Sábado 4 de julio de 2020
INFORMATIVO | 28-05-2020 09:48

Bolsonaro quiere que la gente se arme contra la autonomía del Poder Judicial, el Congreso y la prensa

Así lo interpreta el historiador Federico Finchelstein, especialista en fascismo y populismo, quien explica que la retórica armamentista de Bolsonaro está inspirada en los regímenes totalitarios y fascistas de Benito Mussolini, en Italia, y Adolf Hitler, en Alemania.

Corre por las redes sociales brasileñas una imagen de la portada de un antiguo periódico brasileño, Correio da Manhã, del 12 de agosto de 1937, donde se lee: “Mussolini dice que solo un pueblo armado es fuerte y libre”. El líder fascista italiano la pronunció en un discurso ante 100.000 personas en Sicilia. El titular fue resucitado después de que se filtraron las imágenes de una reunión ministerial del presidente Jair Bolsonaro el pasado 22 de abril. El ultraderechista se indignaba con el aislamiento social defendido por alcaldes y gobernadores y se dirigía a su ministro de Educación, Abraham Weintraub: “¿Qué quieren esos hijos de su madre, eh, Weintraub? ¡Es nuestra libertad! (...) La gente está dentro de casa. ¡Por eso quiero (...) que el pueblo se arme!”, afirmó. Al día siguiente, el entonces ministro de Justicia, Sergio Moro, y el ministro de Defensa, Fernando Azevedo, firmaron una orden interministerial que multiplicaba por 12 —de 50 a 600 al año— el número de cartuchos que cada ciudadano puede comprar por arma. “Un alcalde de mierda hace una mierda de decreto y nos encierra a todos dentro de casa. Si la gente estuviera armada, saldría a la calle. (...) ¡Firma esta ordenanza hoy que quiero mandar un mensaje a esos mierdas! ¿Por qué estoy armando a la gente? ¡Porque no quiero una dictadura!”, completó el presidente en la reunión, sin que nadie le cuestionara su proyecto.

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Según la ONG Instituto Sou da Paz, la orden de portar más municiones fue la cuarta medida que Bolsonaro firmó esa semana, debilitando el control de armas en el país. Antes, ya había revocado otras tres ordenanzas del Ejército que “habían traído importantes avances para el registro, control y rastreo de armas y munición”, según Sou da Paz. A lo largo de un año y medio en el cargo, Bolsonaro ha arremetido contra el desarme. En los primeros días de su Gobierno, firmó un decreto que flexibilizaba la posesión de armas en casa. Después, en mayo de 2019, el presidente firmó otro decreto en el que autorizaba portar armas para más profesionales, aunque el Congreso finalmente no aprobó la medida. Sumando todas las iniciativas, la ONG Sou da Paz estima que Bolsonaro ya ha tomado seis medidas para ratificar su voluntad de armar a la población.

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En 2003 entró en vigor el Estatuto del Desarme, blanco de Bolsonaro y de los diputados armamentistas del Congreso, ya que establece reglas más estrictas para la adquisición de armas. Actualmente, a un ciudadano común se le permite tener un arma dentro de la casa si cumple determinados criterios, pero le está prohibido salir armado a la calle. Antes de 2003, se podían comprar pistolas y revólveres sin mucha burocracia en tiendas de deportes o centros comerciales, igual que en Estados Unidos. El desarme vino para ayudar a controlar los índices de violencia desde entonces.

El historiador Federico Finchelstein, especialista en fascismo y populismo, explica que la retórica armamentista de Bolsonaro que se vio en la reunión del 22 de abril está inspirada en los regímenes totalitarios y fascistas de Benito Mussolini, en Italia, y Adolf Hitler, en Alemania. Pero el presidente brasileño también reproduce el discurso del venezolano Hugo Chávez, que llegó a defender que un millón de personas se armaran para prevenir una supuesta invasión estadounidense. Y también del lobby de las armas de Estados Unidos, donde tener derecho a portar armas y tener libertad son sinónimos: algunos grupos incluso argumentan de manera demagógica que los judíos podrían haber evitado el Holocausto si hubieran podido adquirir armas.

“La violencia es fundamental para el fascismo. Es necesario relacionar esta promoción de la violencia política que hace Bolsonaro con la destrucción por dentro de la democracia que promueven los regímenes fascistas”, evalúa Finchelstein, profesor de la New School for Social Research. “Creaban la fantasía de que las calles eran violentas y, con eso, impulsaban la formación de milicias fascistas. Es decir, era una profecía autorrealizable, porque quienes promovían el caos y la muerte eran los agentes fascistas del desorden”.

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La creación de milicias fascistas tuvo lugar tanto en la Italia de Mussolini como en la Alemania de Hitler. “Las SA y las SS eran civiles armados del partido nazi que luego se incorporaron al Estado”, explica el historiador. Aunque cree que Bolsonaro también se parece a Chávez, Finchelstein explica que en Venezuela se promovió la violencia como “un medio”. Allí, el régimen chavista promovió la formación de colectivos, grupos paramilitares que actúan en los barrios marginales. En Brasil, la familia Bolsonaro es investigada por su vínculo con los milicianos de Río de Janeiro, incluido el jefe de la llamada Oficina del Crimen, el expolicía Adriano da Nóbrega, que murió en Bahía este año en una acción policial.

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“Él quiere un Estado fuerte y violento, pero también quiere que sus seguidores promuevan esa violencia”, analiza el historiador. “Quiere que la gente se arme contra la autonomía del Poder Judicial, contra el Congreso, contra la prensa, contra los gobernadores y los alcaldes”, concluye.

En uno de los primeros fragmentos del vídeo emitido por las televisiones, el primer mandatario brasileño hace un encendido discurso a favor de que la ciudadanía pueda comprar armas para defender su libertad al estilo estadounidense. “Por eso quiero que el pueblo se arme. Es una garantía de que no vamos a tener un hijo de puta que imponga una dictadura. Llega un mierda de alcalde y manda quedarse en casa”, brama Bolsonaro, que desde el inicio de la crisis sanitaria insiste en que las consecuencias económicas van a ser mucho más graves que los efectos de la covid-19. A los gobernadores de São Paulo y Río de Janeiro, líderes de un frente político que combate la epidemia con cuarentenas, les llama estiércol y mierda.

Fuente: El País

 

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