Martes 21 de septiembre de 2021
PESCA | 15-05-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Hurras para Manuel

Como en la vida, también en el agua se enfrentan las tormentas mejor en compañía y con la ayuda y el amor de los seres más cercanos. Así lo cuenta Rodolfo Agustín Perri, en esta historia pescadora e isleña.

Hoy es lunes y llueve con sudeste. No sé por qué este simple endecasílabo que apareció en mi memoria, configura por sí solo un relato, un testimonio que no es más que otros, para que los lectores recorran, alguna vez, senderos que ya no existen, y que enmarcan gran parte de mi ya larga existencia.

Así empieza la nueva edición de Relatos a cielo abierto, te invitamos a escucharla por Radio Perfil.

Tanto el día primero en la actividad de la semana, como la lluvia y el viento que “nos echa por encima el río”, al decir del permanente Coco Ithurbides, fueron los factores de esta breve historia personal, allá en ese rincón del Delta en su Segunda Sección.

En mi grupo, todos recién salidos de la adolescencia, teníamos ese cúmulo de contradicciones y aburrimiento que muchos llaman “las obligaciones”; entonces, disponer del sábado y el domingo era el único lujo, y los pesos ahorrados sin mucho esfuerzo no daban ocasión para dos días seguidos en la casita del arroyo Luciano, antes el Canal 2. Nos cuidaba Ithurbides, que vivió muchos años en el Chaná y Miní, que jugó de “insai” en Tigre y alguna vez entregó regularmente la pesca en el Mercado Central de Avellaneda. Fue, además, y lo más importante, nuestro mentor en todo lo relacionado con el río, las islas y la pesca. Todos lo queríamos, pero su amigo entrañable fue mi hermano Edgardo. Tanto era así, que se fueron de este mundo con diferencia de días.

 Ya el domingo por la tarde, de regreso de una lujosa pesca de pejerreyes frente al Baldosas, en pleno Bajo del Temor, el agua cambió y vimos pasar los primeros camalotes y “lineales”, esos troncos cortados a medida, flotando por el arroyo arriba, en franca marea, como se le llamaba por entonces a la creciente grande. Ya habíamos arreglado nuestros bártulos, pero la lancha de pasajeros se adelantó más de una hora.

“Aguántense, que ya viene la otra”, nos gritó Sturla sin detenerse, y aceptamos la demora casi con alegría. El viento arreciaba, y cruzar el Palma por la larga cancha del Paycarabí era toda una aventura. Lo que no pudimos prever fue la ausencia de la otra lancha, que debió desviarse para ayudar a dos familias cuyas casas se habían anegado y casi desmoronado en el arroyo Estudiante.

Cuando se hizo noche, y ni vestigio de motor alguno, nos dispusimos a pernoctar quizá entre algunos rezongos, especialmente de Humberto, el “ingeniero”, quien joven aún, era el primer responsable de un taller de tornería. El resto gozaba de una holganza impuesta “por fuerza mayor” y ese día “las obligaciones” pasaron a segundo plano. Encendimos el “Sol de noche” y “Coco” Ithurbides fileteó varios de los pejerreyes más grandes. Sartén y aceite, un resto en la damajuana de tinto y luego el mate. El agua crecía sin pausa, y advertimos que del muelle sólo se veía la baranda, que estaba a un metro veinte de la plataforma.

“Esta es de las que no se empardan”, afirmó mi hermano, cuando el isleño, que manejaba el cuchillo filetero en silencio, nos miró, y muy serio preguntó:

-“¿Alguien vio pasar de vuelta a Don Manuel?”

La figura de Manuel, un viejito uruguayo a quien llamábamos “El triguero”, en alusión a un personaje de Lobodón Garra, ocupó al instante todas las mentes. Ya bien superados los setenta, era aún fuerte y diestro con su canoíta, que le servía para salir a pescar y ayudar así a su magra jubilación. Vivía en un ranchito a unos 500 metros aguas arriba de nuestra isla, pero la relación con él se limitaba al saludo cordial y alguna botella de tinto que apreciaba especialmente. A veces, él nos colgaba del muelle algún manduvá mediano, y eso se convertía en el manjar predilecto. Manuel pasaba de ida y vuelta frente al muelle, y sostenía un saludo informativo, con noticias frescas sobre el estado de la pesca. Eso era todo. De una visita casual a su rancho obtuve cierta vez que era bachiller en Montevideo, y se había empleado en un banco hasta la edad de jubilarse. Recaló un día en la isla y se quedó a vivir, en la casita de Antonio, otro misántropo como él, que le dejó al partir sus muy escasas pertenencias.

Pero la pregunta de Ithurbides abrió una duda que se hizo perentoria. Durante la sesión de pesca habíamos visto pasar la canoa del viejo; después, el tiempo se nos hizo escaso y debimos izar el ancla presurosos. Nadie se acordó de él. Ahora, en la noche cerrada, con lluvia y viento, algo como una culpa nos invadía a todos.

-“Espere, Perri, voy con usted”, le señaló Coco a mi hermano, que ya había puesto los remos en el bote atracado a la escalera de la casa. En segundos se perdieron por la noche. Con metro de agua sobre la isla se fueron esquivando árboles, mientras dejábamos de ver los destellos de la linterna, como luciérnagas lejanas. Volvieron al rato, muy serios; y ningún rastro del viejo.

Fue una noche de sobresaltos y duermevela. Amaneció despejado, pero con el agua aún bastante alta. Pasó el barco de Prefectura y nos ofreció ayuda, pero declinamos, porque nos aseguraron que la lancha de la carrera llegaría a horario. Aprovechamos para informar sobre Manuel, y prometieron buscarlo.

 

Con sol pleno llegó el mediodía; el muelle en seco nos albergó a la espera de la lancha y así, en un mutismo que arrastrábamos desde el momento en que notamos la ausencia, aguardamos.

De pronto, mi hermano saltó del asiento y se trepó a la baranda: por el medio del canal, remando de frente, avanzaba en su canoa el mismísimo Manuel.

“Cuando vide la fuerza con que crecía elegí al Chanacito; ya había levantado el espinel y me metí en la isla de los Giménez. Habían hecho fuego sobre unas chapas y lo pasamos bien, aunque allí el viento golpea de lo lindo…”.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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