Una aventura de pesca al río Feliciano

La idea era practicar bike fishing, pero las crecidas del río obligaron a cambiar de planes. Galería de imágenes.

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­Las horas que pasamos sentados frente a la computadora armando nuestro recorrido de bike-fishing parecían en vano. La idea era llegar a la desembocadura del río Feliciano, en el Paraná, pedaleando al pie de las barrancas. Ahí cerca está la Laguna Blanca, lugar ideal para pescar varias especies, pero la madre naturaleza no estaba muy de acuerdo.

El río venía muy cargado y “estaba afuera”, como dicen los lugareños, por lo que empezamos a rastrear algún camino de tierra que nos permitiera acceder por atrás. Y aquí vino la sorpresa: no se podía llegar ni al río Feliciano ni a la Laguna Blanca, los caminos no eran públicos y no hubo forma de conseguir permiso para avanzar hasta dicho lugar.

Pero si no se puede por tierra, ni por la orilla, nadie puede impedir que se navegue un río, así que nos comunicamos con Milton Medina, el guía que nos llevó a pescar unos días antes. Le comentamos nuestra idea y accedió a ayudarnos con la logística.

Plan B

La mañana de nuestro plan alternativo fue poco auspiciosa, nublada y ventosa. Con Claudio Sanabria, un importante ciclista de la zona, salimos rumbo norte por la costanera, hasta donde termina, y una divertida senda en bajada nos depositó en la Cruz de los Milagros, luego de 1,6 km de adrenalina. Retornamos a la ciudad por un camino rural y nos encontramos con Milton en el embarcadero.

Como Claudio tenía que volver al trabajo, con Rodrigo y Julio cargamos las bicis en el trucker y Milton enfiló río abajo. El agua que levantaba la lancha y el viento nos obligaron a abrigarnos, mientras bordeábamos el Paraná buscando una zona con algo de costa. Es que con la creciente, el río llegaba en algunos casos hasta el borde de las barrancas, de unos 15 m de altura.

Después de un rato de navegación, ya se apreciaba un lugar apto para desembarcar, y Milton amarró La Morsa a un bosquecito semisumergido para que desembarcáramos las bicis. Obviamente, no había senda ni nada, así que marchamos esquivando troncos y árboles, a unos 7 km/h, y a cada rato teníamos que desmontar para pasar sobre troncos que habían caído desde la barranca. Hicimos cerca de 4 km y llegamos a un gran claro producto de un aluvión: la barranca se desmoronó arrasando con todo. Para colmo, el piso estaba cubierto de una extraña formación calcárea pero filosa que podía tajear las cubiertas como si fuera manteca. “A upa con las bicis”, dijimos, y cargamos nuestras nenas al hombro. Pero a los pocos metros nos encontramos con unas paredes que nos imposibilitaban el paso.

Nota publicada en la edición 494 de Weekend, noviembre de 2013. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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