Miércoles 21 de febrero de 2024
TURISMO | 24-03-2023 15:00

Semana Santa 2023: 12 atrapantes y curiosas experiencias

Desde La Pampa a Jujuy, viajes breves y escapadas activas o de relax para los feriados “santos”. Wakeboard para principiantes, una cámara de vuelo y tiendas mongolas, entre otras.
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En tiempos actuales, las procesiones de Semana Santa se han secularizado y tecnologizado: son en auto y las largas filas son en las rutas, superpobladas de turistas adictos al trabajo que muy rara vez disponen de cuatro días seguidos para una escapada. Y la peregrinación es a una playa, la montaña, alguna casa de campo, un glamping o algún sector específico de una provincia que no implica demasiado viaje por tierra o avión. Y hay quien hace un ida y vuelta en el día para algún deporte en la naturaleza. En Weekend adoramos estos viajecitos y tenemos nuestros preferidos, de los que hemos elegido 12 para tentar a los lectores a sumarse a la procesión.  

Misiones por la Ruta Nacional 12

La provincia de Misiones tiene dos submundos, uno a la vera de la RP 2 y el otro junto a la RN 12. La primera bordea el río Uruguay limitando con Brasil, país cuya influencia se nota en el acento de los habitantes –mayoría bilingües–, en las formas de cultivo –aran la tierra con bueyes– y en platos como los porotos de la feijoada. En un corte longitudinal del mapa misionero se puede ir con rumbo Norte por la RP 2 y regresar por la RN 12. Esta vez exploraremos la RN 12 desde la capital: Posadas, que tiene más influencia paraguaya y guaraní. Y están los inmigrantes descendientes de suizos, alemanes y daneses. Pero el acento tiende al paraguayo y muchos hablan guaraní. Aquí no se plantan porotos, sino maíz y mandioca para el reviro, el chipá guazú y la sopa paraguaya (no es sopa sino budín salado). Junto a la ruta hay iglesias luteranas, la tierra se ara con tractorcitos y en las chacras los campesinos tienen sus cosas a lo chamamé: desordenadas en galpones donde amontonan herramientas de trabajo, tractores oxidados y la cosecha. 

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La primera parada es en San Ignacio y sus ruinas jesuíticas. Hacia el norte –Km 1.519– se llega a la ciudad de Montecarlo, ideal para descansar en cabañas junto a un arroyo entre la selva y visitar el Salto Encantado (a 80 km) y los Saltos de Moconá (a 190 km). En Montecarlo está el laberinto vegetal del Parque Vortisch, donde se hace la Fiesta Nacional de la Orquídea. El laberinto de ligustrina tiene 1.700 m de corredores, 510 esquinas y se sale por el centro, donde se sube a una pasarela. Camino a Puerto Iguazú visitamos las Minas de Wanda donde se extraen amatistas, jaspes, ágatas y cuarzos, para terminar de manera apoteósica en la catarata de la Garganta del Diablo. A veces lo interesante de esta ruta está en sus adyacencias de tierra roja que se internan en la selva: aldeas guaraníes con chozas de paja, ranchos de adobe, carros polacos tirados por bueyes al mando de un rubio de pómulos rojísimos, plantaciones de yerba y té, y casas de madera multicolor.

La virgen jujeña

Cada Semana Santa, desde la ciudad jujeña de Tilcara parte una procesión con más de 50 bandas de sikuris –ese aerófono de los Andes– y 5.000 personas subiendo a buscar una virgen que, tres días después, bajarán en andas en una ruidosa fiesta popular. Ya el espectáculo de verla llegar al pueblo con las bandas superponiendo sus melodías al ritmo del bombo y el redoblante, justifica la visita. Pero la verdadera gracia está en subir con los promesantes llevando la carpa en la espalda y dormir con ellos en el campamento masivo junto a una capilla de adobe. Hay que acarrearse agua y comida, porque a lo largo de estos caminos de cornisa que abrieron los omaguacas hace siglos, no vive nadie. Arriba hay misa, baile y alcohol, una verdadera fiesta originaria de la abundancia marcada por el sincretismo religioso donde se adora a la virgen –la “mamita del cerro”– y a la Pachamama. La subida es dura y la altura comienza a latir en las sienes: se tardan al menos 7 horas hasta el santuario. Y a la mañana siguiente, ya sin la carga en la espalda, las bandas trepan en trance un empinado cerro hasta una cruz y bajan otra vez. Son dos frías noches arriba con poco sueño y mucho alboroto, y al tercer día todos bajan a Tilcara extenuados y hedientos, en estado de gracia musical. El domingo de Ramos, al mediodía, las bandas desfilan por las calles de la ciudad y se las puede ver sin el esfuerzo de subir. La peregrinación al cerro comienza el lunes Santo y regresa al tercer día. Está abierta a todo aquel en condiciones físicas para subir.

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Bicicletas eléctricas por Salta 

La cita es en Finca Las Costas –a 15 minutos del centro de la ciudad de Salta– para pasear en bicicletas eléctricas por la Quebrada de San Lorenzo, el montañoso pulmón selvático al noroeste de la capital norteña. Comenzamos a rodar por un camino de ripio –10 km– hasta salir al pavimento entre grandes arboledas con lianas y trepadoras: es La Yunga, la nuboselva norteña donde la copa de los troncos se funde con las nubes generando árboles algodonados. “No usen la bici como una moto”, sugiere el guía Marco Bondoni. Uno puede apagar el silencioso motor, o ir regulando la ayuda a gusto. La idea es que al menos se haga algo de ejercicio. Es un terreno ondulado y el impulso artificial hace más relajado el paseo que atraviesa la quebrada de San Lorenzo y uno va mirando la suntuosa arquitectura de casas de fin de semana camuflada en la vegetación, como el Hotel El Castillo, un castello del siglo XIX al estilo del Norte de Italia con su torre encantada donde se puede ir a comer. En 2 horas llegamos al parador de la quebrada de San Lorenzo, donde la opción es hacer un picnic o agregar un descanso para caminar por el sendero autoguiado paralelo al río. En este caso el picnic es en la cima del cerro y comenzamos el regreso a pie y luego en bici hasta el punto de partida (25 km en total). El paseo para 2 personas cuesta $ 10.000 en total (se reduce según cantidad de clientes). Ofrecen city tour y circuito gastronómico en bici.

Cascada tucumana

Desde San Miguel de Tucumán se hace un trekking a la cascada Huaicondo que arranca en auto, caracoleando las laderas del cerro San Javier hacia las casonas antiguas de Villa Nogués en medio del bosque. El guía Sergio Sánchez dice “acá”, deteniendo el auto a la vera de la ruta. Y conduce a su grupo de caminantes al interior de la selva como por un boquete en la pared vegetal. Recomienda inhalar y expirar por la nariz para deshidratarse menos. La primera mitad de la caminata es cuesta abajo por una ladera entre miles de árboles de tronco fino: tipas, cebiles, horco molles y otra vez musgo, mucho musgo. El bosque cerrado casi no permite ver el cielo. Los pájaros están en calma y el silencio es total. Comienza a lloviznar –la copa de los árboles funciona como paraguas– y se levanta un dulzón aroma a verde. A la vera del sendero aparecen hongos blancos en troncos muertos y la pendiente se hace abrupta. Al fondo de una quebrada se llega al edificio en ruinas de una centenaria bomba de agua inglesa y oxidada, carcomida por la selva. La pendiente se complica con la tierra húmeda pero Sergio y su equipo han instalado cuerdas atadas a troncos ante un resbalón. Luego de un breve rappel, aparece la cascada Huaicondo con su piletón natural y un chorro que cae 16 m. Luego del esfuerzo y el calor, las aguas cristalinas invitan al remojón. 

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La dificultad de esta caminata es intermedia (600 m de desnivel). Lo cansador es el regreso, dos horas cuesta arriba. Pero el bosque con sus troncos brotados de pelitos verdes es de una poética estimulante: las nubes han bajado al nivel del suelo, la nuboselva en su esplendor. El grupo atraviesa la fortaleza verde abovedada con columnas alineadas tronco a tronco hasta el infinito. El angosto sendero invadido por la neblina es de película de Tim Burton con árboles barbados y peludos. No se ve nada más allá de 10 m y al mirar arriba, hay un continuo burbujeo arborescente que convierte al bosque es un espacio cerrado: esa fue la lógica originaria del templo en el mundo antiguo, que separaba al hombre de la naturaleza en un ámbito sagrado. En Tucumán el templo es el bosque mismo. El trekking guiado cuesta $ 2.500 con la entrada al parque (20 % de descuento citando esta nota).

La Cuesta del Viento sanjuanina

Luego de visitar el Valle de la Luna en San Juan, se puede seguir viaje hacia el pueblo de Rodeo, 320 km al noroeste y pernoctar allí en alguna hostería, camping o complejo de cabañas que sirven de base para recorrer la Cuesta del Viento y practicar mountain bike, cabalgatas, paseos en 4x4, salidas de pesca, trekking y bajadas de rafting por el río Jáchal. El lugar estrella de la zona es el del dique homònimo: un viajero desorientado pensaría que está frente al famoso Valle de la Luna inundado por un gran diluvio, pero se trata de un ventoso lago artificial, un raro paisaje nuevo originado hace 30 años por la construcción del dique, que por un azar conformó uno de los panoramas más sorprendentes de la Argentina. Al llegar por la ruta, la Cuesta del Viento aparece como un espejo de agua inmenso en la parte baja de un extraño valle que combina la aridez de un paisaje lunar con la transparencia de aguas caribeñas
Dentro del lago, rodeado por montañas de más de 5.000 m, sobresalen peñones solitarios cuyos rectos paredones parecen una fortaleza semisumergida. Algunos tienen forma helicoidal y alimentan la ilusión de que una Atlántida en ruinas sobresale apenas en las aguas. Al fondo, rojizos vendavales de arena se elevan en remolinos al cielo. La Cuesta del Viento es una meca argentina del kite-surf y el wind-surf, y el punto de encuentro es el hostel Rancho Lamaral (Instagram: @rancholamaral). A 5 km del dique se hacen bajadas de rafting por el río Jáchal en un gomón, que arrancan en un estrecho cañón de 6 m de ancho con paredones de 25 m de alto. El Jáchal es un río ciclotímico que explota de furia en concéntricos remolinos y al instante se apacigua en felices remansos. Es nivel de complejidad 3 y 3+, apto para inexpertos. El vertiginoso paseo se extiende a lo largo de 12 km que se recorren en una hora en la que se alcanzan 40 km/h de velocidad.

Ríos subterráneos en La Cumbrecita

Nos instalamos en La Cumbrecita –pueblo de montaña y peatonal en Córdoba– para salir a caminar con el guía Juan Busaniche especializado en espeleología y sumergirnos en las entrañas de la tierra. Abandonamos el bosque del pueblo para atravesar pastizales de altura hasta la cumbre del cerro Wank (1.620 msnm) y luego a un filo, el punto más alto del recorrido: 1.740 m (pero hemos subido solo 380 metros de desnivel).
Comenzamos a bajar hacia una gran fisura en V que corta el terreno, cubierta por un derrumbe de bloques de piedra gigantes que forman una cueva transitable. Nos ponemos un juego de zapatillas de repuesto y entramos caminando a las aguas: están muy frías. Pero el cuerpo se acostumbra. Bajamos 3 m por esa grieta usando cuerda fijas –mera prevención–, a veces arrastrándonos entre las piedras hasta una cámara rocosa donde nos paramos con comodidad. Recorremos 100 m bajo el túnel de rocas encajonadas. Está un poco oscuro pero a veces se cuelan rayos de sol. 
Este es el arroyo Wildbach que nace a 2.000 m de altura en la Pampa de Achala. Llegamos al final del túnel y regresamos por el mismo camino de aguas. Retomamos el circuito hasta la Cascada Escondida (25 m de altura) camuflada entre helechos y rocas con musgo al fondo de un valle encajonado. Por momentos nos rodean una pradera verde como la campiña inglesa y arroyos con playitas de arena blanca: allí recargamos cantimploras y nos volvemos a bañar. En otros lugares hay abruptos paredones rocosos sobre el pastito tipo campo de golf, con vacas. El circuito mide 11 km y se tardan 7 horas en recorrerlo, porque su complejidad es media (la excursión cuesta $ 7.400 por persona; 

Fotos: Graciela Ramundo.

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Julián Varsavsky

Julián Varsavsky

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