Perdidos en las montañas de Salta

San Isidro y San Juan son dos pueblos de montaña, donde conviven pequeñas y humildes poblaciones, entre coplas, pliegues y tradiciones. La región sólo puede accederse desde Humahuaca, Jujuy. Galeria de imágenes.

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L a montaña es asombrosa, desde todo punto de vista. Allí donde los cerros dominan, donde las nubes aparecen por debajo de nosotros, la vida se da cita una vez más, impredecible. Si se mira fijo a través de esa inmensidad, la lupa de los ojos puede ubicar las casitas colgadas de alguna pendiente, con plantaciones y con sus corrales de piedra inclinados al capricho de las laderas.

Cada tanto, se amuchan y se forman caseríos cuya cotidianeidad es brutalmente distinta a lo que cualquier ser urbano. Allí el adobe y el viento son protagonistas del silencio ancestral, como en San Isidro y San Juan, dos pueblitos que ofician de botón de muestra de los más de 30 afincados en la montaña salteña. Caminamos, y no paramos de decir: “Uau… ¡Mirá eso!”.

Casi como un mantra, la frase se repite en algunos precipicios que descubren otra cadena de cañones o quebradas, en viviendas que aparecen de la nada, en animales que caminan por huellas que parecen propias de una película 3D. Desde 2007, cuando llegaron los primeros paneles solares a San Isidro, las cosas han cambiado mucho. Ya es un pueblo con servicios, nada poco. De hecho, el camino que antes debía hacerse sí o sí a pie y por el lecho del río, hoy puede remontarse en vehículos de doble tracción por una huella abierta.

Todos los jueves al mediodía un camión sale desdeIruya, y en apenas media hora recorre los escarpados 8 km que llevan a San Isidro. Con unos 350 habitantes, este apéndice de Iruya ha visto un notable progreso en sus seis barrios gracias a la llegada de turistas y amantes netos del trekking. No por nada alguien bautizó a la zona como “Capital nacional del cuádriceps”, medio en chiste, medio en serio. Más allá de las bromas, el camino para llegar a San Isidro tiene una virtud insoslayable: no se parece a ninguna otra cosa.

Es, en todo caso, un Cerro de los Siete Coloresinmenso y extensísimo, donde los tonos verdes, ocres y rojos se saborean largo rato entre paso y paso, porque hay que ir de a pie si se quiere sentir la montaña a pleno. El sendero comienza a un kilómetro de Iruya, cuando el río homónimolo colma todo y obliga a doblar y seguir bajando hasta su ancho lecho. En ese panorama árido, poco a poco se van dilucidando flora y fauna autóctonas, y cada tanto algún simpático burrito de algún puestero que anda por ahí. Alguna choza de adobe y la siembra en laderas inclinadas dicen que allí se va gestando la vida una vez más. En pocos kilómetros, la tierra misma se abre y se cierra,como grandes compuertas, generando pasos temibles y miradores ya tradicionales como Molino de los Yambis, donde los cóndores brindan el espectáculo de su vuelo.

Hacia el otro lado

A las dos horas de caminata, sobre la cima de una montaña tajada como en las películas del Señor de los Anillos, comienza a verse San Isidro, reverdeciente, con nubes humeantes cubriéndola. La distancia engaña, y por eso hay que caminarun largo trecho más, hasta el final del filo donde nunca jamás debe mirarse abajo. Un rato de susto y ya estamos “del otro lado”. Si bien San Isidro es visitable durante todo el año, esta fecha es ideal por lo poco caudaloso del río. Lo negativo es lo corto del día para la travesía, y la imposibilidad de acampar.

Ya en el pueblo, la cosa es informal y muy amena, y son los habitantes quienes reciben a quien llega. Beto, Laura, Sebita, El Abuelo, Turquito, Yuli, Teresa y Tomy son los prestadores de hospedaje, con precios estandarizados. Ellos mismos ofrecen sus comedores y se prestan como guías para conocer el pago. Una vez llegados aPueblo Viejo, el más importante de los barrios, junto aPumayoc, La Laguna, Trihuasi, La Palmera y La Cueva, el desafío es alimentarse: empanadas de queso de cabra, locro, sopas deliciosas y alguna otra minuta clásica. Los vecinos esperan al turista con atención, pero sin la desesperación de otros sitios.

Mientras nadie llega, se dedican al arte en distintas formas, preparan sus tejidos y cosechan los variados productos de la agricultura regional, en la que se destacan los maíces morados y blancos, y los papines. Unas coplas,algunas chacareras… Cabritas, alguna vaca perdida y mulas nos acompañan y observan mientras caminamos la calle central empedrada. Familiarizadas con los visitantes, son el medio de transporte predilecto de los pueblerinos para conectarse entre los 23 pueblos de la comuna de Iruya, a la que San Isidro y San Juan, nuestro próximo destino, pertenecen. A ellos se suma otro puñado. En todos hay escuela, puesto sanitario, y siempre una familia dispuesta a recibir al visitante

San Isidro

Sus calles tienen aire de laberintos de piedra: estrechas y nunca uniformes. Por ellas nos movemos siguiendo el olor a comida, que permanece en el aire día y noche. Pese a lo pequeño, el pueblo construido a 2.900 msnm distribuye bien lo suyo: una diminuta iglesia, fracciones para siembra hogareña junto a las casitas, y gente suelta por ahí. Tejedoras e hilanderas sobresalen con trabajos que uno quiere llevarse de inmediato, y un local de venta con productos de cuero vacuno exhibe de manera profesional ese arte.

Cerca, una vecinas prepara dulces provenientes de las plantaciones de frutales, y bollos caseros que se disfrutan con mate y ojos bien abiertos, porque justo sobre el barranco que da a la montaña aparece un paredón colosal. No se puede pedir más, salvo que loofrezcan. Y eso fue lo que sucedió. Así llegamos a San Juan, el otro pueblito santo que honra estas montañas. Para esa salida sí hay que prepararseigual o mejor que para San Isidro, ya que la caminata es más larga. Pese a estar a una distancia similar, se tarda al menos cuatro horas, y laaltura obliga a caminar despacio, tomar mucha agua y alimentarse seguido y bien.

Conviene salir bien temprano, con paradas cortas para descansar, como por ejemplo en el paraje de Panti Pampa. La caminata es similar, pero lo sorprendente, siqueda lugar aún para sorpresas, es lo cambiante de la montaña. Al salir de San Isidro se cruza un ambiente de prepuna hacia pastizales de altura, que poco a poco se va volviendo propio de selvas montanas. Allí hay que cruzar uncordón montañoso ubicado a 3.600 msnm, y descender un poco hasta San Juan, ubicado a 3.090 m.

El lugar es otro paraíso en pendiente, plagado de sembradíos ymucho más pequeño que el vecino, al que sólo puede llegarse a pie. Aquí suele visitarse un número menor de familias, donde uno mismo se aloja. Si bien hay un ambientealegre en familias y niños que nos ven llegar, predomina notablemente la timidez, y cuesta que se den charlaslargas, sobre todo si uno está por el rato, como en nuestro caso.Nos vamos, y cuando salimos del pueblo miramos atrás con cierta nostalgia. Pensamos qué otros pueblitos perdidos cobijarán estas montañas. Esa idea baja y retoma vuelo por los profundos valles, comoel vuelo del cóndor que nos despide, augurando quizás, un regreso inminente.

Nota publicada en la edición 478 de Weekend, julio de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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