Friday 29 de May de 2026
4X4 | Ayer 09:00

Un nuevo track recién descubierto permite unir Corona del Inca con el Balcón del Pissis en 4x4

Siete años de scouting demandó encontrar una huella que permitiera conectar la cordillera riojana con la catamarqueña por encima de los 5.000 msnm. Casi 400 km desde Vinchina hasta Cortaderas en una sola jornada off road repleta de paisajes que parecen sacados de un catálogo de imágenes. Cómo es el recorrido.
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A las 4 de la mañana dejamos Vinchina. El cielo estaba limpio, negro, cargado de estrellas, y la caravana avanzaba con esa estética mínima de las expediciones verdaderas: luces rojas y blancas recortándose contra paredones inmensos que alguna vez fueron fondo de mar. La ruta alternaba el ripio de la quebrada de la Troya con el asfalto de la RN 76, buscando el corredor de Pircas Negras, ese paso internacional que lleva hacia Copiapó, Chile, y que durante décadas fue mucho más que una conexión entre dos países: fue camino de arrieros, ganado, comercio y supervivencia.

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Atrás quedaba Alto Jagüé, diminuto y áspero, con su sola calle y sus historias todavía vivas. Hacia 1850, cuando el ganado cruzaba caminando la cordillera rumbo a Chile, allí se preparaban los animales durante semanas y se ajustaba todo antes de enfrentar la montaña. También se herraban las pezuñas de las vacas para soportar el cruce. Hoy Jagüé parece suspendido en otro tiempo. Cuando llueve fuerte, incluso, esa calle principal se convierte en el río del pueblo. 

La quebrada del Peñón nos fue absorbiendo de a poco. Bordeamos el río, cruzamos el arroyo Vaca Seca –la única referencia de agua dulce potable en caso de necesidad en medio de una región dura y mineral– y, en la primera parada nocturna, a 3.200 m, descomprimimos los bidones con combustible extra para después seguir ganando altura: pasaríamos desde los 3.200 hasta los 4.500 m en cuestión de minutos, mientras todavía reinaba la oscuridad. La sensación era la de meterse en un paisaje primitivo, pelado, cinematográfico.

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A las 6 de la mañana ya estábamos cerca de los 4.000 m. El tablero marcaba 0 °C. Afuera, el viento obligaba a abrir las puertas con cuidado. A la izquierda, aunque no la viéramos, estaba laguna Brava, apenas a unos 200 m de sombra. Seguimos por ese larguísimo tramo de ripio al que muchos llaman “el aeropuerto de laguna Brava”, porque parece una pista de aterrizaje perdida en la nada. En un punto dejamos el asfalto y, ya sobre la huella de tierra, desinflamos neumáticos hasta 20 libras. Ahí empezó a amanecer de verdad. A las 11 de la brújula emergió el Veladero, nevado, imponente, arriba de los 6.000 m. Los primeros reflejos de luz hipnotizaban.

En estas montañas aparece como una marca profunda el nombre de Pissis, en homenaje al geógrafo y geólogo francés Pierre Joseph Aimé Pissis, quien estudió la región con una precisión admirable, cuando medir este desierto altoandino era una tarea mucho más cercana a la aventura que a la comodidad científica. Por esta zona también dejó su huella Jorge Llanos -el Negro Llanos-, un personaje que en los años ’80 se movía en moto por estos territorios extremos y al que muchos señalan como uno de los primeros en llegar hasta el cráter de Corona del Inca, abriendo –sin proponérselo– un imaginario que después convertiría al lugar en ícono turístico.

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La ruta hacia Corona del Inca tiene un tramo con fama merecida: el arenal. Ahí se ponen a prueba camionetas y pilotos. Conviene pasarlo temprano, antes de que el sol castigue el terreno y vuelva más traicionera la superficie, una mezcla de arena volcánica, material suelto y huella cambiante. A esa altura no sobran ni potencia ni oxígeno ni margen para errores. Todo exige un poco más. Y mientras el paisaje crecía, por la radio VHF se repetía una orden decisiva. Verónica Romaña, directora de Mainumby4x4, insistía una y otra vez con una consigna: “Vamos subiendo, vayan tomando agua, de a sorbos, pero de manera constante”. En la montaña, a veces, la diferencia entre pasarla bien y pasarla mal cabe en una frase corta dicha a tiempo.

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Llegamos al mirador de Corona del Inca a las 8:46. Distancia parcial: 177 km. Altura: 5.400 m. Temperatura: -6 ºC. Sin viento. Cielo limpio. Sol pleno. Y ahí apareció el cráter. Hay paisajes que se miran. Y hay otros que directamente suspenden el pensamiento. La laguna de ese cráter de unos 5 km de diámetro, encajada en el corazón de la montaña, mostraba un azul profundo, casi imposible, con sombras que se movían apenas sobre la superficie como si el cielo hubiera decidido refugiarse allí abajo. No era sólo el color. Era la escala. Era el silencio. Era esa sensación tan poco frecuente de estar frente a algo que no necesita ninguna exageración para conmover. A 5.400 m, la respiración se vuelve protagonista, el pulso se escucha con claridad y el cuerpo recuerda que no está hecho para vivir tan arriba. Sin embargo, los ojos quieren quedarse un rato más. 

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Nuevo track hacia el Balcón del Pissis

Desde ahí comenzó otra dimensión del viaje: un nuevo relevamiento hacia el Balcón del Pissis, una huella que hasta ahora sólo unas pocas decenas de personas tuvieron la posibilidad de recorrer. En tiempos donde casi todo parece haber sido visto, fotografiado y geolocalizado, avanzar por una traza tan reciente devuelve una sensación extraña y hermosa: la de estar yendo hacia un sitio todavía no domesticado por la costumbre. En el camino aparecieron Los Gemelos, montañas nevadas que superan los 6.000 m, también el glaciar del Pissis y los penitentes, esas formaciones de nieve y hielo que parecen cuchillas blancas apuntando al cielo. Se crean por la combinación de radiación intensa, frío seco y sublimación, y pueden hacer desaparecer la huella, literalmente. Hay temporadas en las que no queda otra salida que dar la vuelta y regresar a Vinchina. La montaña, cuando no quiere, no negocia.

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Transitamos paralelos a ese campo de penitentes hasta llegar a un cañadón donde dos montañas parecen enfrentarse y marcan el límite entre La Rioja y Catamarca. A las 12:15 estábamos allí, en ese sitio icónico enmarcado por dos lagunas que le dan al entorno una belleza todavía más improbable. Después el camino empezó a ponerse minero: más duro, más seco, más funcional. Recién cerca de las 3 de la tarde, a lo lejos, volvió a aparecer el monte Pissis con su lengua glaciaria. Tras unos 80 km desde Corona del Inca entramos en Valle Ancho, un inmenso río seco rodeado por montañas grises en primer plano y cordones multicolores detrás, como si el paisaje se hubiera ido pintando por capas. Ese valle, cuando recibe agua, desemboca en laguna Verde, de belleza inconmensurable. La dejamos atrás, al igual que la laguna Negra. Y tras varios zigzags llegamos al Balcón del Pissis.

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Allí, a unos 4.400 m, las apachetas levantadas por los viajeros agregan una señal humana mínima en medio de una inmensidad que sigue siendo la verdadera dueña de la escena. Desde ese balcón la vista es estupenda: salares blancos, lagunas oscuras, celestes y turquesas, laderas ocres, grises, rojizas, cenicientas. Todo parece dispuesto por un artista demasiado ambicioso, pero no: es apenas la cordillera trabajando sola. En medio de una jornada así, la logística también cuenta. Por tratarse de una travesía de altura, la organización no se detuvo a cocinar, como sí sucede en otras salidas de Mainumby4x4. Esta vez la decisión fue más pragmática que pintoresca: lunch box con frutas frescas y secas, barritas de cereal, turrones, un sándwich tranquilo, agua y bebidas saborizadas. En la semana previa, además, se había sugerido a los participantes seguir una dieta de altura, evitando alcohol, grasas, salsas y frituras. Nada de hacerse el guapo donde la fisiología pide otra cosa. Porque en la altura el paisaje deslumbra, pero el cuerpo demanda. 

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Estar gran parte del día por encima de los 4.000 m obligó a tomar recaudos. La menor disponibilidad de oxígeno puede provocar dolor de cabeza, fatiga, náuseas, sensación de pesadez. La organización llevó tubos de oxígeno para quienes lo necesitaran, y varios pasajeros también acarrearon los suyos. Todos terminamos recurriendo a ellos en algún momento: medio litro de caudal durante cinco minutos cada tanto, más algún ibuprofeno para bajar el dolor de cabeza, además de beber mucha cantidad de agua (algunos participantes optaron por medicación previamente recetada por facultativos). No hubo dramatismo. Hubo prudencia. Y eso, en la montaña, vale más que cualquier gesto heroico.

La travesía terminó en Cortaderas, a 3.300 m, 16 horas y casi 400 km después de la partida. Para entonces, la ducha, la cena y la cama tenían un valor casi filosófico. Después de un día entero respirando fino, viendo montañas imposibles y sintiendo cómo el cuerpo iba negociando con la altura, el descanso dejó de ser un detalle para convertirse en recompensa. Hay viajes que se hacen para conocer un lugar. Y hay otros, como este, que sirven para recordar cuán pequeños somos cuando la naturaleza decide mostrarse sin filtros. Corona del Inca y el Balcón del Pissis tienen esa clase de grandeza: no aplastan al viajero, pero lo ponen en su sitio. Y eso, en un mundo cada vez más ruidoso y artificial, no es poco. Menos aún si consideramos que acabábamos de recorrer un track ni siquiera instagrameado.

La travesía fue organizada por Mainumby4x4. Calendario de próximas salidas: mainumby4x4.com | Instagram: @mainumby4x4 | Celular/WhatsApp: 11 6036 1111.

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Marcelo Ferro

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