con ducha caliente. Para almorzar y cenar hay acceso a la cocina compartida en la casa de adobe donde vive Juan Manuel, quien muestra orgulloso su huerta orgánica con manzanas enormes,  uvas, ciruelas, nogales y peras asiáticas: invita a cortar una fruta del árbol y comerla. La mayoría se queda en las 7 hectáreas de Yamay disfrutando de la pileta, pero vale la pena ir a Pardo a almorzar o cenar en la pulpería La Vieja Estación, donde Freddy reacondicionó una estación de servicio centenaria a la manera de los antiguos bares de campo para comer asados, provoletas, pizza a la piedra y un flan casero de antología. En Yamay, desde la ventana de la arquitectura móvil de la yurta, se observa el infinito: no el estepario como en Mongolia, sino el pampeano. Quien escribe estas líneas ha dormido en yurtas en Mongolia y da fe de que ambos ambientes se parecen: por eso la yurta no desentona para nada en estos pagos. La doble cuesta $ 30.000 con desayuno. Acampar con desayuno, $ 6.000.

En la máquina de hacer pájaros

Llego a Vuela –una cámara de vuelo en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires– y subo los escalones de una estructura de 33 m de alto con algo de robot, una especie de Mazinger Z que se levanta solitario en el cruce de las rutas 6 y 24 con la desproporción de una jirafa en un rebaño de ovejas. Me coloco el casco, antiparras y tapones en los oídos para entrar a una antesala de cristal con una abertura donde falta la puerta. Ariel Calvagni –el ingeniero aeronáutico que diseñó este armatoste poligonal– enciende motores y hay ruido de turbinas. Desde adentro del túnel vertical de vuelo el instructor ofrece sus brazos y me dejo caer hacia adelante con peso muerto, como saltando al ojo de un huracán. 

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En cámara lenta mi pecho busca sus palmas abiertas pero el viento me empuja hacia arriba. Las cuatro hélices no están abajo sino en la cima de la estructura, succionando como una aspiradora gigante. Estiro brazos a lo Superman y en segundos ya estoy volando. Pero no es tan simple el asunto, ni tan relajado. El viento genera una fuerza de atracción muy fuerte y nuestro cuerpo no aerodinámico pierde estabilidad como un avión en una turbulencia: cuesta mantener el equilibrio de esa tabla en que debemos convertirnos. Estudio los vericuetos invisibles del aire y voy probando, es como intentar flotar en el agua por primera vez. Un sutil movimiento de la mano, el codo o los pies, lo arruina todo. Un mal cálculo hace escurrirse el viento por las curvas del cuerpo, generando un tirabuzón que me pone de espaldas: caigo en picada a la red de contención. Pero es parte de la gracia. El instructor me toma de los hombros llevándome de cabeza hacia la puerta. 
La experiencia de un minuto resulta fugaz y vertiginosa. Somos tres personas en la sala de cristal y pasa el que sigue. Al descansar pienso en los movimientos que deberé corregir. Entro a la cámara y ya estoy en el aire otra vez. Un ayudante me había sugerido que relajara el cuerpo y doblara más las rodillas. Lo experimento y resulta: me elevo tres metros hasta estabilizarme. Los 60 segundos se terminan en un parpadeo: quiero más. En la tercera entrada ya domino mejor el cuerpo. En los minutos anteriores había sido un barrilete del viento, ahora me siento un avión. Tres entradas de un minuto cuestan $ 18.000 con una clase previa (www.vuela.com.ar)

Glamping de mil estrellas

Las Goya es un glamping bonaerense cercano de San Andrés de Giles,que Anita Alvis hizo para ella misma: “Le di mi casa en Giles a mis hijos grandes y me vine a vivir acá con mi hija de 11 años”. En 2 hectáreas hizo instalar cuatro domos y una casa de madera con forma de vagón de tren con sillones donde caben 7 personas (y al fondo, su casa). “Armé el glamping para ver si funcionaba y si no, me quedaba para disfrutar con amigos”, dice Anita. Quizá por eso le puso tanta pila y amor, y al final funciona con lleno permanente desde hace un año. Los amigos vienen igual y se mezclan con huéspedes en las dos piscinas y comparten los asadores. Cada habitación tiene vajilla, heladera, aire acondicionado y baño. Uno puede traer su comida y le prestan el horno. Anita vive todo el verano en malla mientras atiende el restaurante de campo al aire libre (la piscina es solo para huéspedes). Los platos de la casa son carré de cerdo, kebab de verdura y matambrito a la pizza. 

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En Las Goya la sensación campestre es total: el verde se respira con aroma a pampa al pie de una pared de 10 álamos de 30 m rodeados de maizales. Al fondo pacen los mansos caballos que Anita presta a quien quiera cabalgar. Entre la gente andan dos perritos y un gato (la política es pet friendly). Hay arcos de fútbol, minigolf, tejo, vóley, aparatos para hacer gimnasia y un iglú de barro para baños de vapor (temazcal). La zona es el paraje Espora, conectado al mundo por un camino de tierra en buen estado: tiene 25 habitantes desperdigados en plena nada, la mayoría junto a la estación de tren, la última en la provincia aún de madera. El aislamiento elimina la contaminación lumínica: vienen grupos de astrofotografía a mirar lluvias de estrellas y Anita presta su telescopio. Si uno abre el cortinado del domo se duerme contando estrellas en un silencio total, salvo el chistido de una lechuza y el croar de sapitos. Estamos a una hora y media de Buenos Aires pero pareciera que la urbe está a años luz, tan lejana como la espesura algodonada de la vía láctea que en otros lugares no se ve. El alojamiento doble con desayuno en vagón o domos cuesta $ 28.000 más $ 8.000 por persona extra (2 noches cuestan $ 47.000). Hay domos dobles y quíntuples. WhatsApp: +54-9-2325-415428.

Los menonitas de La Pampa

Desde la ciudad pampeana de Guatraché –donde se recomienda dormir la noche anterior– se visita la Colonia Nueva Esperanza, una comunidad protestante menonita que se instaló allí en 1985 aislada de todo. Lo ideal es ir con un guía autorizado para interpretar la forma de vida y entrar a sus casas a conversar. Lo primero que se ve en sus calles de tierra son los buggys, carros a caballo que son su único transporte. Toman colectivos y taxis al pueblo pero no pueden tener auto propio. Al llegar vivían de una manera cercana a la Edad Media, pero todo el tiempo están cambiando. No están contra las tecnologías sino que eligen cuáles. Si sirven para el trabajo, se aceptan. Si son para hacer la vida más liviana, no. La idea es no contaminarse del mundo exterior porque tiene tentaciones que podrían llevar al pecado. Y es en el éxito económico donde ellos ven una señal divina de salvación. 

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La guía lleva a conocer el taller de un zapatero, almorzar en una casa de familia, y visitar almacenes y queserías. Hay carpinterías y sobre todo metalúrgicas que fabrican silos y tinglados con la maquinaria más moderna que existe e incluso exportan. En el taller tienen electricidad pero en la casa no: usan farolitos a gas o luces LED recargables y portátiles. Viven sin TV, en teoría sin celular –lo pueden tener para el trabajo– y tienen su propia escuela donde estudian catecismo, manualidades y matemáticas, todo en alemán: algunos todavía no aprendieron castellano o lo hablan mal. Ya de jovencitos se incorporan al trabajo. La excursión con Estela Campo en el auto del turista cuesta $ 5.000 (niños $ 2.100) con almuerzo. Sin almuerzo: $ 2.000 (niños $ 1.000) Instagram: visitas_menonita. WhatsApp: +54 9 2923 426936.

Fotos Graciela Ramundo.

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Julián Varsavsky

Julián Varsavsky

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