Hay destinos que son magnéticos: generan atracción, llaman sin saber por qué. Queremos llegar, descubrirlos, disfrutarlos… y anotarlos en nuestra bitácora off road para –íntimamente– ascender de categoría: no es lo mismo el antes que el después de la conquista. El ego –ese que camina inflado por la vida– lo sabe y lo disfruta. Y la prueba vivida permite sacar chapa de experimentado en la primera charla temática para que los interlocutores coreen: “¡¿Acampaste en La Fea y La Negra?!”. Falta el “guauuuu”, que no va a llegar pero que los rostros sorprendidos dejan leer entre líneas para satisfacción propia.


“Realizar esta travesía demandó días y noches de planificación –explica Verónica Romaña, directora de Mainumby4x4–. Y muchos recorridos de relevamiento para obtener el track definitivo. La idea es llegar a las lagunas La Negra, La Fea y Cari-Launa, pero (siempre hay uno)… el terreno no negocia: no hay huella, los arenales castigan, no existe señalización y a veces hay que mover piedras para abrirse paso”. El torque demandado por las trepadas pone de manifiesto la exigencia de las reductoras. El río Barrancas obliga a vadear una y otra vez. Y así de la nada –tal vez como producto de alguna tormenta cordillerana desconocida– aparece la trampa: una pendiente muy delicada, brava por geometría y por características del suelo. En subida, trepar es imposible; en bajada, largarse roza lo suicida: la camioneta puede irse de cola y volcar.



Dónde se ubican La Fea, La Negra y Cari-Launa
Las lagunas La Fea y La Negra se ubican en el norte neuquino, cerca del límite con Mendoza y con Chile: una zona donde la cartografía se vuelve más idea geográfica que certeza. La Fea queda en Neuquén; La Negra marca la divisoria de aguas entre ambas provincias. Cari-Launa, la tercera joya del recorrido, es chilena, de la región del Maule: la vemos desde arriba, a distancia, con el respeto que impone una cordillera áspera a más de 2.700 msnm. En este borde confuso y casi virgen no hay carteles ni referencias rápidas: el GPS ayuda, pero no sentencia. A veces no sabemos con precisión dónde está la línea punteada, sobre qué país estamos parados. Nos dejamos llevar por el paisaje, lejos de las pantallas y los waypoints. El silencio domina. Un cóndor andino corta el aire.

Almorzamos ravioles al disco en medio de un verde oasis que emerge en plena aridez, tal vez producto de alguna grieta o arroyo subterráneo. La meta del primer día: acampar a orillas de laguna La Negra. Faltan seis horas para que oscurezca. El track original cambió: aparece otra pendiente complicada. La naturaleza indómita y lejana es así de imprevista, no anticipa sus movimientos a los meteorólogos de radio y televisión.
Regresamos 200 m y encaramos por una ladera desprovista de toda certeza. El sentido común y la razón la aprueban: la inclinación cierra, no hay grandes piedras a la vista. Reencontramos la senda que nos conduce al hito fronterizo y a la trepada que nos espera. Las instrucciones de Romaña son precisas: “Segunda o tercera de baja, revoluciones constantes y a no aflojar. Cada uno conoce su vehículo para elegir la marcha correspondiente. Si se quedan, bajan una velocidad y vuelven a encarar. Si las ruedas patinan, conectan el bloqueo trasero, pero en principio no es necesario. Los que tienen caja automática la llevan en secuencial”.

Segunda maravilla del recorrido
Visualizamos a La Negra desde arriba a las cinco de la tarde: quieta, rodeada de montañas bajo un cielo celeste diáfano. El cerro Crestudo la custodia por el Oeste. No hay viento y el reloj marca 24 °C a 2.349 m. Entendemos el porqué del nombre. Aunque es de origen glaciario, el agua se ve oscura, como teñida en las profundidades por el paisaje volcánico que domina esta zona. A las seis y media llegamos a la orilla. Merendamos, cebamos mate y armamos las carpas. El atardecer cae en silencio sobre estas coordenadas y, por un rato, la bitácora deja de ser una lista de logros: es apenas la excusa para estar ahí y entender que es un privilegio.

Campamento tech
Lo que siguió fue tan inolvidable como el paisaje, y no pasó por casualidad: fue el resultado de una logística fina. Once camionetas acampando en la soledad total, con carpas de apoyo Campinox para quien no tuviera equipo, asado a la llama como cena y –sí– electricidad en medio de la nada gracias a una estación de carga. Hubo heladera con freezer (hielo para las bebidas, helado de postre); y un completo set de higiene (obsequio de Mainumby4x4) para cada carpa. Como si el contraste fuera parte del plan, Wi-Fi satelital para todos: la civilización en tres barritas semicirculares de señal Starlink, mientras el silencio seguía mandando y el fogón se reflejaba en la quietud del agua. No faltó quien, tentado por la noche limpia, se llevó la bolsa de dormir a la orilla para descansar a cielo abierto bajo una obscena cantidad de estrellas.

Los primeros rayos anaranjados fueron el mejor despertador en medio de ese profundo silencio: el sol le cambió la cara a La Negra y nadie quería perderse la foto. Cerca del fogón esperaba un desayuno de campo artesanal recién elaborado por el chef del equipo: tostadas a las brasas, fruta fresca en trozos, frutos secos, budines de varios sabores, manteca, mermeladas, café hecho ahí mismo, té –de los que perfuman– y, por supuesto, el agua en su punto para recargar el termo y cebar los primeros mates del día. Entre charlas y elogios se oyó a Romaña marcar el ritmo: “A las 9 nos ponemos en marcha”. Quedaban dos horas para desarmar carpas, ordenar el equipo y dejar el lugar como si nadie hubiera pasado.

Nos despedimos de La Negra con ese nudo extraño que genera la incertidumbre: la alegría del hallazgo y la certeza de que, quizá, no la volvamos a ver. Hay lugares que se parecen a esos viajes de una vez en la vida: se pueden repetir, sí, pero el regreso ya no tiene la misma magia. Porque el secreto dejó de ser secreto y el paisaje –aunque idéntico– pierde el filo del descubrimiento; ya no es territorio intacto en la imaginación.
En marcha hacia La Fea
Pero la melancolía duró poco: minutos después, el primer obstáculo del día nos obligó a cambiar el chip. Tocaba abrir camino por lo que prometía ser la única bajada alternativa para seguir la marcha hacia La Fea. El desenlace fue tan simple como físico: mover piedras –algunas, con el malacate– para que todas las camionetas pasaran ilesas. “La idea no es romper, sino bajar muy despacio, atentos a las indicaciones del spotter. Y cuando digo muy despacio, es literal: muy despacio. Acá nadie raya, golpea ni toca abajo. Ojos y oídos en las instrucciones”, sentenció Romaña.

Como todo lo que sube, baja, La Fea se nos reveló después de un largo ascenso que desembocó en una pendiente panorámica: de golpe, como si alguien corriera una cortina, apareció frente a nosotros la inmensidad de un espejo azulado, bastante más grande que La Negra y, sin embargo, igual de bello; una desmentida elegante a un nombre que no le hace justicia.
Disfrutamos el descenso hasta la orilla tras sortear una olla con apenas un hilo de agua y una picante trepada de arenisca suelta que obligó a conectar la baja. El resto fue recompensa: clima espléndido, carne al disco en medio de esta postal, caras felices y esa satisfacción íntima de haber cumplido el objetivo en tiempo y forma. Cari-Launa, La Negra y La Fea: dos días plenos de travesía, con las dificultades justas y ciertas gratificaciones que no estaban en el mapa.

Y cuando creíamos que todo había terminado, apareció un bonus track: el regreso a Malargüe por suelos de yeso y una seguidilla de vadeos del río Barrancas. Hubo encajadas, rescates, búsqueda de huellas alternativas y esa inquietud que suscita el ocaso cuando se combinan distancia, terreno cambiante y dificultades que se encadenan.

A eso se sumó el límite menos poético de todos: el combustible. Cada camioneta llevaba un bidón extra de 20 l que había solicitado la organización. A pesar de ello, los cálculos más optimistas prometían llegar al alojamiento rozando la reserva: no quedaba margen para el exceso de RPM. Arribamos a medianoche. En la mesa nos esperaban canelones caseros de verdura, anécdotas y un brindis por el éxito. Porque la suerte… es para los mediocres.
La travesía fue organizada por Mainumby4x4. Calendario completo de salidas en la web: mainumby4x4.com | Redes: @mainumby4x4. Cel.: 11 6036 1111.
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