Domingo 3 de julio de 2022
PESCA | 08-01-2022 14:00

Relatos a cielo abierto: La trucha de El Anfiteatro

Recuerdos felices de vacaciones compartidas, en un escenario majestuoso, pero en un tiempo difícil, de países en conflicto. También es una anécdota de pesca y pertenece a Daniel Vadillo.

Las vacaciones en Bariloche siempre habían sido, para mí, un sinónimo de pesca. No precisamente asociado con múltiples capturas ni enormes ejemplares; más bien, todo lo contrario. El sabor del desafío estaba, en realidad, en conocer lugares nuevos, lograr desentrañar los secretos de cada río y cada lago, y así, poder tomarle una de esas preciadas y escurridizas truchas, que aunque fuera pequeña, tenía como destino final la ofrenda que se compartía en la mesa familiar.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

Con los años, y viendo despoblarse algunos ambientes, fui adoptando la “pesca y devolución” con diferentes especies, pero confieso que siempre me guardo algo bueno para cocinar y degustar porque esa, también, es la esencia misma de esta actividad.

Pensar en un gran río es pensar en el Limay Superior, con su enorme boca que no termina nunca de devorar tan inmenso lago, con la velocidad de sus rápidos y la quietud de sus remansos; con sus grandes rocas y la sombra de sus sauces.

Corrían los finales de 1978. Nuestro país se debatía en un conflicto fronterizo que casi nos llevó a la guerra, y, en medio de tan singulares circunstancias, transcurrían mis vacaciones en Río Negro. Amenaza de guerra en un entorno de paz; situación paradójica, con sentimientos encontrados; pero allí estábamos, con mi padre, haciendo abstracción del mundo y dispuestos a disfrutar de otra tarde de pesca.

El escenario elegido fue El Anfiteatro, en toda su magnificencia. Un lugar incomparable, donde la naturaleza derrochó sus máximos recursos y, para asegurarnos las mejores perspectivas, delineó sus gigantescas y empinadas tribunas.

Recuerdo que estacionamos el auto a un lado de la ruta, lo más lejos posible del asfalto; cargamos los pertrechos e iniciamos el dificultoso descenso por la ladera del valle, desde casi 50 metros de altura. La tierra floja, los resbalones, y el rodar imparable de alguna que otra piedra pretendieron detenernos, pero nada iba a torcer nuestro rumbo ese día. Nos ubicamos entre unos sauces, a orillas de un remanso producido por un recodo del río. La corriente se frenaba allí y formaba una especie de gran laguna de aguas cristalinas, detrás de la cual el torrente tiraba con toda su fuerza. Armamos nuestras rudimentarias cañas de fibra maciza, con los reeles frontales de aquellos tiempos; colocamos las cucharas giratorias que usábamos entonces y… ¡A pescar!

Los artificiales iban y venían, peinando esa curva en todas direcciones; nos empeñábamos en ganar las mayores distancias, pero con pocos resultados. La tarde caía y solo mi papá había logrado capturar una pequeña trucha criolla.

Los últimos lances del día, un tiro fallido que cae a escasos cinco o seis metros de mis pies; recojo la línea con disgusto, para repetir el lanzamiento y la cuchara que se frena… y la cuchara que no viene… ¡y la cuchara que se va!

El nylon empezó a escapar incontrolable, la línea se distanciaba, y allá, a lo lejos, el agua explotaba con un salto poderoso. Yo intentaba mantener la calma pero era inútil. Recuerdo que mi viejo se esforzaba en ayudarme, pero yo lo alejaba. La trucha iba a ser toda mía. La emoción era indescriptible y las piernas me temblaban.

No podía dejar que el pez ganara la correntada y se perdiera; pero la chicharra del reel no paraba de sonar, el tiempo se dilataba, y el fantasma del corte acechaba a cada instante. Así, de a poco se fue cansando. Nunca olvidaré esa silueta plateada, como dueña del río, yendo y viniendo a su antojo en la transparencia del remanso, hasta terminar varada en la playita de arena. Allí un último salto, ¡la cuchara que se rompe y el mosquetón que se abre! Pero ya estaba en mis manos. Nadie podría robarme ese momento de felicidad. Lamento que no hubiera balanza, ni película en la cámara, ni otro testimonio más allá de mi memoria.

El fin de esta historia nos encontró en la antigua hostería, frente a la placita Belgrano. Dos familias reunidas, junto a la parrilla humeante, los dueños del lugar y nosotros. Las escamas hacia abajo, un condimento apenas suave, poca brasa y sin apuro. Un manjar color rosado y de abundante carne para el recuerdo.

Un diciembre con vino blanco en la copa, y un brindis por la tan ansiada paz, que quiso Dios que así fuera.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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