Sábado 24 de julio de 2021
PESCA | 24-04-2021 14:00

Relatos a cielo abierto: Pescador de playa

Como un pescador de playa desde mi más temprana infancia, hoy cuento detalles de un lento aprendizaje, como un guiño estricto entre los que gustan de ello, una metáfora abierta de todas las pasiones y un modo posible de situarse ante ellas.

No fueron los pocos de pescar erróneamente, de intentarlo con descuido y elementos apenas aceptables asumiendo que el resto lo dictaba la suerte. Solía imaginar que ante un anzuelo encarnado y sumergido en el agua, las respuestas podrían ser tan variadas como especies hubiera nadando por ahí. Desencantado y rendido me prometí a desquite, sin revisar los motivos por los que el éxito me había sido esquivo. Convencido de que el asunto no podía encerrar tanto secreto, yo mismo me postergaba irremediablemente el pique.

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En mi condición de pescador ocasional, novato, aunque entusiasta, reincidía cada temporada en los mismos descuidos. Algunos desaciertos en la selección, el armado y el uso del equipo, tales como una caña discreta pero de acción incorrecta, un reel adecuado pero mal cargado, una línea de variada de autoría anónima, y una carnada de origen y conservación no menos dudosos, motivaban, en parte, tanto infortunio.

Adhiero firmemente a quienes dicen que “lo importante no es pescar, sino estar pescando”; por eso, aunque el vértigo de poner proa al sol con promesa de buena cosecha nos entusiasma, esa otra pesca más pasiva que hacemos desde la playa o el muelle, puede resultarnos igualmente seductora. Alcanzar en una tarde solo un par de conquistas medianas, pero que la familia celebrará como algo épico, siempre es un momento excepcional de nuestras vacaciones. Ese puñado de peces obtenido con paciencia, que con toda su frescura compartiremos en la cena, parece guardar el sabor de la cultura del hombre primitivo, alimentando a su clan, con el fruto de su esfuerzo. Si nos regocijamos con los pies en la espuma y la caña entre las manos, es todavía más gratificante, si la tarea se corona con la conquista de un trofeo. Para ello, nada mejor que prestar atención a la estirpe local. Se ven características en los pescadores de cada lugar que siempre los distingue: practicidad, raigambre y eficacia.

Comencé a observarlos con la intención de volverme de a poco más “folclórico”, y así tomé mi primera vara de 3 metros sesenta y acción 8, fabricada en Mar del Plata, desnuda y prometedora. Hay quienes prefieren 4 metros veinte y acción 9, pero yo, que no soy un gladiador, no podría en modo alguno dominarla. Le até cinco pasahilos de aluminio inmensos, y con una tira de caucho, rústica pero flexible, afirmé mi reel Escualo 6005 en la posición correcta. Los carreteles cónicos de casting fueron del todo decisivos: 200 metros del mejor nylon del 30 que pudiera procurarme (sedoso, tenaz y desmemoriado), suplieron aquellas dilatadas y tediosas cargas de tanza gruesa y poco voladora. Sobre un chicote trafilado del 0,30 al 0,70 y de tres veces el largo de mi caña, armé mis aparejos de un solo anzuelo con una brazolada casi invisible; la ceñí a un rotor de alambre ordinario que más tarde cambié por un esmerillón de bronce para, finalmente, decidirme por unos simples “barrilitos” de plástico. Perlas y mostacillas, dos nudos corredizos que permitían variar profundidad, y un mosquetón con esmerillón en el extremo, completaron mi aparejo, neto y rendidor. Las plomadas serían de entre 120 y 170 gramos, según el estado del mar, y ya estaría todo listo, para llegar más lejos y hacer crecer con ilusión mis verdaderas posibilidades.

La práctica con mi flamante equipo, picante y guerrero, me acercaba paulatinamente a la tan ansiada segunda canaleta. Pero si la creciente o el viento lo impedían, pescaba en la primera, que siempre es mejor que el banco. Ya no más esas bolsitas, con cinco langostinos pálidos, compradas siempre de apuro, porque no queda otra cosa. Años opinando que un pez era incapaz de distinguir lo fresco de lo congelado o peor, de lo no tan fresco, hasta entender que debía ir por la carnada a la mejor pescadería. Por mucha carnada, la suficiente como para renovarla todas las veces que fuera necesario, atarla bien con hilo elástico para que llegue entera al agua, y siempre presentada digna de un gatuzo sibarita. Percibir los accidentes de la costa y buscar la hondura, en lugar de esperar que los peces se alimentaran frente a mi sombrilla. Con la plomada y el puntero apoyados en la arena para lanzar desde la orilla con movimientos seguros, hasta lograr un estilo que optimizara la fuerza de mis brazos y el giro de mi cuerpo, en lugar de hamacar la línea con el agua en la cintura y evitar que la ola me tapara la cabeza. Mantener contacto con el plomo y estar pendiente de que no se moviera, sería más auspicioso que jugar a la paleta lejos del posacaña. Leer la superficie y sus ondulaciones, como un modo de adentrarme en el misterio del agua, que es en realidad, lo que más me convoca.

Verano tras verano fui modificando mi modo de pescar. Detalles simples para un arte sencillo, nada presuntuoso y al alcance de todos. Con el paso del tiempo no pude resistirme a palpar el grafito, los buenos rotativos y todo cuanto hiciera crecer las sensaciones… pero eso, amigos, es parte de otra historia.

Contrariamente a mis progresos, los balnearios apacibles de mi infancia dejaron de serlo, las almejas se rindieron y los peces se volvieron tristemente distantes.

Pese a todo, cada vez que puedo, clavo mis ojos más allá de la rompiente, y cuando un pez ángel insiste en robarme el hilo, soy feliz.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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