lunes 16 de diciembre de 2019
03-10-2019 17:29 | PESCA

Spinning y tuvira en el río Suiá Miçú

El Amazonas brindó su recompensa con la clásica morena. Logramos gran cantidad de capturas. La mejor alternativa para los que nos cansamos fácilmente. Ver galería de imágenes

En los clásicos botes de aluminio de los ríos amazónicos llevo dos cañas: una de spinning (en este caso, de 8-14 libras, 1 lb = 453,59 g, y 1,80 m) y otra de baitcast (10-17 lb y también 1,80 m). Y las voy alternando. Descubrí que así me canso menos y disfruto más. Además, la caña de spinning me permite lanzar lejos algunos señuelos más livianos y a la de bait le asigno los señuelos de paleta larga, ya que absorbe mejor las vibraciones al recogerlos por la mayor resistencia. 
Con estos dos equipos afronté una nueva visita al Amazonas. Un grupo de dieciséis fanáticos pescadores tomamos el avión de Ezeiza a Brasilia desde donde, en cuatro camionetas alquiladas, viajamos hasta Querencia. Estos mil kilómetros se recorren por asfalto, aunque existen algunos inconvenientes que hacen reducir la velocidad: los habituales lomos de burro al pasar por poblaciones y los pozos en algunos sectores. 
Luego de pernoctar en un hermoso hotel de Querencia, recorrimos los últimos doscientos kilómetros hasta nuestro destino, la posada Rio Suiá Miçú. Este tramo es de durísima tierra, muy compactada a causa de la estación seca (no llueve casi nada durante seis meses). La presencia de un piso serruchado, puentes de madera, banquinas inexistentes y muchísimo polvo en suspensión hizo que se demorara unas tres a cuatro horas en este sector.
Y por fin, luego de dos días, fuimos recibidos en una posada que tiene todo lo que el pescador necesita. Como esa tarde no se pesca, aprovechamos la piscina, armamos los equipos y, por supuesto, bajamos una media cuadra hasta el río para saludar a quien flotaríamos durante los próximos cinco días. 

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Guía por sorteo 

A la noche, cada pareja recibió un guía por sorteo. En esta posada se pesca siempre con el mismo guía. Hacemos voto para que ello cambie así, para bien o para mal, es más parejo para todos, ya que los baqueanos cuentan con diferentes habilidades y personalidades, y estaría muy bueno transitar por todas. 
Cada día se inicia con el desayuno de las 6. Enseguida comienza la jornada de pesca. Los guías se reparten diferentes puntos de un río muy abundante en peces. Al mediodía se puede volver a la posada para disfrutar del almuerzo en el comedor y dormir una buena siesta con aire acondicionado, llevarse una vianda para comer en cualquier sombra o reunirnos todos en algún punto para compartir el obligado paréntesis de un par de horas. Mayormente, elegimos esta tercera opción.
Se pesca hasta llegar al muelle a las 18:30, cuando anochece, para disfrutar de los petiscos, papas o trocitos de pescado recién fritos. Si alguno quiere pescar peces de cuero un par de horas más, puede acordar con el guía y capturar algunas pirañas y tarariras, que se utilizan para buscarlos de noche. Muchos probaron esta modalidad anclada y lograron ejemplares de jaú (manguruyú), pirarara, cachorra, trairón, cachara (especie de surubí atigrado) y corvina, entre otras especies. Se usan cañas cortas y de por lo menos 80 libras, con reeles rotativos cargados con un mínimo de 200 metros de multifilamento.
Tuve el gusto de pescar todos los días con Mariano Sassone, divertidísimo compañero y quien me tomó las fotos. Nos dimos el gusto de obtener ocho especies con señuelos y mosca en los principales pesqueros que tiene este río. Contra las costas existen dos accidentes predilectos por los peces para oxigenación y alimentación: las piedras y las bahías. En las primeras funcionó de maravillas la tuvira o morena. Solo el último día traicioné a mis artificiales y bajando uno de estos pececitos, que los traen desde Cuiabá (¡1.200 km!) conseguí dos grandes trairones, uno de los cuales orilló los nueve kilos. La técnica de nuestro guía, Piau (o sea, Boga), era colocar la embarcación sobre las cuevas que se ven oscuras entre las piedras, para bajar la carnada. No bien tocaba el fondo, le dábamos un toquecito a la caña para que no se enganchara en la pequeña deriva sostenida por el motor eléctrico. De esos antros emergían los trairones. Como la línea caminaba hacia el pescador, había que recoger un poco mientras se la hacía saltar y aguardar el tirón de las profundidades, procurando diferenciarla de un enganche porque, de lo contrario, tras el cañazo, se clava el anzuelo 9/0 de pata larga en la piedra y hay que cortar.

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Cuando Piau notó que el pique había mermado, hicimos la pasada un poquito más hacia el centro del río y ahí picaron los trairones más grandes. Algunos pescadores lograron tentarlos con gomas con plomo. Yo tuve cuatro piques y clavadas con cuchara y gomita, pero precisaba una caña más potente para clavar este tipo de señuelos. Al anzuelo protegido por el material flexible le cuesta penetrar una boca tan ososa. En todos los casos, ya cerca de la lancha, el trairón hizo su clásico giro en vertical y el señuelo salió expelido. Para mi asombro, uno de esos potentes anjoemaras, como se llama a los trairones en las Guyanas, enderezó el anzuelo plomado 5/0. 

Más de dos mil lanzamientos

En las bahías y lagunas que tributan agua al río, la vedette es el tucunaré. Se lo pesca generalmente entre palos hundidos, bien pegado a la orilla, y rindieron bien en este viaje los paseantes y los señuelos de subsuperficie de movimientos erráticos. El pique es explosivo y en un segundo se dirime si ganó el palo y enredó el multifilamento o si el pescador logró sacarlo hacia aguas abiertas y pelearlo con más espacio para la victoria.
El tercer gran sector de pesca está conformado por dos ríos que vuelcan sus aguas en el Suiá Miçú: el Paranaíba y Aguas Claras. Ambos son larguísimos, serpenteantes y el líquido se asemeja a agua mineral. En el segundo se buscan los trairones a la vista. Detectado un ejemplar, se le pasa lo más cerca posible una morena en un trabajo casi vertical. En el primero son más comunes los tucunarés, que pueden alcanzar los cuatro kilos. Hay sectores donde se acarduman. 

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Una cuarta opción son las piedras profundas. Ideales para trabajarlas con señuelos de paleta larga (minnows, bananas o fats), brindan muy buenos tamaños de peces. Hay dos canchas para probar a la deriva o anclados: una apenas aguas abajo del muelle; la otra, luego de una pronunciada curva, aguas arriba. En nuestras experiencias logramos un par de cachorras (del tipo gato, con la cola roja y negra), corvinas de muy buen porte, trairones y varios tucunarés de dos a cuatro kilos. Hay que estar muy atentos a no confundir el golpe de la paleta contra la roca con el pique. El primero es más seco y menos violento y, obviamente, no se debe cañar por el riesgo de dejar clavado el  señuelo en el fondo. Gracias a la pericia de los guías perdimos muy pocos artificiales.
La pesca fue muy buena y presentó diferentes desafíos, según los lugares que los baquianos elegían. Todos lograron cantidad o calidad de piezas y las fotos apenas testimonian esa hartura de este río amazónico. La vuelta al spinning me trajo, no solo lindos recuerdos, sino también más descanso para una acumulación de más de dos mil lanzamientos en la semana. Vale la pena. 

Galería de imágenes

Etiquetas: Suiá Miçú Paranaíba Aguas Claras Amazonas Brasil Jaú Manguruyú Pirarara Cachorra Trairón Cachara Surubí Atigrado Y Corvina
Néstor Saavedra

Néstor Saavedra

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