Sábado 10 de junio de 2023
TURISMO | 20-03-2023 13:25

La otra cara de Aruba: Parque Nacional Arikok

La llamada “isla feliz” no solo propone descanso y playa. Un paisaje árido en pleno Caribe desafía al visitante con su naturaleza salvaje. Cactus, plantas medicinales, cuevas con pinturas rupestres y mucha historia. Galería de fotos.
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María José Bonacifa
María José Bonacifa

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Editora General de Perfil.com

Cuando se dice Aruba o Caribe se piensa, por supuesto, en playas, en vegetación exuberante, palmeras y cocoteros. Pero sucede que en la llamada “isla feliz” el clima es tropical seco, semiárido. Por eso la vegetación que predomina es de la familia de los cactus. Y eso es lo que tapiza toda la superficie del Parque Nacional Arikok, que cubre casi un 20 % de la superficie total de la isla, que es de 180 km2. La misión de esta área protegida que no todos los visitantes de Aruba llegan a conocer es cuidar la naturaleza, además de preservar la historia de la isla. 
Julio Beaujeur, guardián de los secretos del Parque, recibió a Weekend en una exclusiva y personal recorrida por cada uno de sus rincones. Un arubeño de raíces francesas y venezolanas cuya familia lleva varias generaciones ocupando roles muy importantes en la isla. Su leit motiv es nada más y nada menos que velar por los secretos y el mantenimiento de cada uno de los rincones, no solamente en pro de la naturaleza, sino por reivindicar y mantener la historia de esta joya del Caribe.

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Es él en persona quien guía a la familia real holandesa en cada una de sus visitas y los recuerda a todos (sobre todo a la reina Beatriz, ahora princesa), muy interesada por conocer los secretos de cada uno de los rincones de este lugar tan especial. El parque cuenta con un gran plantel de guías que atienden a los visitantes con mucho esmero y explican con pasión todo sobre cada uno de los rincones de esta maravilla natural. 

El primer adelantado

Fue por los ‘60 que la idea de preservar toda la zona Norte de la isla para establecer allí un Parque Nacional comenzó a gestarse. Pasaron varios años y distintos proyectos hasta que finalmente en 1995 se sancionó el Plan de Protección de la Naturaleza y al año siguiente tomó estatus oficial. Se trazaron los lineamientos para su administración y en 2003 se creó una Fundación para tal fin.
El nombre no nace de ninguna especie animal o vegetal, sino del primer colono, un holandés que llegó a Aruba allá por 1750, llamado Arie Kok y se instaló en una de las zonas más altas de la montaña. Ahí construyó su casa de abobe, que continúa en pie con una remodelación muy cuidada y fiel a la época; se pude deducir ahí cómo era su vida doméstica: la habitación, la cocina, el excusado en el exterior, el corral y el matadero. Llama la atención del visitante la cerca construida con los mismos cactus, aprovechando todo lo que la naturaleza brinda. Los antropólogos no pudieron descubrir si este adelantado tuvo familia o vivía solo, pero sí la distribución de su vivienda, y dice mucho de cómo subsistía y se alimentaba a través de las cabras salvajes que habitaban la isla y que se evidencia que domesticó. 

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Recordemos que Aruba fue conquistada primero por los españoles en 1499, que tuvieron su dominio por 137 años, y luego por los holandeses. Originalmente estaba poblada por los caquetíos de los pueblos arahuacos de Venezuela. Para los neerlandeses era un punto estratégico para el comercio de sal y como base naval en el Caribe en la Guerra de los Ochenta Años con España. Los caquetíos fueron reclutados por ellos y trabajaron en granjas dedicadas a la crianza de ganado para faena y cuya carne se vendía en toda la región insular. 
La mayoría de los habitantes primitivos vivían bastante más al sur, en las áreas costeras que hoy se conocen como Malmok y Palm Beach y son, por cierto, de las más visitadas por el turismo y con mayor crecimiento inmobiliario. Pero también hubo un grupo ahí, y las cuevas, de las que hablaremos más adelante, dan cuenta de ello. Volviendo a la colonización, fueron llegando inmigrantes desde los Países Bajos como en el caso del mencionado Arie Kok, quien eligió el inhóspito y salvaje Norte de la isla.

Cactus y más cactus

Habiendo ya dado un panorama de su historia, vayamos al recorrido por el parque. Tiene varias opciones, pero el sendero más accesible es el llamado Cunucu Arikok, que puede hacerse en alrededor de dos horas. Es muy recomendable porque se puede ver todo lo más significativo en poco tiempo, aunque sí resulta un algo cansador por las cuestas que no son demasiado empinadas pero se complican por la temperatura del lugar, alta en casi todo el año. Se recomienda ir temprano por la mañana (el Centro de Visitantes abre a las 8.30 y se puede permanecer hasta las 15.30).

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La caminata permite entrar en contacto con la más amplia diversidad de especies vegetales y animales. Los cactus son los reyes del lugar, en formas variadas y llamativos tamaños. Hay tres grandes tipos denominados columnarios por su altura, y uno arbustivo, como dominantes, pero existen decenas de ellos. Las plantas medicinales también se extienden por toda la superficie y con la sabiduría de la madre naturaleza están ubicadas las especies que pinchan con sus antídotos al lado.
El árbol más emblemático es el watapana o divi-divi, cuya imagen doblada por el viento se usa mucho en términos de marketing de la isla. Los flamboyant, que florecen de junio a agosto, son otra de las especies que abundan. El punto cúlmine de la caminata cuesta arriba es la llegada a la casa de quien, sin saberlo, fundó el parque, nuestro ya mencionado Arie Kok. La vista panorámica es espectacular y de ahí en más todo es placer porque el sendero es cuesta abajo pero muy tranquilo. Otra de las posibilidades es recorrer el parque en auto, accediendo a las magníficas playas en donde no se recomienda nadar, pero son un placer para la vista y para quienes disfrutan de la fotografía.
Boca Prins y Dos Playa son dos lugares paradisíacos con aguas color turquesa y un mar en estado totalmente salvaje. Las dunas de Boca Prins están a poca distancia y resultan un paseo muy interesante. Y muy cerca se encuentra la Cueva Fontein, sitio en el que vivieron hombres primitivos y está totalmente decorada con pinturas de los amerindios con diferentes motivos, muchos muy parecidos a la célebre cueva de Altamira en España, emblema de la pintura rupestre. 

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Al llegar, el turista es orientado por sus simpáticos y atentos guías, que conducen al visitante hasta el fondo de la cueva y van iluminando con su linterna los distintos motivos pintados hace miles de años. También hay agua (y mucho excremento de murciélagos por eso no es recomendable seguir caminando más que hasta unos 20 metros hacia adentro).
Saliendo de este universo fascinante de estalactitas y estalagmitas hay una laguna en donde abundan las tilapias, diminutos peces que tienen la particularidad de fascinarse con el pie humano y mediante una pequeña cosquilla son capaces de, en pocos minutos, realizar la más perfecta sesión de pedicuría, ya que adoran comer la piel muerta, dejando el pie del cansado viajero tan suave con el de un bebé. 

Aloe vera, la estrella de la isla

Si bien Aruba no se destaca por ser productora sino más bien importadora de insumos, hay una excepción: el aloe vera. Es el principal exportador del mundo y su planta de producción, fábrica, tienda y museo son un punto de atracción para todos los turistas. Se puede aprovechar el mismo día de la visita al parque Arikok, ya que queda de camino. 

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La producción data desde 1980 y tiene el sello de la casa real holandesa. Se usa no solamente para cosmética sino para medicina y tiene su producto más destacado en una crema para quemaduras extremas, utilizada para curar a los soldados en ejércitos de todo el mundo. 

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María José Bonacifa

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